Tómate un descanso || Ari Goldfield

Estos días, cuando leo las noticias sobre la pandemia, encuentro alentador sentir la humanidad de le autore. Sentir su autenticidad hace mucho más fácil digerir lo que dice. Hace que todo sea más real y reconocible.

Con este espíritu, me gustaría ser totalmente real con vosotres en este artículo. Espero que eso nos conecte en nuestra autenticidad, en nuestra comprensión de la gravedad de este momento y en cómo podemos abrirnos paso en esta pandemia todes juntes.

Hay un mantra especial que recito estos días, que me ayuda mucho y que quiero recomendaros:

«Esto es una p*** mierda».

Esto es una p*** mierda. Dilo para ti, respira hondo llevando el aire a la tripa y deja que tu cuerpo se relaje en esta verdad. Luego vuelve a recitar el mantra, respira y relájate.

Tómate un descanso. Durante esta pandemia, el mundo exterior está lleno de presión. Apenas nos está permitido salir y, cuando salimos, debemos soportar la pesada y horrorosa antinaturalidad de considerar a los demás seres humanos una amenaza para nosotres, y a nosotres, una amenaza para nuestres hermanes. Esto es una mierda. Esto es una p*** mierda.

Pero no perdamos la esperanza, pues hay algo que sí podemos hacer: podemos relajar nuestra lucha contra la verdad de la situación. Nuestra respuesta habitual a una época como esta es intentar dar un paso adelante y enfrentarnos al desafío. Y en muchos aspectos es lo que tenemos que hacer. El único problema es que, ante un desafío como este, no tenemos forma de «arreglarlo», de corregirlo. Lo que podemos hacer es darnos permiso para abandonar esa lucha.

Y, en lugar de luchar, podemos dar espacio a nuestros sentimientos: ansiedad, frustración, tristeza, agotamiento… lo que sea. Podemos acoger nuestros sentimientos en un amplio espacio de consciencia amorosa. Podemos dar cabida a nuestra humanidad.

Afloja tu autocrítica. No puedes arreglarlo; no puedes corregirlo, así que deja de flagelarte por no poder hacerlo. Respira. Simplemente respira y permítete relajarte.

Todos nuestros puntos de referencia (o al menos la mayoría de ellos) sobre el futuro se han trastocado totalmente. Esto ha hecho que el hemisferio izquierdo del cerebro —la parte analítica de nuestra mente, enfocada en el futuro, la que resuelve problemas— haya perdido los papeles. No puede manejar tanta incertidumbre a la vez y enloquece. Como consecuencia, sentimos un montón de ansiedad.

Podemos responder quedándonos sencillamente en el presente y sentir los beneficios de eso. Respirar; bajar hasta el cuerpo; sentir. El hemisferio derecho de tu cerebro está esperándote con amor, serenidad y fortaleza.

Esto es porque el hemisferio derecho está conectado con la experiencia directa de lo que está pasando realmente en este preciso momento. Y aquí, en el presente, las cosas están bien, de hecho. Nuestros ojos funcionan, igual que nuestros oídos, la nariz, la lengua y el cuerpo. Compruébalo. Permítete disfrutar unos instantes de su percepción sensorial pura. Sobre todo, invita a tu cuerpo a sentir las sensaciones físicas puras que sientes realmente en este momento. Estás bien, así que inspira llevando el aire a tu cuerpo y date la bienvenida allí con amor y comprensión. Recuerda: esto es una p*** mierda.

¿Decir el mantra te ha hecho sonreír?

Otra cosa: en épocas de estrés extremo, es una necesidad humana natural sentir el deseo de ser consolade y tranquilizade por alguien más grande, más sabie y más poderose que como nos sentimos nosotres. En otras palabras, cuando te sientes heche polvo, es totalmente comprensible que quieras llorar y llamar a tu madre. Esa es una gran razón por la que, en una época como esta, la gente recurre más de lo habitual a sustancias como drogas, alcohol o «comida reconfortante».

No seré yo quien te lo reproche si las estás usando con moderación. Y siempre me ha encantado lo que cuentan de Churchill que, durante la II Guerra Mundial, empezaba las mañanas con un baño y una botella de champán.

Pero hay algo más que me gustaría animaros a hacer: la oración.

Rezad a quien os sintáis inclinados a rezar. Puede ser Dios. Puede ser una deidad budista como Tara. Pueden ser tus mentores, tus héroes o tus antepasades. O simplemente el corazón puro del universo: una inmensidad de consciencia imbuida de amor. Para eso, te dejo aquí una plegaria que he compuesto titulada Khyen No, que en tibetano significa ‘conóceme’.

Conóceme. Conoce mi corazón como solo tú puedes conocerlo.
Inmensidad, amante, madre, amigue,
te siento en el contacto visual, en los sonidos humanos, en el tacto y el abrazo,
me abro a tu calidez en el espacio más puro.
Estás excepcionalmente viva, trascendentalmente viva.
Cuando tu cálido y tierno amor entra en mí y se mezcla con mis entrañas,
mi corazón frío, asustado, ansioso se abre
y dejamos de ser dos.

Os deseo lo mejor. Seguiré escribiendo más adelante. Hasta entonces, si lo necesitas, contáctame.

Texto orginal en inglés: Give Yourself a Break.

 

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en este blog. En septiembre de 2015 abrí mi segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 ¡Gracias!

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Lo que no necesitas cambiar. Primera parte: la fortaleza || Ari Goldfield

Muy a menudo la vida parece una lucha. Cuando es así, cuando nos sentimos tristes, con ansiedad o abrumades, resulta útil recordar las descripciones del budismo de lo que, en realidad, no necesitamos cambiar, no necesitamos arreglar, no necesitamos mejorar. Y, sobre todo: lo que no tenemos que cambiar es mucho más importante que lo que sí. Recordar esto nos ayuda a relajarnos y a sentirnos más en paz.

El continuo sublime, un texto budista compuesto hace 1.500 años, explica que todes y cada une de nosotres tenemos una conciencia dotada de tres cualidades inherentes: fortaleza, amor y sabiduría. Esto significa que estas tres cualidades están siempre presentes dentro de ti, siempre accesibles, en cada momento de tu vida.

Hoy vamos a centrarnos en tu fortaleza. La fortaleza natural de tu conciencia es la capacidad inherente de tener cualquier emoción que puedas experimentar sin que esta te destruya o te debilite siquiera.

Es una idea radical: ninguna emoción, por intensa que sea, puede hacerte daño.

Por el contrario: tus emociones son como olas en el océano de tu conciencia. Las emociones surgen y cesan. A veces son gigantescas. A veces chocan entre ellas. Pero todo eso ocurre en el vasto océano de tu mente. Y, del mismo modo que las olas no pueden destruir el océano, las emociones no pueden destruir tu mente.

¿Qué pasa, entonces, cuando las emociones nos parecen abrumadoras? En esas ocasiones, la idea de que la conciencia es como un océano de fortaleza parece muy lejana y es fácil sentirse impotente, atascade y deprimide. Yo he estado allí. Pasar por esas temporadas es duro y es realmente útil buscar ayuda. Y puedes conseguirlo gracias a tu fortaleza inherente. De hecho, sí tienes el poder de tener todas tus experiencias difíciles. Tienes espacio para todo tu miedo. Tu conciencia es fuerte y no se va a romper nunca. Puedes confiar en esto. Siempre serás lo bastante fuerte como para tener un poco de espacio entre tu emoción y tu consciencia de esa emoción.

¿Cómo poner en práctica eso? Cuando tengas una emoción fuerte, respira profunda y plenamente, y di para ti: «Estoy enfadade» o «estoy ansiose». Luego respira, descansa y repite; respira, descansa y repite. Ahora estás habitando la espaciosidad que te está dando tu fortaleza inherente .Sientes un espacio mucho más tranquilo y claro que cuando vives con miedo de tu experiencia emocional. Puede que solo seas capaz de descansar en ese espacio un instante cada vez, pero puedes seguir volviendo a él. Y cada vez que lo hagas, te sentirás más fuerte y más capaz de tener una relación anclada y sensata con tus emociones.

De este modo, conectar con la fortaleza inherente de tu mente reduce el nivel de tu percepción de la amenaza. Dejas de ver lo que ocurre en tu experiencia como algo que puede destruirte. Empiezas a sentirte más segure de ti misme. Y tu experiencia se vuelve más lúdica; en lugar de sentir pavor de ella, se convierte en algo que te produce curiosidad e interés. Este es el principio de una nueva relación con tus emociones, algo que exploraré en las siguientes partes de esta serie, dedicadas al amor y a la sabiduría inherentes.

¡Pronto la segunda parte!

Texto original en inglés: What You Don’t Need to Change: Part 1 Strength.

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Cuidarte con amor: una meditación guiada || Ari Goldfield

Todas las personas necesitamos sentirnos amadas. Sentirnos amadas nos consuela, nos calma y nos ayuda a sentirnos protegidas y conectadas. Nutre nuestra capacidad para crecer y desarrollarnos física, mental y emocionalmente. Nos infunde la confianza necesaria para implicarnos en el mundo de un modo más valiente e incondicional. Y hace que nos sintamos felices y que nuestra vida tenga sentido. Todo esto es lo que el afamado psicoanalista británico del siglo XX John Bowlby llamaba la base segura que nos da el sentirnos personas amadas. Los años de investigación internacional de Bowlby lo llevaron a la conclusión de que nuestra necesidad de amor es tan fundamental como nuestra necesidad de comida, de ropa y de cobijo.

¿Cómo podemos obtener el amor que necesitamos? Es evidente que podemos dar y recibir amor en nuestras relaciones con las demás personas. Pero lo que es también importante saber es que podemos darnos amor a nosotros mismos. Ambas fuentes de amor son necesarias y, en conjunto, contribuyen a mantener nuestro equilibrio y nuestra salud.

Voy a describir aquí una forma de darte amor: una práctica de meditación para cuidarte con calidez, ternura y bondad. Puedes hacerlo durante cinco o diez minutos, o todo el tiempo que quieras. Y, si te gusta, puedes hacerlo de forma periódica. Personalmente, es mi práctica de meditación principal.

Pulsa aquí para oír la meditación guiada de Ari en español

Siéntate en un cojín de meditación o en una silla firme y cómoda. Puedes tener los ojos abiertos o cerrarlos. Haz algunas respiraciones profundas, con suavidad, llevando el aire al vientre. Permítete sentir que tu cuerpo entra en contacto con la Tierra: la sensación de los pies en el suelo, la de las nalgas y las piernas en el cojín o en la silla. Deja que esas sensaciones te hagan tomar tierra. Invita a los hombros a que se relajen, invita a la mandíbula a que se relaje, invita a la consciencia a que se relaje y se asiente. Tómate todo el tiempo que necesites en esta primera parte.

Cuando estés preparada, lleva suavemente la atención a lo que siente tu corazón. Si notas tirantez o incomodidad, no pasa nada: sigue respirando y dale a esa sensación espacio para que sea, sin tener la necesidad de intentar cambiarla. Hazlo durante varias respiraciones.

Ahora recuerda una experiencia de amor. Puede ser con una persona o con una mascota muy querida. Puede ser un recuerdo de dar amor, de recibirlo o de ambas cosas. Deja que la calidez de ese amor crezca poco a poco en tu corazón. Siente que esa calidez irradia poco a poco desde tu corazón y se propaga por todo el cuerpo. Al respirar, sigue llevando el aire al vientre y siente que la calidez de tu corazón lleno de amor toca todas las partes de tu cuerpo, como el fuego de una mañana de invierno llena tu habitación de reconfortante calor. A medida que vayas sintiendo las partes del cuerpo envueltas en una aceptación cálida y tierna, mira a ver si puedes dejar que se relajen.

Invita a las sensaciones que tengas —sea miedo, soledad, tristeza o cualquier otra cosa— a que entren en este espacio de amor, bondadoso y tierno. Invita a tus sensaciones a que disfruten del cálido resplandor del amor. Y si hay alguna parte de ti que no quiere aceptar esa invitación, no pasa nada: dale espacio, sin más, para que sea como necesita ser en este momento.

Cuando tu mente divague —como nos pasa a todas—,invita sencillamente a tu atención a que vuelva a tu recuerdo de amor, a que vuelva a la cálida sensación de amor en el corazón. Al final de la meditación, deja que la mente repose unos instantes sin ningún punto de referencia.

Espero que disfrutes de esta meditación. Si tienes alguna pregunta o comentario sobre ella, no dudes en contactar conmigo.

 

Texto original en inglés: «Caring for Yourself with Love: A Guided Meditation», publicado en CredibleMind el 25.11.2019.

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en este blog. En septiembre de 2015 abrí mi segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 ¡Gracias!

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La naturaleza búdica: eres perfecto tal como eres || Yongey Mingyur Rinpoché

Ilustración de Pascal Lemaître

El mundo moderno se ha encaprichado con la práctica de la meditación. Meditadores y meditadoras sonrientes adornan las portadas de las revistas. Los directores ejecutivos llevan la meditación a los centros de trabajo. Incluso enseñamos a niños y niñas a meditar en la escuela. Viendo todas las imágenes y oyendo las historias, sería fácil creer que el propósito de la meditación es sentarse sin más en una determinada postura siguiendo una determinada técnica.

Pero el auténtico poder de la meditación no está en el método, sino en cambiar nuestra perspectiva. En el budismo mahayana, lo llamamos «la visión». La visión no es una técnica: es cómo nos vemos y cómo nos relacionamos con nuestros propios pensamientos y emociones. Sin un cambio en nuestra visión, hasta las técnicas de meditación más poderosas solo servirán para reforzar viejos patrones y hábitos.

La visión esencial de la naturaleza búdica es tan profunda como simple: eres perfecto, tal como eres, en este mismo instante.

El problema de esta visión es que no nos parece real. Al centrarnos en las negatividades que ocultan nuestra naturaleza búdica, parece que no podemos experimentarla para nosotros mismos.

Yo no podía.

Crecí en medio de los Himalayas, justo a los pies del Manaslu, la octava montaña más alta del mundo. Mi familia estaba repleta de grandes meditadores y yo mismo fui reconocido como un lama reencarnado, lo que en el Tíbet se conoce como tulku, cuando apenas tenía unos años. Nací en un cuento de hadas.

Pero eso era solo en la superficie.

A pesar del precioso entorno en el que crecí y de la cariñosa familia y los ejemplos espirituales de los que estaba rodeado, mis primeros años estuvieron llenos de ansiedad. Tenía siete años cuando empecé a tener ataques de pánico. El pánico me siguió como una sombra durante la mayor parte de mi infancia.

Esto fue, más o menos, en la misma época en que empecé a oír hablar de la naturaleza búdica. Mi padre, un famoso maestro de dzogchen, me habló de la visión de la naturaleza búdica, pero yo no creía en ella. Por lo menos, no creía que fuera verdad en mi caso. Mi realidad era el miedo y el pánico; la naturaleza búdica sonaba solo como una fantasía. Era la experiencia de otra persona, no la mía.

Cuando aprendí a meditar, esperaba que la meditación me ayudara a librarme de todos mis fallos y defectos. Todas las personas que conocía parecían muy tranquilas y confiadas, pero yo estaba lleno de ansiedad. La meditación me atraía porque imaginaba un yo nuevo, mejorado. Un yo sin miedo ni ansiedad. Que no fuera tan sensible ni se abrumase fácilmente.

Intenté una y otra vez meditar para alcanzar la libertad. La meditación se convirtió en mi arma en la batalla contra mi propia mente. Pero no funcionaba. A veces mi mente estaba tranquila y el pánico parecía desaparecer, pero luego resurgía con más fuerza aún y la poca confianza que hubiera ganado se desvanecía como la bruma.

El gran avance llegó cuando por fin me rendí. Llevaba tanto tiempo luchando contra mis emociones, con tan poco éxito, que por fin me permití considerar una nueva posibilidad: quizá no podía arreglar nada de mí, pero no porque fuera básicamente defectuoso, sino porque no estaba estropeado.

Así que dejé de jugar al juego de siempre y empecé uno nuevo. En lugar de luchar contra mi pánico y  de apartar mis pensamientos de temor y mis expectativas llenas de ansiedad, dejé que entraran. No me centré en ellos, pero tampoco los ignoré. Abandoné todo el «hacer» y, por fin, me di permiso para simplemente «ser».

Me gustaría decir que aquí fue cuando la Tierra tembló y las nubes se abrieron, pero, al principio, abandonar el impulso de estar siempre «haciendo» algo fue incómodo y raro. Mis impulsos no desaparecieron, pero dejé que vinieran y se fueran sin ir detrás de ellos; ni siquiera del impulso de «meditar». No meditaba siquiera. Estaba allí sin más.

Era algo muy simple y ordinario, pero fue un cambio radical: dejé de intentar ganar el juego de siempre.

En este momento de dejar ir, empecé a darme cuenta de que no había entendido nada de la meditación. En mi búsqueda sin fin para mejorar el instante presente, me estaba cegando a lo que ya estaba y siempre está allí: la naturaleza búdica. Nuestra perfección inherente. Nuestra auténtica naturaleza.

Como demuestra mi experiencia, abandonar la visión de que somos básicamente defectuosos no es fácil. Recibimos muchos mensajes en nuestra vida cotidiana que nos dicen todo lo contrario. No somos lo bastante listos, lo bastante guapos o lo bastante exitosos. Si pudiéramos trabajar más duro, comer más sano o estar un poco menos estresados, entonces tal vez, solo tal vez, nos sentiríamos por fin bien.

La premisa básica de todos estos mensajes es que no somos lo bastante buenos y quizá no lo seamos nunca. No importa lo que logremos en la vida, cuál sea nuestra apariencia o lo alto que subamos en la escalera del éxito. Siempre falta algo.

Si no cuestionamos esta premisa, la meditación puede convertirse fácilmente en una forma sutil de agresión. Puede que consigamos calmar las aguas turbulentas de la mente unos instantes fugaces, pero acabaremos reforzando el viejo hábito de ver solamente nuestros defectos. Igual que todo lo demás en la vida, por mucho que hagamos y por más que lo intentemos, siempre habrá otra colina que subir. No hay forma de ganar este juego.

La naturaleza búdica no es un modo de jugar mejor al mismo juego de siempre. Es un juego totalmente distinto. El principio de la naturaleza búdica nos invita a explorar nuestra experiencia de una forma nueva: no para corregir lo que está mal, sino para darnos cuenta de que siempre ha estado bien.

Nuestra consciencia fluida

Una de las primeras cualidades de la naturaleza búdica que me enseñaron mis maestros fue la consciencia. La consciencia es como un hilo que recorre todas las experiencias que tenemos. Nuestros pensamientos y emociones están cambiando constantemente. Nuestras reacciones y percepciones van y vienen. Pero, a pesar de estos cambios, la consciencia está siempre presente. Está abierta de par en par y todo tiene cabida en ella, como en el cielo; es inconmensurablemente profunda y vasta como el océano, y estable y perdurable como una enorme montaña.

La consciencia no es mejor cuando tenemos un pensamiento inspirado o una emoción sublime. No es peor cuando estamos totalmente neuróticos. La consciencia simplemente es. No es algo que hacemos. Es quiénes somos.

Puesto que la consciencia está siempre allí, lo único que tenemos que hacer es reconocerla. No tenemos que mejorarla; no podríamos hacerlo aunque lo intentásemos.

Lo más difícil de la consciencia es que está tan cerca que no la vemos. Es tan corriente que no creemos en ella. No es más que un conocer, una presencia fluida.

¿Quién está leyendo esto ahora mismo? ¿Quién está teniendo esta experiencia? Es la consciencia. Esta consciencia es quien eres ahora mismo, en este justo instante.

Hagamos una breve práctica para experimentar esta consciencia fluida:

Antes de seguir leyendo, haz una breve pausa.

Abandona el hacer por un instante y permítete ser.

No medites en la respiración… respira sin más.

No medites en el sonido… escucha sin más.

No hagas nada. Estate aquí sin más.

Sea lo que sea lo que te depara este momento, experiméntalo sin más, tal cual es.

La consciencia está entera y completa. Siempre está aquí y todo tiene cabida en ella. Puedes hablar, moverte, incluso leer, como estás haciendo ahora mismo. Todo esto está pasando dentro de la consciencia.

Nuestro amor y nuestra compasión naturales

Esta presencia fluida no es un estado vacío, muerto. Está viva y profundamente implicada con el mundo.

Cuando estamos presentes sin más con lo que está pasando dentro y alrededor de nosotros, surge una sensación natural de amor y compasión. Como la consciencia, estas cualidades no son algo que tengamos que desarrollar o cultivar. Son cualidades permanentes de nuestra verdadera naturaleza.

Las semillas de la compasión están presentes en nuestro simplísimo deseo de evitar el dolor y la incomodidad. El amor está presente en el movimiento hacia la felicidad y la satisfacción. Experimentamos estos movimientos cada instante. Cuando cambiamos de postura o parpadeamos para evitar la incomodidad, expresamos compasión. Cuando disfrutamos de un sorbo de agua o respondemos a la sonrisa de un amigo, experimentamos amor.

El amor y la compasión están presentes cuando menos esperamos que estén. Están presentes incluso dentro de emociones dolorosas como el miedo y el enfado, pues estas reacciones tienen su origen en el impulso de evitar el dolor y la incomodidad, y de experimentar felicidad y bienestar. Estaban presentes en mis ataques de pánico. Yo no quería seguir sufriendo. Quería sentirme a salvo y seguro. Solo que no sabía dónde buscar. Pero lo que no veía era que el instinto de ser feliz y no sufrir siempre estuvo allí.

Haz una pausa y mira a ver si puedes sentir estas cualidades.

¿Sientes el impulso de alejarte de la incomodidad o de evitar lo desagradable? Nótalo.

Esa sensación es compasión.

¿Sientes el deseo de experimentar felicidad, satisfacción o, simplemente, de sentirte completo?

Reposa un momento y mira a ver qué notas.

Ese movimiento sutil hacia la felicidad es amor.

Cuando hayas terminado de leer esto y sigas con tu día, nota estas cualidades también en otras personas. Son como los rayos del sol. Siempre que esté presente la consciencia, están también presentes el amor y la compasión.

Nuestra sabiduría innata

Otra cualidad esencial de nuestra naturaleza búdica es la sabiduría. Todos y cada uno de nosotros tenemos una comprensión profunda. Puede que no siempre nos demos cuenta, pero está allí.

Todos buscamos desesperadamente algo. No siempre sabemos qué es, pero sentimos que falta algo. Así que seguimos busca que te busca.

La sabiduría es la inseparable compañera de toda esta incesante búsqueda. En algún lugar profundo, sabemos cuándo estamos buscando en el sitio adecuado. Y cuando estamos cayendo en un viejo hábito, sabemos cuándo nos hemos desviado. No siempre hacemos caso a esa voz, pero está allí. Somos como un pájaro que vuela de árbol en árbol en busca de su nido.  Sabemos que estamos en casa cuando lo encontramos, y mientras no estemos allí, sabemos seguir buscando.

Cuando empezamos a ser en lugar de hacer, empezamos a tener esa sensación de estar por fin en casa. Podemos abandonar la búsqueda y relajarnos. Cuando esto sucede, no hace falta que nadie nos lo diga. Ese saber intuitivo es la sabiduría. Cada pensamiento, cada emoción y cada impulso está enraizado en esa sabiduría. Solo tenemos que reconocerla.

Ser la naturaleza búdica

Si la consciencia, la compasión y la sabiduría fueran cualidades que pudiéramos alcanzar o desarrollar, tendría todo el sentido del mundo hacer algo para cultivarlas. Pero no tenemos que cultivarlas porque son parte de nuestra naturaleza básica. Ya las tenemos.

Cualquier intento de cambiar, arreglar o mejorar lo que está pasando en el momento presente refuerza la antigua creencia de que nos falta algo. Por otra parte, si no hacemos nada, estamos justo donde empezamos. Nada va a cambiar.

La clave de esta paradoja es el reconocimiento. La naturaleza búdica no es algo que hacemos, sino algo que tenemos que reconocer.

Una forma sencilla de explorar esto en tu práctica de la meditación es hacer una pausa de vez en cuando para simplemente ser. Si sueles centrar tu meditación en la respiración, deja la meditación de vez en cuando y sé, sin más. No controles tu atención de ninguna forma. La atención es como una brisa; la consciencia es como el cielo. No tienes que calmar la mente. La consciencia ya está en calma.

Se puede no hacer caso de los pensamientos o sensaciones que surjan. No hay una sola experiencia que pueda interferir en la consciencia. Deja que estén todas allí sin más y nota que la consciencia también está siempre allí. Si eres consciente de tu consciencia, eso es suficiente.

Esto parecerá raro al principio. Puede ser incluso inquietante y, casi con seguridad, experimentarás el residuo del impulso de hacer. Es normal. A medida que aumente tu familiaridad con esta cualidad de ser, empezarás a ver que la compasión y la sabiduría están aquí mismo. Te darás cuenta de que nunca serás más perfecto de lo que eres ahora mismo, en este mismo instante.

 

Texto original en inglés: Buddhanature: You’re Perfect As You Are, publicado en Lion’s Roar el 8 de noviembre de 2019.

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Cómo relacionarnos con la ansiedad por el cambio climático || Ari Goldfield

«Sé dichoso aun habiendo tenido en cuenta todos los datos». Wendell Berry

 

La semana pasada, millones de personas marchamos a favor de salvarnos de la destrucción de nuestro medio ambiente. Nuestros amor y sabiduría humanos colectivos están despertando, y después de todo el daño que hemos hecho a nuestro planeta, este cambio tiene visos de ser realmente maravilloso.

Aun así, personalmente, a veces siento muy lejanas las palabras de Wendell Berry. La semana pasada, cuando leí que, en los últimos cincuenta años, la población de aves de Norteamérica ha disminuido en tres mil millones de ejemplares, sentí que era una pérdida de magnitud inconcebible. Y unos días antes, cuando la administración de Trump anunció la reducción de las estrictas normas de California sobre emisiones de vehículos, lo primero que pensé fue: «Esto va a envenenar a mi hijo».

¿Cómo estás viviendo el cambio climático? ¿Crees que puedes afrontarlo? Me preocuparía si me dijeras que te altera tanto que está afectando a tu forma de vivir y funcionar en el mundo. Por ejemplo, no poder dormir o comer, sentir desesperación o desesperanza o estar tan nerviosa que te cuesta concentrarte en el trabajo o disfrutar de las amistades, la familia o de las actividades lúdicas, son indicios de que podrías padecer ansiedad y depresión.

La parte positiva es que puedes ayudarte a ti misma a salir de allí. Eso empieza entablando una relación con tu dolor como un estado mental. Una idea esencial de la psicología budista y de la occidental es que, cuanto más creamos que nuestro dolor existe como una realidad fija y objetiva ubicada en personas, situaciones y acontecimientos externos, más sufriremos.

Así, reconoce que aunque tu dolor surge de la interacción con acontecimientos externos y tus propias predisposiciones, en realidad está presente dentro de tu conciencia, no en la situación externa en sí. Dado que está dentro de ti, puedes relacionarte con él y es maleable. ¿Cómo? Cuando surja tu sufrimiento, identifícalo de una forma amorosa y amable. Dite con suavidad: «Siento ansiedad» o «me siento desesperanzada». Puedes incluso darle un nombre —al mío lo llamo «espanto sin nombre y sin rostro»; una cliente llamaba al suyo «el fantasma»—; sigue dando miedo, pero ahora es algo cercano en lugar de algo abrumador y general.

Y respira. Respira en amor y espacio para que tu espantoso fantasma sea sin más. Sabe que no es más que una parte de ti; que tu conciencia lo abarca, lo contiene y es más grande que él. Por tanto, no puede hacerte daño. Hay lugar para tu dolor y también para otros sentimientos.

Cuando más duele es cuando sentimos el dolor como algo tan grande que parece ocupar todo el espacio. Pero lo asombroso es que cuando eres consciente de este sensación de estar abrumada, es la consciencia la que está mostrando que en realidad ella es más grande que esa sensación. Y en ese minúsculo espacio que hay entre tu sensación y tu consciencia de la sensación puedes empezar a relajarte. Puedes incluso encontrar las semillas de la dicha, aun habiendo tenido en cuenta todos los datos.

Escribiré más sobre esto en entradas futuras, pero si quieres recibir ayuda con esto ahora, puedes ponerte en contacto conmigo o con otra u otro psicoterapeuta. Cuando sufres, necesitas ayuda y la mereces.

Texto original en inglés publicado en CredibleMind el 26.09.19:  How to Relate with Climate Change Anxiety.

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¿Por qué la psicoterapia? || Ari Goldfield

«Ningún hombre es una isla». John Donne

Cada uno de ustedes tiene sus razones para visitar el sitio web de CredibleMind y, sean cuales fueren las dificultades o cuestiones que les hayan traído aquí, encontrarán listas de libros, vídeos, artículos y podcasts: muchos buenos recursos para explorar y ver qué le resuena a cada uno.

Pero me gustaría centrarme aquí en un recurso difícil de trasladar a un artefacto digital en un sitio web: el de una relación real con un/a psicoterapeuta.

La decisión de empezar una terapia puede ser difícil. Cuesta dinero. Cuesta tiempo. Una vez que se empieza, no sabemos con seguridad cuánto tiempo transcurrirá hasta que se termine.

Y empezar una terapia nos expone a sentirnos vulnerables. Puede dar miedo hablar de cosas de nuestra vida que nos cuestan. También es muy habitual sentir vergüenza e incomodidad por cómo pensamos, sentimos o actuamos a veces, por lo que la perspectiva de hablar de esas partes de nuestra vida con alguien desconocido puede ser abrumadora.

Luego está el pensamiento: «Debería poder resolver esto por mí mismo». Yo creí eso durante años: depender de la ayuda de otra persona significaba que, de algún modo, yo era un fracaso. Lo único que tenía que hacer era ponerme en serio, trabajar con más ahínco y resolverlo yo solo.

En un momento determinado, me sentí dolorosamente atascado. Me di cuenta de que no podía arreglarme a mí mismo. No estaba seguro de que pudiera ayudarme otra persona, pero pensé ir a hablar con un/a terapeuta y ver qué pasaba. Cuando lo hice, tuve una experiencia extraordinaria y sorprendente: me sentí maravillosamente bien por empezar una relación con alguien cuyo único propósito era el deseo de ayudarme. Y no solo eso: experimenté cómo mi terapeuta me escuchaba con atención y me tomaba en serio. Me ofreció reflexiones para que las tuviera en cuenta y normalizó mis pensamientos y sentimientos para que no me sintiera raro o defectuoso. Con el tiempo, me ayudó a comprender qué era lo que me retenía atascado y qué podía hacer para cambiar eso. Y, la mejor sensación de todas, me ayudó a darme cuenta de que era incondicionalmente merecedor de amor incondicional. Creo que conseguí una auténtica ganga a cambio de mi tiempo y mi dinero.

Una lección vital que aprendí es esta: una parte significativa de las dificultades psicológicas que experimenta cualquier persona deriva de unas relaciones interpersonales problemáticas, normalmente (pero no siempre) las que tuvimos en nuestra familia de origen. Por tanto, es esencial una relación interpersonal correctiva para nuestro proceso de curación. Los libros, los vídeos e incluso los medicamentos solo pueden llevarnos hasta cierto punto. Puesto que la relación fue la fuente del problema, la relación es una gran parte de la solución. Y por eso la psicoterapia puede ayudarnos tanto: porque ninguno de nosotros es una isla.

 

Texto original en inglés: Why Psychotherapy?

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Esto es abuso || Damcho Dyson y Tahlia Newland

Damcho Dyson (desde la izquierda), Tahlia Newland y Jack Wicks en la XVI conferencia bienal de la Asociación Internacional de Mujeres Budistas Sakyadhita. | Olivier Adam

Dos exestudiantes de Rigpa recuerdan el comportamiento abusivo de su maestro y el momento en el que se dieron cuenta de que no era «sabiduría loca».

 

La artista y exmonja Damcho Dyson pronunció el siguiente discurso sobre su experiencia con el desprestigiado maestro budista Sogyal Rinpoché, acusado de abusos sexuales y malos tratos físicos por muchos miembros de Rigpa —la comunidad fundada por él—, en la XVI conferencia bienal de la Asociación Internacional de Mujeres Budistas Sakyadhita. También intervino la editora y autora Tahlia Newland, que recuerda el momento en que supo de los abusos de su maestro en el siguiente fragmento de su libro Fallout: Recovering from Abuse in Tibetan Buddhism) (Consecuencias: Recuperarse de los abusos en el budismo tibetano). La capellana budista Jack Wicks coordinó y presentó la charla en el evento celebrado en junio en Blue Mountains (Australia), que pueden escuchar aquí.

 

Esto es abuso || Damcho Dyson

Sogyal Rinpoché fue el primer maestro budista con el que entré en contacto.

Me gustaría mencionar, para todos los que no conocen a Sogyal Rinpoché, que Sogyal no es monje y no está obligado por preceptos que le prohíban mantener relaciones sexuales consentidas.

Como muchas otras personas, lo conocí en un momento en el que ansiaba alguna forma de dar sentido al sufrimiento después de que mi vida hubiera sido desbaratada por una serie de traumas. Cuando creía que no tenía nada que perder, el libro superventas de Sogyal, El libro tibetano de la vida y de la muerte, me dio un gran apoyo y herramientas.

No quería volver a caer en la confusión y el sufrimiento de mi vida, así que, razoné, debía entregar mi ego al maestro y seguirlo a él y al linaje de las enseñanzas del Buda que transmitía. Ya me había dado cuenta de los beneficios de la meditación y la contemplación, así que no hice caso de varias de las cuestiones que surgieron en esa primera época.

Como comunidad, Rigpa tenía una cultura en la que se hacía más hincapié en la fe y la devoción que en el estudio riguroso. Las pocas personas que cuestionaban abiertamente la forma de enseñar de Sogyal eran castigadas de forma ejemplar a través de un diálogo públicamente humillante que podía ocupar toda una sesión de enseñanzas. Sogyal y sus alumnos más antiguos nos decían que estas supuestas sesiones de adiestramiento eran «enseñanzas en actividades» y que la conducta de Sogyal, errática y similar a un berrinche, era «sabiduría loca», y que la forma correcta de verla era cultivar la «percepción pura».

Confiaba ciegamente en la autenticidad de Sogyal y en sus métodos. Cuando me trasladé a Lerab Ling, el principal centro de Rigpa en Francia, me sentí inspirada para ordenarme monja y aspiraba a entregarme al maestro y adiestrarme como los grandes santos del pasado. Por tanto, cuando Sogyal me «corrigió» por primera vez golpeándome en la coronilla con un rascaespaldas de madera, lo tomé como una bendición.

Con los años me fui acercando más a Sogyal y él me dio responsabilidades cada vez mayores en su casa y en sus asuntos personales. Ahora que era su asistente personal, aumentaron la frecuencia y la severidad de los golpes en privado y las humillaciones públicas. Para gran parte de quienes estábamos en el «círculo íntimo» no era extraño tener múltiples chichones en el cráneo o heridas en el cuero cabelludo a causa de los golpes. En una ocasión me desgarró una oreja.

Todos veíamos que sus peores estados de ánimo estaban causados por problemas con las jóvenes atractivas —alumnas a las que engatusaba para mantener relaciones sexuales— que estaban disponibles para él las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana. No supe hasta más tarde, porque me lo contaron personalmente algunas de ellas, que las había violado. Habían sido coaccionadas para tener la relación diciéndoles que estaban haciendo la práctica del consorte, el karmamudra.

Pero, de algún modo, nos mantuvimos mutuamente a flote reflexionando en el karma que podíamos estar purificando y el aferramiento al ego que íbamos aflojando.

En 2008, seis años después de ordenarme monja, empecé a tener reviviscencias, tanto en estado de vigilia como dormida, de sus palizas e insultos, y comencé a sentirme físicamente enferma al oír el sonido de su voz. Sogyal me envió a hacer la terapia Rigpa, que era presuntamente una fusión de psicología occidental y el Dharma del Buda. Agradecí tener a alguien con quien poder hablar de mis dificultades, pero el terapeuta también me manipuló, diciéndome que las palizas y suplicios no tenían nada que ver con Sogyal, sino con algunos problemas del pasado que tenía con alguien de mi familia y que había que purificar.

Dos años después, dos maestros visitantes pudieron darse cuenta de que me pasaba algo. Me animaron a hablar con ellos, lo que siempre nos habían desaconsejado porque «nadie va a entenderlo». El primero me dijo que yo estaba demasiado cerca del fuego y por eso me estaba quemando. Me animó a dar un paso atrás, despacio y con habilidad. Unas semanas después, el segundo me dijo: «Esto es abuso».

Al oír esas tres palabras, vi por fin toda la historia de mi «adiestramiento» como lo que era realmente. En los meses siguientes, planeé en secreto cómo huir de Lerab Ling. Cuando por fin lo hice —a finales de 2010— y me escondí en la India, Sogyal me desprestigió y avergonzó públicamente. Tuvieron que pasar por lo menos tres años para que las reviviscencias traumáticas y las pesadillas disminuyeran, y más años hasta que pude pedir ayuda a un terapeuta profesional.

En 2017 me uní a otros siete estudiantes y antiguos estudiantes de Rigpa que querían que Sogyal rindiera cuentas de su conducta. Cada uno de nosotros tenía una historia diferente y cuando hablamos, nos dimos cuenta de que el daño iba mucho más allá de nuestras experiencias individuales. Nuestra carta abierta exponía los principales motivos de preocupación sobre la conducta indebida de Sogyal en relación con los abusos sexuales, físicos, emocionales, económicos y psicológicos infligidos a estudiantes; y las formas en que sus actos habían empañado el aprecio de la gente por la práctica del Dharma.

La carta obtuvo enseguida un gran eco y ha desembocado en la creación de redes de apoyo y en la apertura de investigaciones oficiales en Francia, el Reino Unido y Australia. Desde que fui coautora de esta carta, he oído relatos mucho más extremos y profundamente perturbadores de la conducta abusiva de Sogyal y puedo afirmar que lo que se ha publicado en la prensa y en la investigación oficial apenas rasca la superficie.

 

La sabiduría oculta por la devoción || Tahlia Newland

En julio de 2017, ocho antiguos estudiantes próximos al maestro budista tibetano Sogyal Rinpoché le enviaron una carta, a él y a sus alumnos, en la que detallaban los abusos emocionales, físicos y sexuales que habían vivido en sus manos, y las décadas de encubrimiento por parte de la dirección de Rigpa, la organización que administra su red de centros de estudio y práctica. Para la mayoría de los estudiantes, la lectura de los testimonios de abusos fue un terrible golpe y tuvo un enorme impacto en su vida.

Sogyal Rinpoché fue mi maestro espiritual durante veinte años, desde 1997 hasta 2017, durante los cuales tuve una visión idealizada e inexacta de la cultura del budismo tibetano. Creé y dirigí el centro de educación a distancia de Rigpa Australia (conocido como el Bush Telegraph), trabajando largas horas sin salario, algo que estaba encantada de hacer, dedicada, como todas las personas que trabajaban para Rigpa, a la causa de difundir el Dharma del Buda en el mundo occidental. Me formé como instructora en 2000 y fui instructora hasta que me marché.

Me convertí en alumna de Sogyal después de mi primer retiro, cuando me dio una introducción a la naturaleza de la mente y luego dijo: «Si lo has entendido, ahora eres mi alumna. Tenemos un samaya (compromiso mutuo con el despertar). No puedes librarte de mí». En aquel momento no sabía lo que era el samaya, pero acepté que él fuera mi maestro porque había vislumbrado lo que supuse que era la naturaleza de mi mente. No tenía ni idea entonces de que si quería obtener las enseñanzas más elevadas tendría que profesar una devoción incondicional a Sogyal. Varios años después, estaba tan inmersa en la abrumadora cultura de Rigpa que fomenté la devoción exigida sin dudarlo.

Solo veía a Sogyal en persona una vez al año, en retiros, y hasta junio de 2017 no tenía ni idea de cómo se comportaba en privado. Como alumna corriente, solo veía lo que veía todo el mundo de él en los retiros, e interactué personalmente con él en contadas ocasiones. En esos momentos, me pareció amable y atento, y nuestras interacciones fueron beneficiosas o desconcertantes, pero nunca dañinas. Confiaba en que nunca haría daño a nadie.

Escribo ahora desde la perspectiva de una espectadora porque así es como yo y muchos de mis amigos vivimos estos acontecimientos. Los abusos en un contexto espiritual no afectan solo a las personas que los sufren directamente; afectan a todos y cada uno de los miembros de una comunidad, y si esto no es más que la historia de cómo uno de esos miembros corrientes pudo pasar página, que así sea. Cuento mi historia con la esperanza de que ayude a otras personas como yo a encontrar la forma de pasar página.

Cuando supe que mi amigo exmonje y otros miembros de Rigpa habían sufrido malos tratos físicos a manos de Sogyal, me liberé en un instante de la dependencia de mi lama, mi gurú. Me di cuenta de que el eje central de mi camino espiritual se basaba en una mentira: mi lama no era quien yo creía que era.

Por mi mente pasaron fugazmente las historias tradicionales de alumnos de grandes maestros que alcanzaron el despertar cuando su maestro los abofeteó con una sandalia o les tiró piedras. Podía darme cuenta de que si algo así había pasado una vez, o al menos en alguna ocasión extraordinaria, podía ser una forma poderosa de hacer que alguien prestara atención, y esa era la idea que estaba detrás de la expresión «sabiduría loca», que se refería al uso por un maestro realizado de actos «no convencionales» para despertar a un alumno. Se suponía que estos actos eran solamente para un alumno excepcional tan avanzado espiritualmente que respondería positivamente a esta conducta, no algo habitual y para todos los estudiantes próximos al maestro. Y los actos tenían como resultado el despertar, no unas lesiones. Las lesiones causadas por los actos de un auténtico maestro de sabiduría loca supuestamente sanaban de forma espontánea e inmediata, pero mi amigo monje dijo que quedó con hematomas.

Nuestros instructores superiores de Rigpa nos habían dicho periódicamente, con gran orgullo, que Sogyal Rinpoché era un gran maestro de la sabiduría loca; alguien que sentía tanto amor y compasión por sus alumnos que estaba dispuesto a despertarlos por todos los medios necesarios, incluso si eso significaba que lo que decía o hacía parecía un tanto severo. Y yo les había creído. Ahora parecía que la historia de la sabiduría loca no había sido más que una explicación oportuna de una conducta que de otro modo se consideraría abusiva.

Yo había visto muchas veces a Sogyal humillar en público a personas, pero estas decían después que lo habían vivido como amor y habían aprendido de ello, por lo que no lo veían dañino, sino que, por el contrario, lo habían vivido como algo útil. Me había imaginado que si ellas no lo vivían como algo dañino, entonces no era dañino para ellas, así que ¿por qué habría de importarme? Sogyal lo había llamado «adiestramiento en actividades». Se suponía que nos convertía en trabajadores más eficientes, mejores jugadores en equipo, algo así, y puesto que incluso yo había aprendido de algunas de las cosas que había indicado a la gente, todo parecía bastante razonable.

Cuando, hace unos años, aparecieron en Internet «acusaciones» de abusos, los instructores superiores de Rigpa impartieron una sesión especial de representación de Rigpa para enseñar a los instructores cómo tratar a los estudiantes que preguntaran sobre las acusaciones de abusos. Yo no había oído nada hasta ese momento. Nos dijeron que no buscáramos en Internet porque cada búsqueda aumentaría el número de visitas en el sitio que publicaba las acusaciones y lo hacía aparecer cuando la gente buscase el nombre de Sogyal. Descalificaron a quienes habían revelado los abusos y me hicieron creer que Sogyal era víctima de ciberacoso.

Yo no había mirado en Internet, no solo porque me habían dicho que no lo hiciera y porque suponía que era una campaña de acoso, sino también porque no había querido poner a prueba mi devoción. Me había dicho a mí misma que mi devoción era inquebrantable, así que nada de lo que leyera iba a cambiar eso. ¡Qué buena estudiante era, sumisa y sin rechistar! Estaba orgullosa de mi fe inquebrantable en mi lama. No había notado antes el orgullo, pero ahora me daba cuenta de que me había impedido incluso querer ver la verdad, y era importante que le gente sí viera el sitio web que enumeraba los testimonios de abuso. Lo que había que hacer no era detener a los ciberacosadores que «perseguían» a Sogyal, sino detener al verdadero acosador: Sogyal.

La destrucción de la confianza en el ámbito espiritual es devastadora. Y si era difícil para mí, mucho más difícil debía de ser para quienes habían sufrido directamente los abusos. Pero la traición, me di cuenta, se extendía a todos mis hermanos y hermanas vajra; incluso si no sabían la verdad, creían en una mentira.

En los retiros, cuando nos encontrábamos ante la conducta gruñona y exigente de Sogyal, nos decían que, para quienes eran el objeto de su aparente agresión, esta era la acción despierta de un maestro de sabiduría loca que aceleraba el progreso espiritual del estudiante. Nos decían que no lo viéramos con nuestra mente ordinaria que juzga, porque esa mente no era de fiar; ocultaba la verdad. Se suponía que la verdad era que lo que aparecía ante nosotros como humillación pública en realidad era un acto de gran bondad. Nos decían que dejásemos que lo que surgiera en nuestra mente se desvaneciera y no nos quedásemos atrapados en eso, que lo viéramos simplemente como algo que surgía y que había que dejar atrás.

Descalificaban nuestra sabiduría innata del discernimiento con la expresión «mente que juzga» y nos enseñaban a no confiar en ella. Reaccionar a nuestra propia intuición de que algo no iba bien en la conducta de Sogyal era considerado signo de ausencia de logros espirituales, así que todos nos esforzábamos para no reaccionar. Nos adiestraban para no confiar en nuestra propia percepción, para ver algo que intuitivamente considerábamos dañino como bondad. Nos adiestraban para mirar los abusos sin quejarnos. ¡Cómo me manipularon!

En esa sesión de representación de Rigpa, yo había hecho lo que los instructores superiores me habían dicho que hiciera: evaluar basándome en mi propia experiencia de mi gurú, no en lo que decían otros que habían experimentado. Sin embargo, oír acusaciones directamente de dos personas en las que confiaba había traído el asunto directamente a mi experiencia. En aquel momento pregunté a una instructora, alguien muy próximo a Sogyal, si algo de eso era cierto. Y ella dijo: «Creemos que no ha hecho daño a nadie».

Había interpretado esas palabras en el sentido de que no había hecho daño a nadie. Ahora me daba cuenta de la palabra clave: «Creemos». Lo que creemos que ocurrió y lo que ocurrió realmente no son siempre lo mismo.

Pasaron por mi mente imágenes de todos los buenos momentos: el amor que sentía en su presencia, la bondad con la que me trataba, los abrazos, el gracias personal; la bendición para mi serie de fantasía Diamond Peak, que era una analogía del camino al despertar; y las prácticas que había hecho bajo su dirección. Luego vinieron las veces que me había rechazado: el regalo en el que había trabajado durante meses y que tiró, la ocasión en que me llamó estúpida, las preguntas que había descartado o ignorado o de las que se había burlado. Y después aparecieron todas esas cositas que había ido apartando de mi mente: cómo nos tuvo sentados durante horas en pleno día en una tienda, en el calor abrasador de un verano australiano; cómo sus sesiones terminaban tan tarde que el almuerzo se hacía dos o tres horas tarde; cómo gritaba a la gente y les tiraba cosas; cambiaba una y otra vez cosas que no hacía falta cambiar; exigía perfección; hacía su práctica durante horas —o llamaba por teléfono— mientras nos tenía allí sentados, mirándolo, sin tener ni idea de qué decía cuando recitaba a toda velocidad innumerables plegarias y prácticas en tibetano. Moví la cabeza. ¿Y ahora qué? Cuando tu camino espiritual se basa en tu confianza en una persona y esa persona destruye tu confianza, ¿qué pasa con tu camino espiritual?

[Pero dejar Rigpa y ponerme del lado de las víctimas de abusos] no fue una decisión que me costara tomar. Tenía muy claro que, no importaba cuál hubiera sido nuestra relación, ahora sabía lo que él era en realidad, y no era una persona a la que pudiera tomar como maestro espiritual.

Fragmento de Fallout: Recovering from Abuse in Tibetan Buddhism (AIA Publishing, 20 de julio de 2019), de Tahlia Newland.

Damcho Dyson es artista, investigadora, amante del látex y ex monja budista.
Tahlia Newland es editora en AIA Publishing y autora de siete novelas de realismo mágico, un volumen de relatos y un libro de no ficción sobre escritura. Su último libro es Fallout: Recovering from Abuse in Tibetan Buddhism. También hace máscaras en su tiempo libre. En 2017 fundó Beyond the Temple (Más allá del templo), blog y foro para exestudiantes de Rigpa y otras personas que lidian con abusos en comunidades budistas.

Original en inglés: This is Abuse, publicado en Tricycle el 15 de julio de 2019.

 

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