Trata a todos como al Buda | Yongey Mingyur Rinpoché

Como maestro budista, me preguntan a menudo sobre la meditación y principios budistas profundos, como la interdependencia y el vacío. Me alegra contar lo que sé sobre estos temas. Pero he observado que rara vez me preguntan sobre la ética y cómo vivir una vida virtuosa.

Es cierto que la meditación es importante en la tradición budista. Eso es indudable. Lo mismo cabe decir del estudio de las ideas y las filosofías budistas. Pero en muchos aspectos, la ética y la virtud son la base del camino budista.

El propio Buda vivió una vida de bondad, humildad y compasión. Fue la personificación plena de las enseñanzas que impartió, y la sanga que creció a su alrededor siguió su ejemplo. Hubo muchas ocasiones en las que los estudiantes se desviaron y actuaron de forma indebida —y a veces divertida—, pero estos incidentes se aprovecharon como oportunidades para aclarar valores importantes y mostrar a la comunidad cómo vivir una vida de virtud. Desde los primeros días del budismo, la conducta ética fue tan fundamental para el camino como la meditación, el estudio y la contemplación.

Hoy en día, solo me preguntan por la ética cuando surgen escándalos o controversias en comunidades budistas. A pesar de la clara importancia de la no violencia y de la compasión en la tradición budista, muchos estudiantes no están seguros de cómo abordar estas situaciones. Puedo entender por qué se sienten confundidos; hay muchos linajes y escuelas budistas, y es difícil estar al tanto de todas sus enseñanzas, prácticas y marcos éticos.

 ¿Cómo usamos estos principios para que nos orienten en cuestiones importantes como encontrar a un maestro auténtico y trabajar con las inevitables dificultades que surgen en la vida de una comunidad?

Esto es especialmente cierto en la tradición tibetana, en la que tenemos tres enfoques diferentes —que llamamos yanas o vehículos— entrelazados en un solo camino de práctica budista: el vehículo básico de la liberación individual, el vehículo mahayana de la gran compasión y el vehículo vajrayana del despertar indestructible. Esta combinación es uno de los aspectos únicos y bellos del budismo tibetano, pero no siempre hace las cosas sencillas.

La ética en el budismo tibetano

En el budismo tibetano practicamos los tres yanas juntos, y eso incluye la práctica de la ética. Permítanme que lo aclare.

El principio ético más básico en el yana de la liberación individual es la no violencia, el compromiso de evitar hacer daño a los demás a toda costa.

Cuando añadimos el mahayana, no olvidamos la no violencia, sino que damos un paso más con la práctica de la bodichita, el compromiso de ayudar a todos los seres a alcanzar el despertar completo.

Por último, el vajrayana aporta la noción de la percepción pura. Al practicar el vajrayana, seguimos firmemente enraizados en la no violencia y en la motivación altruista de la bodichita, pero adoptamos la visión del fruto. Tratamos a todos y todo como a la personificación del despertar. Nos comprometemos a vernos a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea como algo fundamentalmente puro, completo y perfecto.

Este ideal de la percepción pura se materializa en el principio del samaya, los compromisos formales que adquiere el practicante del vajrayana. Hay muchos detalles sobre el samaya, pero en pocas palabras, la esencia del samaya es practicar la percepción pura lo mejor que podamos.

Mucha gente no entiende el samaya y cree que se refiere solo a ver al maestro como a un buda, un ser totalmente despierto. Eso es parte del samaya, pero falta el aspecto principal. El samaya es ver a todos y todo a través de la lente de la percepción pura. El único fin de ver al maestro como a un buda es poder ver esas mismas cualidades despiertas en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que nos rodea. Es una herramienta que nos ayuda a adquirir confianza en la pureza de nuestra verdadera naturaleza.

La práctica del vajrayana está enraizada en los ideales de la no violencia y la gran compasión. No hay vajrayana sin ellos. Entonces, ¿cómo usamos estos principios para que nos orienten en cuestiones importantes como encontrar a un maestro auténtico y trabajar con las inevitables dificultades que surgen en la vida de una comunidad?

El sentido de la práctica

Lo primero que quiero señalar es probablemente algo evidente. Nuestra práctica debe sacar a la luz lo mejor de nosotros como seres humanos. Debería sacar nuestra sabiduría interior, nuestra cordura básica y la brújula moral que todos tenemos (le prestemos atención o no).

La forma más básica de medir nuestra práctica, por tanto, es el grado en que nos acercamos a los ideales sencillos de la bondad, la humildad, la sinceridad y la sabiduría. Si —como personas o como comunidades— nos encontramos yendo en la otra dirección, algo va mal. Ninguno de nosotros actuará perfectamente en todas las situaciones, pero con el tiempo debería haber un claro movimiento hacia estos valores humanos básicos y universales.

Esto es especialmente aplicable a los maestros espirituales. Los maestros budistas son ejemplos y guías de las comunidades que dirigen, y representan a la tradición budista ante el mundo no budista. Si, como estudiantes de las enseñanzas del Buda, nos esforzamos en ser buenos, humildes y entregados a la práctica, es lógico que nuestros guías deban personificar estas cualidades. Deberían inspirarnos con su bondad y su devoción. Deberían infundir confianza por el cuidado y el interés que muestran hacia los demás. Por supuesto, no deberíamos esperar la perfección, pero debería darse por supuesto que quienes guían a otros practiquen lo que predican.

Encontrar a un maestro auténtico

Cuando se trata de encontrar a un maestro auténtico, hay cuatro cosas especialmente importantes.

La primera es que el maestro debe pertenecer a un linaje auténtico. Los maestros auténticos no se promocionan: promocionan su linaje. Si un maestro presume de sus cualidades y de su realización, y alardea de su práctica, probablemente eso indica que algo no va bien. Pero si un maestro ha estudiado y practicado bajo la orientación de otros maestros respetados, y honra a su linaje manteniendo sus valores y tradiciones, eso es buena señal. El linaje por sí solo no hace auténtico a un maestro, pero es importante.

Un maestro auténtico es digno de confianza y pone en primer lugar las necesidades del alumno.

La segunda cualidad que hay que buscar es el compromiso con el estudio y la práctica. Esto es bastante obvio. No irías a clases de piano de alguien que no sea un buen pianista, ¿verdad? Por supuesto que no. Lo mismo es aplicable aquí. Si confías tu bienestar espiritual  a alguien, deberías estar seguro de que esa persona conoce el camino de primera mano. Y para ello debe tener un compromiso claro con su propia práctica y su propia formación.

La tercera cualidad esencial es la compasión. Como estudiantes, necesitamos confiar en que nuestro maestro está de nuestro lado: que lleva en el corazón nuestro máximo beneficio y que le importamos profundamente nosotros y nuestro progreso en el camino.

La confianza es aquí fundamental. Un maestro auténtico es digno de confianza y pone en primer lugar las necesidades del alumno. La señal de que un maestro tiene esta cualidad es que los alumnos se sienten a salvo y protegidos bajo su cuidado. Saben que, no importa lo que pase en su vida, su maestro siempre estará allí para guiarlos y apoyarlos.

La cuarta y última cualidad es la que tiene relación más directa con la ética. Un maestro auténtico debe mantener sus votos y preceptos. En la tradición tibetana, eso significa que mantiene los votos monásticos o laicos que haya tomado, respeta los votos de bodisatva del mahayana y guarda los votos del samaya del vajrayana.

Esto no es tarea fácil, pero es muy importante. Esta cualidad abarca muchísimos detalles, y como estudiantes no siempre sabemos los votos que tiene exactamente una persona. Pero podemos indagar y ver si hay dudas sobre la conducta de un maestro. Ese es un buen punto de partida.

Hoy en día no es fácil encontrar a un maestro perfecto. La época del Buda, cuando la gente parecía despertar presentándose sin más, hace mucho que pasó. Puede que no encontremos a un maestro que personifique a la perfección estas cuatro cualidades, pero debería tenerlas todas hasta cierto punto. Si un maestro carece totalmente de una o de varias de estas cualidades, probablemente lo mejor sea marcharse.

Dejar a un maestro

Estas cuatro cualidades son una guía general que seguir cuando se busca a un maestro. Pero incluso cuando hacemos todo lo posible para investigar primero a un maestro, a menudo solo llegamos a conocerlo después de convertirnos en alumnos suyos. En el mundo moderno, la mayoría no tenemos un monasterio o un experto en budismo en la esquina; no conocemos siempre todos los detalles sobre un maestro ni tenemos siquiera a quien preguntar. Entonces, ¿qué hacemos cuando descubrimos que un maestro no es exactamente lo que esperábamos?

Muchos estudiantes de budismo tibetano creen erróneamente que no pueden o no deben dejar a un maestro una vez que han adquirido un compromiso con él. Esto no es así. La razón de ser de la relación entre maestro y alumno es beneficiar al alumno. No es la ganancia o el provecho del maestro. Si después de haberlo intentado por todos los medios ves que no encajáis, puedes buscar otro maestro. Esto no es un problema ni un fracaso personal. Es tener buen criterio.

La mejor forma de marcharse es hacerlo sin hablar mal del maestro ni crear dificultades para quienes podrían beneficiarse de este y de la comunidad. Vete de forma amistosa o, como mínimo, no te vayas de malos modos. Márchate sin más, con humildad, y no te sientas mal por el hecho de que no funcionara.

La salvedad que añadiría aquí es que es importante ser sincero consigo mismo. Dejar a un maestro o una comunidad con los que no encajas es comprensible, pero si ves que ningún maestro merece tu tiempo, puede que quieras analizar con más detenimiento tus propios patrones para ver qué está pasando. Podría ser difícil avanzar en el camino si buscas la perfección.

Faltas graves de ética

Sin embargo, otra cosa muy diferente es cuando un maestro comete faltas graves de ética. Dejar a un maestro de forma amistosa tiene sentido cuando no se trata más que de una cuestión de encaje entre maestro y alumno. Cuando se está haciendo daño a personas o se están infringiendo leyes, la situación es diferente.

Si se está haciendo daño a alguien, la seguridad de la víctima es lo primero. Esto no es un principio budista. Esto es un valor humano básico y nunca debería violarse.

En ese caso, hay que abordar la violación de las normas éticas. Si ha habido malos tratos o abusos sexuales o hay irregularidades financieras u otras faltas de ética, el mejor interés de los estudiantes, la comunidad y, en última instancia, el maestro, es abordar los problemas. Por encima de todo, si se está haciendo daño a alguien, la seguridad de la víctima es lo primero. Esto no es un principio budista. Esto es un valor humano básico y nunca debería violarse.

La respuesta adecuada depende de la situación. En algunos casos, si un maestro ha actuado de forma impropia o dañina, pero reconoce el mal y se compromete a evitarlo en el futuro, puede que lo adecuado sea abordar el asunto de forma interna. Pero si hay un patrón prolongado de faltas de ética o si el abuso es extremo o si el maestro no está dispuesto a asumir la responsabilidad, lo adecuado es sacar a la luz la conducta.

En estas circunstancias, no es una vulneración del samaya sacar a la luz una información dolorosa. Mencionar conductas destructivas es un paso necesario para proteger a quienes están sufriendo daño o corren peligro de sufrirlo en el futuro, y para salvaguardar la salud de la comunidad.

Sabiduría loca

La tradición del vajrayana tiene una historia de yoguis y yoguinis y maestros excéntricos que usaron métodos extremos para guiar a sus alumnos. La historia de Marpa que pidió a Milarepa construir y desmantelar después una serie de torres de piedra es quizá el ejemplo más famoso. Esta tradición de «sabiduría loca» puede ser auténtica, pero desgraciadamente se invoca a menudo como una racionalización de una conducta poco ética que no tiene nada que ver con la sabiduría o la compasión.

Lo más importante que hay que saber sobre estos estilos de enseñanza poco habituales es que su intención es beneficiar al alumno. Si no están enraizados en la compasión y la sabiduría, no son auténticos. Las acciones enraizadas en la compasión y la sabiduría —incluso cuando parecen singulares, excéntricas o incluso airadas— no infunden miedo o ansiedad. Propician un florecimiento de la compasión y la sabiduría en el alumno.

Debemos distinguir a los maestros excéntricos o provocadores —pero compasivos y hábiles en última instancia— de quienes en realidad están haciendo daño a los alumnos y causando traumas.

Dicho de otro modo, los resultados de una «sabiduría loca» auténtica son siempre positivos y visibles. Cuando un maestro usa un método extremo enraizado en la compasión, el resultado es el crecimiento espiritual, no un trauma. El trauma es una señal segura de que la conducta de «sabiduría loca» carecía de la sabiduría de ver lo que beneficiaría realmente al alumno, de la compasión que pone en primer lugar el interés del alumno o de ambas.

También vale la pena señalar que estos estilos de enseñanza extremos que vemos en la historia del vajrayana se dieron en el contexto de un lazo espiritual muy maduro entre maestro y alumno. No eran en absoluto habituales. Marpa no hizo que todos sus alumnos construyeran torres de piedra. De hecho, trató al resto de sus alumnos de forma muy diferente a como trató a Milarepa. Pero vio el potencial de este y el método que más le beneficiaría. El resto es historia. Milarepa despertó y se convirtió en uno de los maestros más importantes del Tíbet.

No solo se utilizan estos métodos de enseñanza extremos únicamente con alumnos muy maduros y en el contexto de una relación de confianza y devoción estables, sino que también son un último recurso. Se dice que hay cuatro tipos de actividad despierta: pacífica, magnetizadora, enriquecedora y airada. La actividad airada solo se utiliza para quienes no son receptivos a métodos más sutiles. Así que, de nuevo, este estilo no es una norma, sino algo que solo se utiliza en ciertas circunstancias.

Por tanto, debemos distinguir a los maestros excéntricos o provocadores —pero compasivos y hábiles en última instancia— de quienes en realidad están haciendo daño a los alumnos y causando traumas. Son dos cosas muy diferentes y es importante no mezclarlas. Hay muchos maestros que presionan y provocan a los alumnos para ayudarlos a que aprendan sobre su mente, pero eso no es abuso. Los abusos físicos, sexuales y psicológicos no son herramientas educativas.

El vajrayana en el mundo moderno

Ahora que el mundo está tan interconectado, la ética es más importante que nunca. En cierto sentido, todos los practicantes budistas representamos las enseñanzas del Buda ante el mundo. Cualquiera puede saber de este maestro o de esa sanga con unos clics de ratón y una búsqueda rápida en Google. Esto es bueno, porque hace que toda la tradición sea más transparente. La conducta ética —y las faltas de ética— son más visibles que en épocas anteriores.

No hace falta decir que cuando se espera que las escuelas, las empresas y otras instituciones respeten un código de conducta y las leyes nacionales, las organizaciones espirituales deben ser ejemplo de conducta ética. Y más aún los maestros. A lo largo de la historia, una de las funciones más importantes de los maestros budistas y de la sanga budista era precisamente esta. Eran un ejemplo de conducta ética para las comunidades a las que servían.

Los tibetanos consideran el budismo vajrayana un tesoro precioso. Es nuestro legado espiritual y nuestro regalo al mundo. Ahora que las enseñanzas y prácticas de esta tradición se difunden en todo el mundo, es importante que comprendamos la tradición y cómo trabajar con estas poderosas enseñanzas.

Como he dicho, la base de la tradición vajrayana es que nos esforzamos por incorporar la percepción pura. Vemos nuestros pensamientos y emociones —incluso los difíciles— como manifestaciones de la consciencia atemporal. Vemos a todas las personas como a un buda y las tratamos como tales. Vemos el mundo en el que vivimos como un ámbito puro, despierto tal como es.

Esta tradición de tratar todo y a todos como si nos encontrásemos cara a cara con el Buda es nuestra práctica principal en el vajrayana. Es la savia vital de nuestra tradición y la norma ética más elevada a la que podríamos aspirar. Hoy en día, rodeados como estamos de confusión y conflictos, el mundo necesita esto más que nunca.

 

Texto original en inglés: Treat Everyone as the Buddha, publicado el 9 de agosto de 2017.

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