El amor está en todas partes || Ari Goldfield y Rose Taylor Goldfield

roseandari-250x176Esta es la única forma de amar de verdad: estar despierto y presente ante lo que es.

Una de nuestras muchas funciones en el mundo es la de ministros budistas, y como tales tuvimos el honor y el enorme placer de oficiar, el pasado mes de diciembre, en la boda de la acharya Emily Bower (maestra superior de la tradición budista de Shambhala) y el doctor Peter Alan Robert (reputado traductor de tibetano y compatriota de Rose).

El día de la boda empezó con ofrendas de los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire) y unas palabras sobre el apoyo a las relaciones y la interconexión, y terminó con las dos familias recién emparentadas mostrando sus movimientos característicos en la pista de baile, a los que nos unimos con entusiasmo.

Este acto conmovedor e inspirador, junto con la proximidad del mes de San Valentín nos hizo dar vueltas a los temas del amor y las relaciones. Un libro fascinante al respecto es Can Love Last? (¿Puede durar el amor?) de Stephen Mitchell.

Uno de los aspectos principales que analiza Can Love Last? es la tendencia de las parejas a aburrirse, perder el interés o desconectarse en las relaciones de larga duración. Esto puede llevar a concluir que es imposible que el amor y el deseo duren (de ahí el título del libro), aunque no presupone que todas las relaciones tengan que durar: cada relación merece el respeto de su singularidad, lo que hace que esté por encima de cualquier lugar común y generalidad que intente definirla.

Al mismo tiempo, Mitchell señala que la «habituación que a menudo, quizá normalmente, apaga el amor romántico no es intrínseca a la naturaleza del amor en sí, sino una degradación protectora, una defensa» frente a la «vulnerabilidad» de cada miembro de la pareja, vulnerabilidad que es «inherente al amor romántico».

Una vez que hemos encontrado a alguien a quien amar, intentamos que la situación sea segura y duradera. Desarrollamos acuerdos explícitos y sutiles con nuestra pareja sobre cómo esperamos que nos trate y cómo vamos a tratarla. Construir nuestra relación y nuestra vida romántica de esta forma consciente apoya los cimientos de la relación y la fortalece.

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Para amar tenemos que sentir cierto grado de seguridad.

Los problemas aparecen, sin embargo, cuando nuestro anhelo de seguridad se convierte en un proceso de solidificación que se infiltra en la otra persona y en todos los aspectos de nuestra relación. A veces asumimos que nuestra pareja estará siempre para nosotros y que nunca cambiará ni será distinta de la persona que creemos que es. Hemos dedicado tanto tiempo a conocer a esa persona que empezamos a predecir sus respuestas y sentimientos sobre todo tipo de cosas. Así, dejamos de sentir curiosidad por ella y nos aburrimos. Poco a poco aprendemos a relacionarnos con nuestras ideas sobre nuestra pareja y no con su realidad viva, latiente, fluida, cambiante y vibrante.

Esto refleja lo que, según el budismo, es nuestra tendencia equivocada de intentar convertir el mundo en un lugar que no es.

Intentamos congelar nuestra experiencia en entidades manejables, predecibles. Nuestros conceptos definen nuestra realidad, a nosotros mismos y los objetos de nuestro mundo, y también si decidimos que nos gustan, no nos gustan o nos son indiferentes. Entonces sentimos que el mundo es conocible y seguro, y entendemos cómo reaccionar ante todas estas personas y objetos, en cada situación.

Por desgracia, esta táctica tiene también consecuencias no deseadas. No nos hace sentirnos realmente seguros y nos separa de nuestros seres queridos y del mundo. Cuando nos relacionamos con nuestras ideas del mundo en lugar de con el mundo fluido, siempre cambiante, que está allí, nos sentimos desconectados, en desarmonía con el mundo, y cuando la verdadera naturaleza del mundo llega a penetrar en nuestra burbuja segura, el impacto es fuerte.

En la película Los descendientes se muestran muchas de las características habituales de las relaciones de larga duración. George Clooney interpreta a un hombre cuya esposa está en coma. También se entera de que estaba teniendo una aventura y de que iba a pedirle el divorcio. Resulta evidente que han ido distanciándose con el tiempo y que ella empezó a buscar satisfacción en deportes peligrosos y en una aventura amorosa. De pronto, él se da cuenta de que su esposa no era quien él creía que era y de que no tenía ni idea de lo que sentía o hacía. Su obsesión por el trabajo había nublado su apreciación de lo preciosa y frágil que es la vida. De algún modo siempre esperamos vivir más tiempo con nuestra pareja, pero en algún momento ese tiempo se va a acabar. Si no hemos acostumbrado a nuestra mente a la transitoriedad, tendremos la sensación de haber perdido oportunidades.

La comprensión de la transitoriedad puede ser una gran ayuda en una relación a largo plazo. Richard Freeman habla de desarrollar una relación con la transitoriedad en su libro The Mirror of Yoga (El espejo del yoga):

Empieza con la conciencia de que no sólo nuestro cuerpo es un suceso sumamente temporal, sino que también lo son los cuerpos de todos los demás seres, y que más allá de eso, todos los tipos de manifestaciones son asimismo temporales. Naturalmente, puede que tengamos miedo a dejar que nuestra mente se disuelva en el hecho obvio de que no solo vamos a morir nosotros, sino que van a morir nuestros hijos, como los hijos de nuestros hijos. Todos nos enfrentamos al hecho de que nuestros padres van a morir o ya han muerto, como sus padres y sus antepasados antes que ellos; todos los seres, del pasado y del futuro sin final, van a morir.

Y después, no solo son temporales estos cuerpos, los nuestros y los de los demás, sino que cada momento es fugaz e inasible. Al principio, esto puede parecer bastante deprimente, pero con una reflexión más profunda, podemos encontrarla inspiradora. Cuando comprendemos la transitoriedad, entramos en la naturaleza fluida de la realidad de un modo profundo y aun así palpable. Vemos lo precioso de cada momento fugaz y de cada vida pasajera. Cuando vemos lo precioso en la vida, nos damos cuenta de que todo merece nuestra atención. Empezamos a sentir curiosidad por nuestra vida: ¿Qué hay aquí en este momento? ¿Quién soy yo en este momento? ¿Quién eres tú en este momento? ¿Quién quiero ser en este momento? Esto nos abre a la riqueza y a la posibilidad de cada momento de un modo que se puede experimentar directamente.

Esta es la única forma de amar de verdad: estar despiertos y presentes ante lo que es.

Como dice el gran maestro tibetano Chögyam Trungpa Rinpoché en Más allá del materialismo espiritual:

El amor o la compasión, el camino abierto, está relacionado con «lo que es». Para desarrollar amor —amor universal, amor cósmico, como queráis llamarlo— hay que aceptar toda la situación de la vida tal como es, tanto la luz como la oscuridad, lo bueno y lo malo. Hay que abrirse a la vida, comunicarse con ella.

En conclusión, lo que nos llevamos de esta conversación es:

  • la importancia de renunciar a nuestros supuestos de que nuestras relaciones son seguras y nuestras parejas son predecibles y algo ya sabido; y de fomentar una curiosidad continua, el asombro y la apreciación del misterio de quién es realmente nuestra pareja;
  • tener presente la enseñanza de la transitoriedad y saber que eso hace que cada momento de nuestra vida sea tan preciosa;
  • la voluntad de estar con lo que es; de ver, más allá de nuestras proyecciones conceptuales, lo que se manifiesta y es real de verdad.

 

Y nos gustaría desearos un feliz día de San Valentín y dejaros con esta aspiración de amor para todos:

Que aprendamos a amarnos y, al hacerlo, aprendamos a amar a los demás.

Que aprendamos a amar a los demás y, al hacerlo, aprendamos a amarnos a nosotros mismos.

Que experimentemos directamente la igualdad y la no dualidad del yo y el otro.

 

La formación de Ari Goldfield en la Facultad de Derecho de Harvard le llevó a una nada ilustre carrera profesional de seis meses en el ámbito del Derecho de Sociedades antes de marcharse a Asia para estudiar tibetano y encontrar a su maestro budista. A continuación recorrió el mundo durante trece años con su maestro, Khenpo Tsültrim Gyamtso Rinpoché, de quien fue traductor y secretario. Rose Taylor Goldfield se crió en una familia budista donde aprendió meditación a una edad muy temprana y progresó con el linaje de práctica y estudio de Chögyam Trungpa Rinpoché. Obtuvo sus maestrías en Estudios Budistas Indotibetanos y Lengua Tibetana en la Universidad de Naropa, y es mentora personal certificada. Ari y Rose enseñan filosofía, meditación, ejercicios yóguicos y danza budistas en la bahía de San Francisco, donde viven, e internacionalmente. Son directores espirituales de la comunidad de Wisdom Sun. Pueden conocerles más, a ellos y su labor, en su sitio web y deambular con Rose en Twitter (@RoseTGold).

 

Texto original en inglés: Ari Goldfield y Rose Taylor Goldfield, Love is in the Air, publicado en Elephant Journal el 14 de febrero de 2013.

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