Nuestros maestros no son dioses | Rob Preece

En 1973 me vi sentado ante un colorido trono cubierto de brocado, en una sala de meditación de un pequeño monasterio budista tibetano cerca de Katmandú (Nepal). Estaba entre un gran grupo de jóvenes occidentales que esperaba con cierta emoción la entrada de un lama tibetano. La expectación electrificaba el ambiente. Después de unos minutos hubo un susurro: «el lama está aquí»; todos nos pusimos de pie y la mayoría se inclinó con respeto mientras un hombre relativamente joven entraba en la sala, hacía postraciones y subía al trono. Cuando empezó a hablar, me encontré inmediatamente cautivado por su presencia y su humor lúdico. Este hombre iba a convertirse en un centro esencial de mi vida espiritual a partir de ese momento. Se convirtió en mi gurú.

Como muchos occidentales de aquella época, estaba un tanto perdido espiritualmente y muy herido emocionalmente. Habría dado casi cualquier cosa por encontrar a alguien que me guiara y diera a mi vida un sentido y una orientación. Creí y confié en que lo haría este lama tibetano. Además, deseaba realmente ser visto para poder reafirmar mi valía y mi naturaleza. Parte de esta relación con mi gurú era, por tanto, una enorme inversión emocional. Mi devoción se parecía a un enamoramiento, y tenía una visión muy idealista de lo especial que era el lama. Me recuerdo sentado con otros estudiantes, hablando en un especie de bruma romántica de todas las cualidades que sentíamos que personificaba.

Cuando aplico un enfoque psicológico jungiano a esta relación, veo que en el fondo era una proyección gigantesca. Eso no quiere decir que el lama no fuera extraordinario, pero lo extraordinario era el anzuelo para mi proyección. Jung veía que tendemos a proyectar en otra persona aquello de lo que no somos conscientes en nosotros mismos. En el caso de alguien que se convierte en nuestro gurú, proyectamos una imagen de nuestro «Yo superior» en una persona que puede actuar como portadora de esa cualidad inconsciente. Cuando esto empieza a pasar, es como si nos sintiéramos cautivados o embelesados por esta proyección. En el caso de la proyección del Yo en un maestro, entregamos algo muy poderoso en nuestra naturaleza y después renunciaremos a menudo a nuestra propia voluntad para ser guiados.

Lo que hacía más problemática esta experiencia era que, como muchos de mis compañeros, lo que había proyectado no era solo el «maestro interior»; también le había conferido la cualidad del padre ideal que tanto necesitaba. Al hacerlo estaba entregando otros aspectos significativos de mi poder: mi propia voluntad y mi propia autoridad y la sabiduría que distingue.

Al mirar atrás veo que me quedaba mucho por crecer. Mi deseo de idealizar al maestro externo estaba de hecho respaldado por las enseñanzas que recibía sobre la devoción al gurú, que decían expresamente que debíamos tratar de ver al gurú como si fuera el Buda y que aquel (o, en ocasiones, aquella) era esencialmente perfecto. Mi idealismo no solo me cegaba a  la falibilidad humana de mi maestro, sino que era reforzado por  las enseñanzas. Incluso me transmitieron el mensaje de que ver defectos en el gurú o criticarlo desembocaría en un sufrimiento espantoso. En retrospectiva veo que estaba atado dentro de un sistema de creencias que funcionaba como una potente trampa mediante el uso de razonamientos muy hábiles.

El peligro de la devoción idealizada e indiscriminada al maestro es que confiamos en que éste ocupe un lugar de total integridad y no tenga prioridades personales. Me siento afortunado porque con la mayoría de mis propios maestros esto ha sido realmente así. Pero ¿qué pasa cuando empezamos a descubrir que el maestro es un ser humano con problemas, defectos y necesidades? ¿Rechazamos sin más esa idea y pensamos que es nuestro propio error o su loca sabiduría, porque, al fin y al cabo, es el Buda?

En los cuarenta años que llevo en el mundo del budismo ha quedado muy claro que aunque hay algunos maestros extraordinarios dotados de una gran integridad, rara vez, por no decir nunca, son intachables. Quizá tengan un entendimiento profundo extraordinario, pero también cometen errores y a veces se comportan mal. Como psicoterapeuta yo iría más allá y sugeriría incluso que algunos tienen realmente problemas psicológicos importantes. Es posible que un maestro posea un entendimiento profundo y que al mismo tiempo tenga dificultades con la estabilidad de su identidad personal en el mundo. La condición sublime, casi divina, de ciertos maestros, como los lamas reencarnados, y el modo en que se los educa, puede convertirlos en personas egocéntricas o narcisistas. A veces esto puede llevar a la intimidación e incluso a una conducta cruel y abusiva con los alumnos. A nadie sirve entonces ignorar sin más esta conducta o ir a una especie de negación ingenua que dice: «son mis velos, el maestro es perfecto».

Esta dinámica puede desembocar en una especie de intoxicación masoquista con la conducta abusiva de un maestro que el devoto justifica porque todo forma parte de su camino. A veces me impacta oír a alumnos que dicen que la forma crítica e intimidatoria en la que son tratados es una parte necesaria de la destrucción del ego. Con mucha frecuencia lo que esto refleja es el narcisismo del maestro y no una especie de medio hábil iluminado.

El Dalai Lama escribió hace poco en su libro La Búsqueda del Despertar del Tercer Dalai Lama:

El problema con la práctica de considerar perfecto todo lo que hace el maestro es que se convierte con mucha facilidad en un veneno tanto para el maestro como para el discípulo. Por tanto, cuando enseño esta práctica siempre defiendo que no se subraye la tradición de «considerar perfectas todas las acciones». Si el maestro manifiesta cualidades no dhármicas o da enseñanzas contrarias al Dharma, la instrucción de considerar perfecto al maestro espiritual debe ceder el paso a la razón y a la sabiduría del Dharma. Podría yo pensar: «Todos me ven como un Buda y por tanto aceptarán cualquier cosa que les diga.» Un exceso de fe y de pureza de percepción atribuida puede corromper las cosas con facilidad.

Lo triste es que la devoción incondicional hacia los maestros ha hecho a veces que se corrompan las cosas. Aunque cabe esperar que la mayoría de los maestros orientales y occidentales sean auténticos en su integridad, hay unos cuantos que no se comportan con habilidad y sus alumnos están muy expuestos a sufrir abusos y a que se aprovechen de ellos. Por tanto, es necesario que despertemos y no caigamos hechizados por unos maestros carismáticos y por nuestra propia necesidad de idealizar. En nuestra devoción hacia un maestro podemos sentir un respeto, un aprecio y, de hecho, un amor fuertes, pero no de un modo que nos ciegue ante la falibilidad humana. Tenemos que conservar el discernimiento que reconoce y afronta la situación cuando las cosas no sean aceptables o beneficiosas. Si esto significa cierta decepción, que así sea. Por lo menos terminaremos teniendo una relación más realista y auténtica. Cito de nuevo el Dalai Lama: «Un exceso de deferencia malcría de hecho al gurú».

Posiblemente la cuestión más crítica que surge en la relación con el maestro es la pérdida potencial de unos límites apropiados. Para que una relación entre maestro y alumno sea sana psicológica y emocionalmente, tienen que estar claros los límites éticos. En mi trabajo como psicoterapeuta y mentor he visto que los estudiantes que se han encontrado con unos límites confusos o amplios del maestro sufren enormemente. Y dado que existe el tabú de criticar al maestro, los estudiantes podrían encontrarse con que no tienen a nadie en su comunidad con quien hablar de ello. También podrían encontrarse con que en realidad su comunidad no quiere saber. Al final, se traiciona el propio corazón de la espiritualidad del estudiante.

Nuestros maestros tienen que mantener unos límites claros alrededor de su conducta emocional y física para que ésta no perjudique a los alumnos.  En algunos casos, puede que los maestros orientales no comprendan del todo lo que esto significa en Occidente. Los límites eran a menudo implícitos en el mundo en el que vivían, en el monasterio o en la cultura tailandesa, japonesa o tibetana. Cuando se trasladan a Occidente, tener unos límites claros depende totalmente de su propia integridad. Lo triste es que a veces no existe esta integridad  y los maestros —tanto orientales como occidentales— pueden hacer lo que les viene en gana creando su propia cultura con unos límites arbitrarios o inexistentes. Esta cultura puede llegar a ser algo parecido a una familia disfuncional en la que el maestro se convierte en el padre o madre todopoderoso cuyas necesidades y deseos son supremos.

¿Quién puede entonces proporcionar el entorno seguro y de confianza en el que los alumnos puedan practicar y crecer?

En el curso de los años he tenido el privilegio de recibir enseñanzas de algunos lamas tibetanos extraordinarios y de practicar lo que me han dado. Son los sostenedores de uno de los caminos a la sabiduría más profundos que han existido. Han traído esto a Occidente con la esperanza de que nos beneficiemos de sus conocimientos y encontremos nuestra propia experiencia. Sin embargo, también he llegado a darme cuenta de que debemos empezar a crecer y asumir una mayor responsabilidad respecto de nuestro papel en la integración del budismo en Occidente. Esto incluye asumir una mayor responsabilidad en nuestra relación con nuestros maestros.

Podemos depositar nuestra confianza en los maestros y expresar nuestra devoción, pero si las cosas se tuercen, somos nosotros, como alumnos, quienes tenemos que asumir la responsabilidad de nuestra respuesta. Si nuestros maestros cometen errores, somos nosotros quienes debemos abordarlos e incluso cuestionarlos cuando sea necesario. Si los maestros no mantienen unos límites apropiados en su relación con los alumnos, son los alumnos quienes han de mantener la base ética cuando no lo hacen los maestros.

Nuestros maestros nos necesitan a nosotros tanto como nosotros a ellos. Necesitan que seamos sinceros, rectos y reales con ellos, no cegados por una neblina de idealismo deferente. Entonces podrán ser personas reales con sus propios problemas y dificultades, pero también con mucha sabiduría que ofrecer. Si podemos avanzar hábilmente con esto, entonces las tradiciones budistas tendrán una oportunidad de florecer realmente en Occidente con integridad. Podemos ofrecer respeto e incluso devoción a nuestros maestros, pero con una capacidad real de discernimiento y con responsabilidad personal.

 

Texto original del artículo en inglés: Our Teachers Are Not Gods (publicado en Lion’s Roar el 20 de julio de 2017). Una versión algo más extensa del artículo se publicó originalmente en 2012 con el título de Devotion with Discernment – A question of personal responsibility (Devoción con discernimiento. Una cuestión de responsabilidad personal); pueden encontrarlo en el sitio web del autor.

Rob Preece es un veterano practicante budista y psicoterapeuta, autor de The Psychology of Buddhist Tantra y de The Wisdom of Imperfection.

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