¡Disfruta de tu vida! || Ari Goldfield y Rose Taylor

roseandari-250x176A veces parece que estamos simplemente destinados a estar con el alma en vilo. Los científicos evolucionistas observan que los seres humanos empezaron en un estado de alerta máxima, siempre vigilantes en busca de depredadores peligrosos. Los psicólogos del desarrollo hablan de sentimientos persistentes de autocrítica y de ineptitud por haber sido criados por unos cuidadores poco atentos, ansiosos o incluso maltratadores.

El Buda también habló de la lucha para encontrar seguridad en una vida en la que estamos fundamentalmente indefensos y de cómo esto puede ser una fuente constante de miedo y desasosiego. Pero también enseñó que es posible una vida alegre.

La alegría se puede cultivar; se puede experimentar. Podemos desarrollar el hábito de la felicidad. Podemos profundizar en nuestra experiencia visceral de bienestar, bondad y aprecio de nuestro mundo y de nosotros mismos. En las palabras del gran maestro budista tailandés Ajahn Chah, podemos ofrecernos «unas vacaciones para el corazón».

Una forma de ofrecer a nuestro corazón unas vacaciones tan necesarias es conectar con la experiencia del amor, por ejemplo, pensando en nuestros seres queridos: aquellos a los que amamos y aquellos que nos aman. Para ello es útil tener una colección de nuestras fotos favoritas de nuestros seres queridos que podamos mirar de vez en cuando.

Esto tiene un impacto potente, incluso en nuestro cuerpo. Las mujeres que están amamantando, por ejemplo, dicen que es más fácil y más productivo extraerse la leche cuando miran una foto de su bebé y se abren internamente a esa conexión. Así que cuando miréis la foto de alguien o simplemente recordéis a esa persona, no dejéis que sea un mero pensamiento. Daos el tiempo y el espacio para experimentar cómo sentís ese amor en el cuerpo. Esa es la clave para experimentar la alegría del amor, fuerte y cálida.

Retiro Wisdom Sun Madrid 2016También podemos ofrecer unas vacaciones de relajación y descanso a todas las células de nuestro cuerpo sintiendo nuestro ser corpóreo que respira. El centro de nuestro ser físico y energético, que a veces se llama hara o punto de origen, está justo debajo del ombligo, en el centro del cuerpo. Al inspirar llevando todo el aire al vientre, dejamos que toda la tensión que tengamos en el cuerpo se rinda a la gravedad.

Más sencillo aún: sentimos las sensaciones físicas en las partes del cuerpo que tocan la silla, el asiento y el suelo. Cuando dejamos que la atención se acomode de esta forma, nos asentamos en nuestro hogar somático. Estamos anclados y centrados; sentimos la mente y la energía unidas en vez de dispersas.

Una vez centrados en el cuerpo de este modo, podemos dejar que nuestra consciencia se despliegue por todo el cuerpo, desde el vientre hasta el tronco, hasta las extremidades, los dedos de los pies y las puntas de los dedos de las manos, hasta el pecho, los hombros y la coronilla. Sentimos la integridad de nuestro cuerpo.

Para experimentar profundamente la alegría y la exaltación de nuestra experiencia humana, conectamos con nuestro corazón y recordamos nuestra bondad básica. Nuestro valor, nuestra dignidad y nuestra bondad esenciales como seres humanos son invulnerables. Recordando esto, inspiramos llevando el aire al corazón y sentimos calidez, una aceptación amorosa que irradia a todo el cuerpo. Estamos bien tal como somos y no tenemos que demostrar ni conseguir nada para estar bien. Relajarnos en este contento con nuestro ser más fundamental y profundo produce la alegría más fundamental y satisfactoria.

Los textos budistas describen cómo lo que vemos, los sonidos, los olores, los sabores y las sensaciones físicas de nuestra experiencia cotidiana están llenos de cualidades que pueden nutrirnos y fortalecernos. Para disfrutar de ellos, conectamos con la percepción pura de los objetos de nuestros sentidos que ocurre naturalmente todo el tiempo. Aquí os ofrecemos una práctica budista tibetana que os ayudará a conectar con la viveza y la riqueza de esta percepción sensorial pura:

  1. Haced una pausa. Podéis poneros una alarma para iniciar esta pausa o quizá sea la pausa la que llegue hasta vosotros. Haced un breve descanso de vuestros pensamientos, creando así una apertura para que ocurra otra cosa.
  2. Notad. En este hueco entre pensamientos, algo captará la atención de vuestros sentidos: un objeto visual o incluso un olor o un sonido. Un objeto visual suele ser lo más fácil para empezar, pero podéis practicar con cualquier objeto sensorial: visión, sonido, olor, sabor o sensación táctil. Simplemente notad la percepción sensorial que llame vuestra atención.
  3. Abrid vuestra consciencia a esa percepción. Al mismo tiempo que dejáis que se relaje la mente que piensa, aunque sea un momento, conectad con el modo en que vuestra facultad sensorial percibe naturalmente su objeto de una forma pura. No lo nombra, no lo juzga ni lo compara con otra cosa. Sentid el impacto que tiene esta percepción pura; puede que os haga sentiros cálidos, estremecidos, vivos, sólidos. Dejad que la respuesta se extienda por todo el cuerpo.
  4. Soltad. Relajaos, soltad la experiencia y continuad con vuestras cosas.

Si hacéis esta breve práctica con regularidad, empezaréis a experimentar cómo cada una de vuestras experiencias sensoriales, lejos de ser mundana, repetitiva o aburrida, es en realidad indescriptiblemente única e incluso placentera. Experimentad cómo la bondad básica de las percepciones sensoriales aporta alegría a vuestra vida.

 

Ari Goldfield y Rose Taylor Goldfield, “Enjoy your Life!”, Lion’s Roar, julio de 2016, pp. 22-23.

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