Cómo relacionarnos con la ansiedad por el cambio climático || Ari Goldfield

«Sé dichoso aun habiendo tenido en cuenta todos los datos». Wendell Berry

 

La semana pasada, millones de personas marchamos a favor de salvarnos de la destrucción de nuestro medio ambiente. Nuestros amor y sabiduría humanos colectivos están despertando, y después de todo el daño que hemos hecho a nuestro planeta, este cambio tiene visos de ser realmente maravilloso.

Aun así, personalmente, a veces siento muy lejanas las palabras de Wendell Berry. La semana pasada, cuando leí que, en los últimos cincuenta años, la población de aves de Norteamérica ha disminuido en tres mil millones de ejemplares, sentí que era una pérdida de magnitud inconcebible. Y unos días antes, cuando la administración de Trump anunció la reducción de las estrictas normas de California sobre emisiones de vehículos, lo primero que pensé fue: «Esto va a envenenar a mi hijo».

¿Cómo estás viviendo el cambio climático? ¿Crees que puedes afrontarlo? Me preocuparía si me dijeras que te altera tanto que está afectando a tu forma de vivir y funcionar en el mundo. Por ejemplo, no poder dormir o comer, sentir desesperación o desesperanza o estar tan nerviosa que te cuesta concentrarte en el trabajo o disfrutar de las amistades, la familia o de las actividades lúdicas, son indicios de que podrías padecer ansiedad y depresión.

La parte positiva es que puedes ayudarte a ti misma a salir de allí. Eso empieza entablando una relación con tu dolor como un estado mental. Una idea esencial de la psicología budista y de la occidental es que, cuanto más creamos que nuestro dolor existe como una realidad fija y objetiva ubicada en personas, situaciones y acontecimientos externos, más sufriremos.

Así, reconoce que aunque tu dolor surge de la interacción con acontecimientos externos y tus propias predisposiciones, en realidad está presente dentro de tu conciencia, no en la situación externa en sí. Dado que está dentro de ti, puedes relacionarte con él y es maleable. ¿Cómo? Cuando surja tu sufrimiento, identifícalo de una forma amorosa y amable. Dite con suavidad: «Siento ansiedad» o «me siento desesperanzada». Puedes incluso darle un nombre —al mío lo llamo «espanto sin nombre y sin rostro»; una cliente llamaba al suyo «el fantasma»—; sigue dando miedo, pero ahora es algo cercano en lugar de algo abrumador y general.

Y respira. Respira en amor y espacio para que tu espantoso fantasma sea sin más. Sabe que no es más que una parte de ti; que tu conciencia lo abarca, lo contiene y es más grande que él. Por tanto, no puede hacerte daño. Hay lugar para tu dolor y también para otros sentimientos.

Cuando más duele es cuando sentimos el dolor como algo tan grande que parece ocupar todo el espacio. Pero lo asombroso es que cuando eres consciente de este sensación de estar abrumada, es la consciencia la que está mostrando que en realidad ella es más grande que esa sensación. Y en ese minúsculo espacio que hay entre tu sensación y tu consciencia de la sensación puedes empezar a relajarte. Puedes incluso encontrar las semillas de la dicha, aun habiendo tenido en cuenta todos los datos.

Escribiré más sobre esto en entradas futuras, pero si quieres recibir ayuda con esto ahora, puedes ponerte en contacto conmigo o con otra u otro psicoterapeuta. Cuando sufres, necesitas ayuda y la mereces.

Texto original en inglés publicado en CredibleMind el 26.09.19:  How to Relate with Climate Change Anxiety.

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