La profecía de Shambhala || Joanna Macy

mudra-with-dorje-and-bellChoegyal Rinpoché:

—Llegará una época en la que toda la vida sobre la Tierra estará en peligro. En esa época habrán aparecido grandes potencias; potencias bárbaras. Aunque dilapidan su riqueza en preparativos para aniquilarse entre sí, tienen mucho en común: armas de muerte y destrucción inconcebibles, y tecnologías que arrasarán el mundo. Y es precisamente entonces, cuando todo el futuro de todos los seres penderá del más frágil de los hilos, cuando surgirá el reino de Shambhala.

»No podemos ir allí, no es un lugar. Existe en el corazón y la mente de los guerreros de Shambhala. En realidad, no podemos saber a simple vista quién es un guerrero o una guerrera de Shambhala porque no llevan uniformes ni insignias ni ondean banderas. No tienen barricadas a las que subir para amenazar al enemigo o tras las cuales descansar y reagruparse. Ni siquiera tienen tierra natal, pues deben moverse  por siempre jamás por el terreno de las potencias bárbaras.

»Este es el momento en el que los guerreros de Shambhala necesitarán una gran valentía; valentía moral y valentía física, porque van a ir al mismísimo corazón del poder bárbaro para desmantelar sus armas. Armas en todos los sentidos de la palabra: las bombas y armamentos, fabricadas y desplegadas, y los pasillos del poder donde se toman las decisiones, para desmantelar las armas.

»Los guerreros de Shambhala saben que estas armas pueden desmantelarse porque son manomaya, están hechas con la mente. Están hechas por la mente humana y la mente humana puede desmantelarlas. Porque los desastres que nos amenazan y se despliegan no son causados por una fuerza extraterrestre o alguna deidad satánica o ni siquiera por un destino inamovible. Surgen de nuestras relaciones y nuestras prioridades y nuestros hábitos. Están hechos por la mente humana y la mente humana puede deshacerlos. Así pues, ha llegado el momento —dijo— de que los guerreros de Shambhala se entrenen.»

—¿Cómo se entrenan? —dije yo.

—Se entrenan en el uso de dos armas.

—¿Cuáles son? —pregunté. Y entonces sostuvo las manos como los lamas sostienen los objetos rituales en las grandes danzas de los lamas y dijo:

—Una es la compasión y la otra, el conocimiento profundo de la interdependencia radical de todos los fenómenos. Y necesitamos ambas, una sola no basta. Necesitamos la compasión porque nos proporciona el combustible, la fuerza motriz que nos hace salir e ir a donde tenemos que estar para hacer lo que tenemos que hacer. Cuando no tenemos miedo del sufrimiento de nuestro mundo nada puede detenernos. Pero eso por sí solo es demasiado caliente, puede quemarnos. Así que necesitamos la otra, necesitamos esa sabiduría, ese conocimiento profundo de la pertenencia mutua de todo lo que está entretejido en el entramado de la vida. Y cuando tenemos eso, vemos, sabemos que no se trata de una guerra entre buenos y malos, pues la línea que separa el bien y el mal recorre el paisaje de todos los corazones humanos. Y estamos tan entretejidos en el entramado de la vida que hasta el más pequeño de los actos realizados con una intención clara tiene repercusiones en todo ese entramado en formas que apenas vemos.

»Pero eso —dijo— es un poco frío por sí solo, y por eso necesitamos el calor de la compasión. Y si miras a los monjes tibetanos recitando, verás muchas veces que en sus puyas [rituales] mueven las manos haciendo mudras; están representando la danza de la interacción entre karuna y prajna, entre la compasión y la sabiduría.»

Vídeo de Joanna Macy (en inglés) en el que cuenta la leyenda. Vale la pena verlo para escuchar su voz y ver sus gestos.

Una versión escrita (en inglés) de la profecía.

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La mente y el corazón || Jack Kornfield

jack-kornfield_201blkwht_deborahjaffeLa traducción del mantra de la compasión universal: om mani padme hum es ‘la joya en el loto’. Aunque tiene muchos significados, una explicación de su simbolismo es que la compasión surge cuando la joya de la mente descansa en el loto del corazón. La mente despierta tiene una claridad diamantina; cuando esta visión clara descansa en la tierna compasión del corazón, se cumplen las dos dimensiones de la liberación.

En la psicología budista se suele usar una sola palabra para mente y corazón: chita. Esta mente-corazón tiene muchas dimensiones. Contiene e incluye todos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, respuestas, intuición, temperamento, y la propia consciencia. Cuando hablamos de la mente en Occidente, nos solemos referir solo al proceso de pensamiento racional. Si observamos este aspecto de la mente vemos una corriente infinita de pensamientos, ideas e historias. Aunque esta mente que discierne tiene un valor práctico, también puede separarnos del mundo; nuestras ideas crean con facilidad un «nosotros» y un «ellos», lo bueno y lo malo, el pasado y el futuro. A nuestros pensamientos también les gusta crear problemas imaginarios. Como dijo Mark Twain: «Mi vida está llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca ocurrieron». O, en las palabras de uno de mis maestros, Sri Nisargadatta: «La mente crea el abismo, el corazón lo cruza.»

Junto con los pensamientos y los impulsos, la psicología budista también describe los sentimientos como un aspecto natural de la mente-corazón. Inicialmente nos damos cuenta de que con cada experiencia surgen sentimientos agradables, neutrales o desagradables. Si los observamos con atención, sin aferrarnos a lo agradable ni condenar lo desagradable, podremos descubrir que estos sentimientos básicos dan paso a todo un abanico de emociones. Algunas personas creen que las emociones son peligrosas, pero las emociones en sí son rara vez el problema; es nuestra falta de consciencia de ellas o las historias que creemos sobre ellas lo que crea nuestro sufrimiento. Sin consciencia, los sentimientos dolorosos pueden convertirse en adicción u odio o degenerar en insensibilidad; al final podemos perder el contacto no solo con lo que se siente, sino también con la sabiduría esencial de nuestro corazón. Como observó la mística cristiana del siglo XX Simone Weil: «El peligro no es que el alma dude de si hay pan, sino que se deje persuadir por la mentira de que no tiene hambre.»

La primera mujer con la que tuve una relación tras colgar los hábitos fue una amiga de la universidad que estaba empezando a enseñar en Harvard. Por dentro yo seguía sintiéndome como un monje que no tenía preferencias a favor ni en contra de nada, que tomaba lo que le pusieran en el cuenco de mendicante. Cuando me preguntaba qué quería para cenar o qué película me gustaría ver, le contestaba: «Lo que tú quieras, cariño; a mí me da igual». Cuando me preguntaba si me apetecía salir al campo o quedarnos en casa, le decía que por mí todo estaba bien. Eso la enloquecía. No era solo un prudente desapego espiritual, me señaló que tenía miedo de comprometerme y que estaba muy desconectado de lo que sentía, y me recordó que yo ya era así antes del monasterio. Era verdad. No sabía lo que sentía. Así que me dio un pequeño cuaderno con la sugerencia de que cada día anotara diez cosas que me gustaban o que no me gustaban, hasta que pudiera empezar a conocer mis propios sentimientos. Recuperar mis sentimientos fue un proceso largo y transformador.

Texto original en inglés. Fragmento del libro After the Ecstasy, the Laundry  (hay una traducción al español de Fernando Pardo Gella: Después del éxtasis, la colada: cómo crece la sabiduría del corazón en la vía espiritual).

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Es hora de cambiar radicalmente la forma en que educamos a nuestros tulkus || Dzongsar Jamyang Khyentse

Texto original: Dzongsar Jamyang Khyentse, “Time for Radical Change in How We Raise Our Tulkus”, publicado en Tricycle el 22 de agosto de 2016.

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La reciente declaración de Jamgon Kongtrul Rinpoché IV, en la que dice que ha renunciado a su función, suscita un montón sentimientos encontrados desde muchos ángulos.

Por una parte, como tulku de Jamyang Khyentse estrechamente ligado a Jamgon Kongtrul durante varias vidas, me preocupa el Dharma del Buda y especialmente el espíritu rimé (no sectario) que compartían nuestras supuestas encarnaciones anteriores.

Por otra parte, como seres humanos, no podemos evitar hacer comparaciones. Y así, me encuentro comparando mi generación de tulkus con la generación actual.

En mi época pasamos muchas privaciones, comimos solamente arroz y patatas durante casi un año entero, viajábamos en la India en el transporte público más barato, dormíamos en los andenes de las estaciones de tren, no teníamos más de 10 rupias en el bolsillo durante seis y siete meses, nos daban un solo lápiz para un año e incluso teníamos que compartir nuestros libros de estudio con otros 18 estudiantes. De niño solo tuve dos juguetes caseros que me hice yo mismo.

Peor aún, mi tutor me encerró en una habitación no solo unas semanas o meses, sino todo un año, por lo que incluso ir al baño se convertía en una ansiada excursión. También sufríamos habitualmente malos tratos de palabra y de obra hasta el punto de hacernos sangrar en la cabeza y azotarnos con ortigas.

No estoy justificando ni idealizando nada de esto, pero en comparación, nuestra generación actual de tulkus está completamente consentida y lo tiene muy fácil. Sin embargo, si miramos con más detenimiento veremos que estos jóvenes tulkus tienen hoy sus propios retos que, en algunos aspectos, son mucho más difíciles que los que afrontamos nosotros.

El mundo es ahora mucho más pequeño y más abierto, por lo que las expectativas son muchísimo mayores. Los tulkus que tienen cierta historia del linaje detrás son siempre el centro de atención desde todas las direcciones. Esto es así sobre todo para los tulkus a los que suben al trono a edad temprana, a quienes dan títulos como Su Santidad y para quienes tocan las trompetas cada vez que llegan.

Todo este revuelo y más se vuelve inevitablemente en contra al elevar las expectativas y someter a estos niños a una enorme presión. Una razón clave por la que siempre son el centro de atención es sencillamente que las instituciones de hoy les ponen continuamente en el centro de atención. No hay indicios de que esto vaya a ser más fácil en los años venideros.

En medio de estos enormes cambios, la decisión de Jamgon Kongtrul IV nos impulsa a reconocer y examinar algunos defectos fundamentales del modo en que se enseña y educa actualmente a los tulkus. Es este un tema muy complicado, pero hay que abordarlo, y esa es la intención de este artículo.

Por qué nuestros jóvenes tulkus necesitan formación

Una complicación clave proviene de estudiantes y discípulos que no saben equilibrar su percepción pura de estos niños. Esta podría derivar de su práctica auténtica del Dharma, unida a unos prejuicios culturales que a menudo ponen la adulación y la veneración por encima de la visión clara.

Como practicantes individuales del vajrayana, se supone que tenemos una percepción pura de nuestros maestros. Para quienes tienen la capacidad o habilidad necesaria, esa percepción pura y esa devoción no deben cambiar ni siquiera cuando cambia la forma del maestro. De hecho, he visto a grandes practicantes mirar a la joven encarnación de su maestro y, sin ninguna duda, ver con claridad a su maestro más allá de la edad, el tamaño, la apariencia o la nacionalidad concretas de la encarnación. Idealmente, esto es lo que deberían hacer los practicantes individuales.

Desde luego, esto no significa que un niño que es supuestamente la encarnación de un gran maestro no tenga ninguna responsabilidad de aprender y recibir formación. Si, en el mejor de los casos, el niño es una reencarnación excepcional y auténtica que se manifiesta como un continuo completo desde la vida anterior, entonces por supuesto que toda formación o educación es arbitraria. Pero si no es así, el niño necesita recibir formación para asumir la responsabilidad de sus propios actos.

Así pues, al mismo tiempo que los discípulos de un maestro anterior tienen una percepción pura de la nueva encarnación y cumplen sinceramente sus deberes devocionales, el propio tulku también tiene que asumir la función y la responsabilidad de la reencarnación que haya decidido ser.

La realidad de hoy es que, aunque estos chicos sean auténticos tulkus, muchos de ellos no han aprendido siquiera a limpiarse la nariz, no digamos a manifestar intactas todas las cualidades de sus encarnaciones anteriores, como la omnisciencia.

Pasar de una vida a la siguiente no es como ir de una habitación a otra. El tiempo ha introducido enormes cambios, lo que exige nuevas formas de educar si se quiere que estos tulkus manifiesten su auténtica naturaleza y sus cualidades. La adoración ciega de los estudiantes, derivada muchas veces de prejuicios culturales, nos oculta la necesidad de replantearnos la formación que necesitan realmente estos jóvenes tulkus.

De hecho, vale la pena señalar que a menudo estos tulkus no son en absoluto reencarnaciones auténticas, sino que se les pone de niños la etiqueta «tulku» con la aspiración de que les beneficie a ellos y a los demás. En estos casos, el término tulku podría no ser más que una etiqueta simbólica que sin duda no se manifestará sin la debida formación.

Sea como sea, estos jóvenes tulkus son solo unos críos que necesitan recibir formación, ser debidamente educados y recibir iniciaciones y enseñanzas, y no solo desde el punto de vista intelectual y académico. Tenemos que hacerlos seguros de sí mismos y al mismo tiempo humildes. Tenemos que hacerlos sublimes y al mismo tiempo humanos.

Y, por encima de todo, lo que es de la máxima importancia, necesitamos que se conviertan en practicantes espirituales auténticos. Al fin y al cabo, se supone que son líderes espirituales y sostenedores del linaje, no unos simples líderes políticos o jefes de aldea. Y si no son auténticos practicantes del Dharma, ¿qué esperanza hay?

Deficiencias fundamentales en la pedagogía actual

Nuestra pedagogía y la forma de educar a los tulkus no ha cambiado con los tiempos, y he de decir que los tibetanos, especialmente en los monasterios, son extraordinariamente testarudos y resistentes al cambio.

Ha habido cambios superficiales, aunque solo sea porque los profesores podrían ir hoy a la cárcel por la forma en que nos educaron a nosotros. Puede que hoy no haya golpes, y puede que haya incluso fines de semana festivos, llenos de visitas familiares y montones de juguetes, pero eso no significa que la pedagogía haya cambiado en lo fundamental o que se haya adaptado a los tiempos.

Hoy a los tulkus se les coloca sobre un trono rodeados de un séquito que a menudo está más interesado en perpetuar la institución que en educar a los próximos líderes espirituales y del linaje. Puede que toda la parafernalia consiguiente de procesiones, alfombras, brocados y tazas de jade haga que el tulku parezca exótico y especial, pero eso no significa que se le haya formado.

Quizá todo este bombo y platillo funcione a una edad temprana, porque si lo bañas y le lavas el pelo, y lo sientas sobre brocados, hasta un niño de la calle parecerá impresionante, al menos por unas horas. Si un tulku muy joven incluso sonríe en esa especie de atmósfera excelsa, los devotos lo interpretarán como una especie de señal maravillosa.

Pero esta sustitución de una formación auténtica por exhibición se convierte en un problema grave con el tiempo, pues va ejerciendo una presión insidiosa pero fuerte en el joven tulku. Al fin y al cabo, no hay mayor presión ni más severa que las expectativas ajenas.

Así, cuando cientos si no miles de ojos miran y juzgan todo lo que hacen, estos tulkus pueden terminar aislados y encerrados en uno de los lugares más solitarios y alienantes que cabe imaginar.

El énfasis erróneo en la imagen y la riqueza: una receta para la presión

El materialismo y la prosperidad crecientes del mundo han llegado de algún modo hasta nuestros monasterios e instituciones religiosas, donde muchos altos lamas y especialmente sostenedores del linaje llevan ahora un estilo de vida tan lujoso y tan aislado y apartado de las realidades ordinarias que casi podrían ser emperadores.

Puede que esto haya funcionado —y no estoy diciendo que funcionara realmente— en el Tíbet, donde se hacían pocas preguntas y donde había poco escrutinio y una enorme devoción. Pero a largo plazo, los extravagantes estilos de vida de nuevos ricos, relojes y pulseras de oro incluidos, de los lamas más altos, a quienes se supone que han de imitar los principiantes, transmiten señales gravemente erróneas.

En primer lugar y ante todo, este «modelo» no hace nada para animar a las personas a practicar el Dharma, especialmente a los monjes jóvenes que acaban de entrar en un monasterio y cuya mentalidad quizá no sea muy sofisticada. Al fin y al cabo, hay una razón por la que Sakyamuni Buda eligió aparecer descalzo y con un platillo de limosnas: porque la austeridad, la renuncia y la simplicidad que esto simbolizaba tiene un significado real.

No digo que los lamas principales de hoy deban ir todos de pronto por ahí con platillos de limosnas. Pero es muy necesario que irradien algún tipo de humildad sin pretensiones y que proyecten una imagen de vida simple.

Un buen ejemplo del cambio que hace falta es la conducta que tenemos muchos lamas en las reuniones y festivales de oración que se celebran todos los inviernos bajo el árbol bodhi en Bodhgaya. A menudo no puedo evitar preguntarme qué pensarán otros budistas, como los practicantes theravadas, de nuestros lamas, sentados en tronos que podrían incluso ser más altos que algunas de las estatuas del Buda que los rodean.

Por supuesto, el camino del tantra nos adiestra para percibir a nuestro maestro como la representación de todos los budas. Pero en lugares como Bodhgaya, donde las estatuas y los símbolos son profundamente significativos para el público en general y para todos los budistas, no hay nadie por encima del Buda. Así que Bodhgaya sería un buen lugar para que nuestros lamas empiecen a practicar la simplicidad y la humildad.

Supongo que ver a un monje o jefe de un linaje acaudalado podría impresionar a algunos nómadas tibetanos o entusiastas estudiantes chinos. Pero, de forma consciente o inconsciente, en realidad instaura el mal hábito del modelo de que un lama debe tener riquezas o rango.

Este mensaje es fundamentalmente erróneo desde una perspectiva budista básica. Al fin y al cabo, el Buda es con diferencia la persona más importante de la Tierra para los budistas. Y el acto más importante del Buda fue alcanzar el despertar tras derrotar a los maras. Ese gran acontecimiento se produjo sobre un simple cojín de hierba y hojas de bodhi, sin tronos, brocados ni ninguno de esos adornos.

En resumen, aparte de convertir sin querer a nuestros jóvenes tulkus en unos niños mimados, el énfasis actual en la riqueza y el privilegio como parte de la formación del tulku es una abominación para la pedagogía y los valores centrales del budismo.

La prisión del privilegio

Sea o no a propósito, parece que en la actualidad los monasterios encuentran y entronizan a tulkus que a menudo pertenecen, casualmente, a una familia rica o poderosa. Sean cuales sean las intenciones, hoy se sigue utilizando al tulku como atracción principal del monasterio, pues acude mucha más gente para ver a un tulku o alto lama que para ver el monasterio en sí. Esto es especialmente cierto si el nombre del tulku va precedido de «Su Santidad» o «Su Eminencia», junto con una exótica descripción de que es la reencarnación de uno de los mayores maestros del pasado.

Por cierto, que expresiones como «Su Santidad» no son siquiera budistas, sino que se han tomado prestadas directamente del cristianismo. Así que la obsesión de los lamas tibetanos con estos títulos cristianos causa auténtico asombro, y es realmente embarazoso cuando ponen «Su Santidad» delante del nombre de un niño pequeño. En el mejor de los casos, los cristianos deben de estar riéndose de nosotros, sobre todo porque el título papal de «Su Santidad» se otorga a un cardenal de entre sesenta y setenta años.

Y aun así, puesto que estos jóvenes lamas reencarnados son un patrimonio tan importante para los monasterios, hemos visto, como era de prever, una indecorosa fiebre por encontrar y entronizar a tulkus, de los que aparentemente hay más hoy que los que veíamos hace tres o cuatro décadas.

De hecho, no mucho después de la entronización y todo el consiguiente revuelo, no sorprende encontrarse con que a muchos de estos tulkus, a menudo desde una edad muy temprana, se les da algún tipo de proyecto u operación, sea salvar el medio ambiente o construir una estupa, una shedra o la estatua gigante de algún bodisatva. Es casi como si, para ser un buen lama, debe tener un proyecto.

Pero si se examinan más de cerca, estas actividades son casi siempre herramientas para generar ingresos, y sabemos lo deficiente que es el sistema tibetano en cuestiones de transparencia y buen gobierno respecto de los donativos públicos.

El encuentro de las tradiciones culturales de devoción ciega y ofrendas espléndidas del Asia oriental y del sureste asiático con el sistema tibetano feudal de los tulkus, sin controles ni salvaguardias, también ha dificultado el desarrollo de un sistema moderno de formación de los tulkus. Esos tiernos niños terminan olvidando que el dinero no crece en los árboles y no tienen ni idea del sudor y la sangre que ha costado producir las ofrendas que ahora se apilan ante ellos.

Con tanta riqueza, privilegio y adoración como premio, no es de extrañar que encontremos ahora tantos padres ansiosos de que entronicen a sus hijos como uno u otro alto lama. Poco saben ellos de todo lo que sufrirán sus hijos.

En realidad, ser un tulku encarnado es como ser encerrado en una de las prisiones más inimaginables. Ponen al niño en la situación más cómoda, con los brocados más brillantes, lo alimentan con helado y le dan juguetes, regalos y respeto. Y al mismo tiempo le impiden sistemáticamente desarrollarse como un ser humano como es debido que pueda tratar con el mundo humano.

El auténtico dolor llegará más tarde, cuando estos jóvenes tulkus crezcan, con las hormonas fuera de control, sin tener ni idea de las realidades del mundo y sintiéndose totalmente inútiles. No sabrán siquiera cómo interactuar con el mundo de las formas más básicas, no digamos cómo ser un líder. ¿Cómo va a ser ese tulku un auténtico guía espiritual para los estudiantes?

Un terreno fértil para la hipocresía

Tratar de mantener una imagen externa de privilegio y respeto mientras se está constantemente bajo el intenso foco público alimenta inevitablemente la hipocresía.

Por ejemplo, les dicen a los jóvenes tulkus que tienen que ser puros y ser monjes. Pero medir su pureza desde edad muy temprana en función de quién es célibe o no crea una enorme presión y puede ser peligroso, pues estas normas externas son en realidad un juego sin ton ni son. Al fin y al cabo, cuando trabajamos con las hormonas de las personas, no tenemos realmente mucho control.

Pero incluso según el vinaya, simplemente no es permisible imponer los votos de celibato a alguien en contra de su libre voluntad o como resultado de la presión de sus iguales o social, como ocurre con tanta frecuencia con los monjes jóvenes hoy en día. Vale la pena recordar que el propio Sakyamuni Buda se hizo renunciante por elección propia, solo después de haber estado casado y de tener un hijo.

Tan fuerte se ha hecho esta presión social con el tiempo que cuando uno de los anteriores Khamtrul Rinpochés decidió abandonar el celibato, uno de sus monjes quiso asesinarlo.

Naturalmente, no se puede negar que algunos de los jóvenes monjes presionados para el celibato a temprana edad han terminado convirtiéndose realmente en buenos monjes. Pero con mucha más frecuencia, imponer el celibato frente a la intensa presión social y el ciberentretenimiento actuales convierte a muchos de nuestro jóvenes tulkus en unos hipócritas que se ven obligados a ocultar sus «faltas».

Esta cultura de fingimiento se refuerza cuando los tulkus se dan cuenta de que sus iguales, y a veces sus superiores, también practican la hipocresía. Una pedagogía que fomenta esta hipocresía es enormemente desacertada y puede incluso producir conductas manifiestamente aberrantes.

Una pedagogía para el mundo de hoy y para el futuro

Por otra parte, también siento una auténtica empatía hacia los labrangs, los monjes y otros responsables de formar a nuestros jóvenes lamas encarnados. En general tienen buena voluntad y buenas intenciones; lo único que pasa es que no saben cómo educar a un niño en el mundo actual y simplemente no se han adaptado a las condiciones de hoy.

Más allá de lo académico, nuestros jóvenes tulkus necesitan aprender cómo hacer cola para las cosas para las que hay que hacer cola, cómo compartir lo que se debe compartir y otros elementos básicos de la decencia humana y del contrato social. Cuando se les sirve y se les ofrece todo, muchos de estos tulkus nunca aprenden siquiera el simple conocimiento humano de compartir y terminan mal preparados para vivir en el mundo. No solo necesitan formación para el liderazgo, sino un curso básico de relaciones humanas.

Tutores y cuidadores deben saber que, debido a la frustración, algunos de estos jóvenes tulkus se queman o se cortan con cuchillas, como hacen otros adolescentes problemáticos. Esta conducta nos alerta de lo peligrosa y precaria que es esta época.

Criar a un niño normal y sobre todo a un adolescente en estos días es extraordinariamente difícil, como saben todos los padres. Cuánto más difícil será educar a un niño y a un adolescente que supuestamente liderará mucho más que una finca o un linaje familiar. Pero los adiestradores de nuestros tulkus no tienen casi ningún conocimiento ni experiencia en la formación humana básica necesaria para educar a un niño en el mundo de hoy.

Lamentablemente, a los formadores de tulkus les suele preocupar mucho más cómo se comportarán y serán tratados en público estos críos, a menudo menores de tres años, que ellos como seres humanos básicos. Su preocupación constante por quién tiene el asiento más elevado y recibe un mejor trato, y por cuántos coches habrá en el convoy del tulku y cuántas personas irán al aeropuerto para recibirle ha cambiado fundamentalmente la mente de estos tulkus y no para mejor.

Vemos hoy este cambio de actitud en el creciente número de «tulkus dobles» y en las múltiples reclamaciones de diferentes aspirantes a ser la reencarnación del mismo maestro del pasado. Lo que todavía no hemos visto es a un solo tulku que diga: «Oh, no, yo no soy la encarnación correcta; la encarnación correcta es el otro lama». Antes bien, se aferran a sus títulos con tanta fuerza y tenacidad que apenas cabe considerarlo una característica «budista» encomiable.

Y vemos un perturbador cambio similar en las actitudes hacia las enseñanzas en sí. En mi época buscábamos activamente a maestros y enseñanzas, haciendo largos viajes incluso sin apenas medios de transporte. Recuerdo bien una vez que fui andando desde Gorakpur a Lumbini y luego en un tractor a Biratnagar, solo para recibir una enseñanza del Karmapa en Nepal. De algún modo los tutores de mi generación nos infundieron esa pasión y esa disposición a sacrificarse por una palabra de las preciosas enseñanzas.

Hoy podemos casi olvidarnos de que nuestros jóvenes tulkus busquen ávidamente a maestros o enseñanzas. En su lugar, tenemos que alegrarnos de verdad si expresan siquiera algún interés por una enseñanza y llaman al maestro para que vaya a verlos. En la tradición budista, este cambio de actitud hacia las enseñanzas es profundamente erróneo.

¿Cuántos se han dado cuenta, por ejemplo, de que las fotos de los jóvenes tulkus de estos días casi nunca los muestran sentados a los pies de su maestro y ofreciendo veneración, por no decir inclinándose ante ellos? Y esa imagen sería muy útil como ejemplo. Es comprensible que se coloque a un niño en un trono el día de su entronización, pero realmente es poco aconsejable seguir colocándolo en el trono desde entonces hasta la pubertad.

La mayoría de los tibetanos cree que para educar a un tulku solo hace falta tener un tutor, recibir montones de enseñanzas, memorizar montones de textos y aprender rituales. De lo que no se dan cuenta, aunque es muy fundamental y simple, es de que la mayor parte de la formación viene del entorno en el que se educa al tulku y, más críticamente, de cómo se le educa.

Obstáculos sociales y culturales para una auténtica pedagogía para formar tulkus

Por otra parte, no quiero achacar toda la responsabilidad de las deficiencias de los métodos actuales de educar a un tulku a los labrangs y monjes directamente encargados de esta formación. De hecho, cabe atribuir gran parte de la situación a unas sociedades tradicionales como la tibetana y la butanesa, que son una compleja mezcla de devoción sincera y bagaje cultural anticuado.

A menudo imagino cómo algunos de estos altos lamas deben de soñar con caminar solos y llevar su propia maleta, beber té en una tienda de chai o subir a un rickshaw. Pero su celoso séquito no les permitirá hacerlo debido a la presión tan fuerte de nuestras sociedades tradicionales para que estos lamas actúen de ciertas formas y para que los devotos los rodeen de asistentes, criados, brocados y todo tipo de signos de estatus tradicionales y modernos.

Hay incluso un refrán del Tíbet oriental con el que me regañaban cuando era pequeño que dice que los lamas deben ser como una estatua de oro, lo que significa que debemos sentarnos muy quietos, no mirar a izquierda ni a derecha y actuar más como un objeto precioso que como un ser humano. Hay otro refrán que dice que un león de las nieves debe seguir siendo un león de las nieves en las altas montañas porque si baja al llano lo confundirán con un perro.

Estos dos refranes lo dicen todo en realidad, y revelan no solo cómo se disuade activamente a los lamas de mezclarse con la gente corriente, sino también lo obsoleta que es nuestra pedagogía tradicional para educar lamas para una sociedad contemporánea.

La dura realidad es que una estatua de oro no puede ni siquiera alimentarse sola. Pertenece a un propietario que tiene el poder de venderla, o al menos de vender entradas para quienes quieran verla. Y los lamas, como el león de las nieves, no saben prácticamente nada de lo que pasa en el mundo normal. ¿Cómo pueden enseñar estos lamas la verdad del sufrimiento cuando se les protege constantemente de él y cuando el único sufrimiento que conocen es lo que se dice en los textos?

De hecho, eso es precisamente una gran parte del problema: que la pedagogía actual sigue siendo en gran medida intelectual, está alejada del mundo y es incapaz de hacer de nuestros tulkus unos auténticos practicantes del Dharma. Sí, puede que estos jóvenes tulkus reciten mantras, madruguen e incluso que hagan sadhanas, puyas y reciban la ordenación. Pero, como dijo Atisha, los auténticos practicantes del Dharma deben fundamentalmente aprender a no interesarse por la vida mundana o por esta vida en general. Para empezar, lo que eso significa es que no les importa la altura de sus tronos, el número de sus alumnos, sus títulos o la marca de sus relojes.

Atrapados en el túnel del tiempo

En resumen, la tradición tibetana actual está formando a los tulkus para exactamente lo contrario de un verdadero liderazgo. Esto no quiere decir que se nieguen los méritos del sistema tradicional, que en el pasado ha producido cierta elegancia junto con una erudición y una disciplina reales.

Pero un análisis más detallado revela una contrapartida inaceptable, pues no prepara a nuestros tulkus para funcionar en este mundo, no digamos en el mundo totalmente diferente en el que vivirán de aquí a 20 años.

Nuestro sistema de formación de tulkus permanece atrapado en algún punto de las décadas de 1930 o 1940, sin reconocer nunca que estamos en 2016, y desde luego sin preparar a nuestros jóvenes tulkus para el mundo de 2026, cuando alcancen la madurez y supuestamente asuman el liderazgo espiritual. ¿Qué estamos haciendo para preparar a nuestros tulkus para un futuro en el que Apple fabricará un chip que los tulkus podrán llevar para conectarse a la banda ancha y explorar el mundo del sexo, las drogas y el dinero?

No es de sorprender que cuando nuestros jóvenes tulkus crecen y llegan a los 20 años, se han vuelto a menudo totalmente extraños, sin ningún conocimiento del mundo, y sean sus labrangs, su personal y sus familiares cercanos quienes aparentemente dictan cada movimiento de sus vidas. El problema es peor cuando estos miembros del labrang son corruptos y dados al nepotismo, como ocurre con demasiada frecuencia.

Como resultado, el panorama que los recién llegados al budismo tibetano encuentran puede ser enormemente confuso, con unos lamas supuestamente omniscientes incapaces siquiera de controlar a sus asistentes más cercanos. Los tibetanos excusarán esa conducta abiertamente extraña diciendo que no es culpa del lama —el lama es siempre grande—, sino que el problema es su asistente o su consorte.

Pero de algún modo esto no oculta la cruda realidad de que nuestros tulkus rara vez son auténticos practicantes del Dharma y de que están en gran medida desconectados y son disfuncionales en sus propias vidas, por no decir capaces de ofrecer un auténtico liderazgo a estudiantes y discípulos. Solo puedo rezar para que su extraño comportamiento tenga algún beneficio invisible que no podemos conceptualizar los seres ordinarios como yo.

Aspiración para nuestros próximos tulkus

Y así, por todas estas razones que muestran el grave fracaso de adaptar al mundo de hoy unos métodos pedagógicos tradicionales para los tulkus, tengo que decir que personalmente no tengo ningún juicio sobre lo que está haciendo Jamgon Kongtrul Rinpoché. Aunque no le conozco directamente, he oído muchas grandes cosas sobre él y por muchas razones tengo la profunda aspiración y la esperanza de que resplandezca verdaderamente.

Por una parte, como he dicho al principio, soy supuestamente una encarnación de Khyentse, por lo que siempre es bueno tener a un Jamgon Kongtrul Rinpoché que comparta realmente ciertos valores.

A un nivel humano básico, en realidad no me importa si Jamgon Kongtrul IV quiere ser médico o no. Podría resultar algo grande y muy inspirador. Por mí como si es relojero; entre nuestros mayores maestros del pasado ha habido un fabricante de flechas, un extractor de aceite de sésamo, un agricultor, un barbero e incluso una prostituta. En comparación, ser médico suena mucho más respetable.

De hecho, la decisión de Jamgon Kongtrul podría ser un excelente antídoto para un defecto fundamental de la situación monástica budista tibetana como es convertir el budismo en sí en una profesión concebida para garantizar la supervivencia de monjes, monasterios y maestros del Dharma. Aunque esta «profesión» budista tiene sus raíces históricas en la comprensible necesidad de la supervivencia monástica, lleva a un montón de malentendidos y puede que no contribuya a la propagación en general del Dharma del Buda en esta época.

Por esta razón, también he aconsejado a mis amigos, colegas y compañeros Rinpochés una y otra vez que cuando enseñen a no tibetanos, no fomenten el uso de túnicas tibetanas ni de ninguna clase de atuendo budista. Por el contrario, ver a un practicante budista con el uniforme del ejército, con traje y corbata o con otra ropa normal transmite el mensaje de que todo el mundo puede practicar el budismo.

En el momento en que un lama impone algún tipo de atuendo especial, lo que es una costumbre muy arraigada, se excluyen inmediatamente otros y se crea una atmósfera como de secta. En mi opinión, una de las razones clave de que el número de budistas esté disminuyendo en el mundo mientras crecen otras religiones como el islam es nuestro hábito de exclusivismo introvertido.

En síntesis, la decisión de Jamgon Kongtrul de hacerse médico podría terminar siendo perfecta y servir realmente al Dharma del Buda a largo plazo. Pero lo que espero, deseo y por lo que rezo es que, sea cual sea la forma que adopte, Jamgon Kongtrul IV trabaje sinceramente por el Dharma; no solo para un linaje, sino para todos, como hizo su encarnación anterior.

 

 

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Abrir el corazón y la mente || Tsoknyi Rinpoché

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No tienes que decir nada.
No tienes que enseñar nada.
Solo tienes que ser quien eres:
una llama luminosa que brilla en la   oscuridad de la desesperación,
un ejemplo luminoso de persona capaz de cruzar puentes
abriendo el corazón y la mente.

 

Del libro Open Heart, Open Mind: Awakening the Power of Essence Love (existe una traducción al castellano de Rocío Moriones Alonso, Abre tu corazón abre tu mente, publicada por la editorial Sirio).

Texto original en inglés en el blog Just Dharma Quotes.

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Amor / Love || Ari Goldfield


Sea cual sea la prueba, el amor puede superarla.

Por intenso que sea el sentimiento, el amor es más fuerte.

Por difícil que sea de sostener, el amor puede sostenerlo.

As seen on a Sussex Directories Inc site


Whatever is the test, love can pass it.

However intense the feeling, love is stronger.

However hard it is to hold, love can hold it.

 

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Espacio para curarse || Pema Chödrön

Pema ChödrönLas cosas que se desmoronan son una clase de prueba y también una clase de curación. Creemos que lo importante es pasar la prueba o superar el problema, pero la verdad es que las cosas no se resuelven realmente. Se juntan y se desmoronan. Se juntan otra vez y se desmoronan otra vez. Es así. La curación viene de permitir que haya espacio para que ocurra todo esto: espacio para la pena, para el alivio, para el dolor, para la alegría.

De Pema Chödrön, When Things Fall Apart: Heart Advice for Difficult Times, p. 9 (el libro está traducido al español por Miguel Iribarren Berrade: Cuando todo se derrumba: palabras sabias para momentos difíciles, Gaia, 2009).

Texto original en inglés.

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Es mejor practicar

AtishaDromtönpa vio una vez a un monje haciendo circunvalaciones e intuyó que las estaba haciendo por un motivo mundano. Señaló: «Es bueno hacer circunvalaciones, pero mejor sería practicar.« Más tarde vio al mismo monje haciendo postraciones. «Las postraciones son buenas —dijo—, pero mejor sería practicar.» Pasado un tiempo, el monje empezó a hacer meditación y Dromtönpa volvió a señalar que hacer retiros era loable, pero que aún mejor sería practicar. Por fin, el monje, que para entonces estaba totalmente perplejo, preguntó qué quería decir con la palabra practicar. Dromtönpa respondió que significaba abandonar nuestra preocupación por esta vida y desarrollar amor y compasión auténticos.

Si lo que hacemos es para esta vida, es una empresa mundana, da igual lo mucho que se parezca a una práctica espiritual. Si no superamos esa preocupación, no somos auténticos practicantes. Si no superamos nuestra preocupación por el bienestar de nuestras vidas futuras, no tenemos un deseo real de libertad.

De Atisha’s Lamp for the Path to Enlightenment (La lámpara de Atisha para el camino al despertar), de Geshe Sonam Rinchen, editado y traducido [al inglés] por Ruth Sonam, páginas 30-31.

Texto original en inglés.

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