Poner límites || Heather Sanche

Adelaide at 1 year. Photo by Bethany McMullen_zpskdipsslgCuando estaba embarazada de Adelaide, muchos padres me felicitaron y me dieron el sabio consejo de disfrutar de verdad de los primeros años de maternidad; siempre parecían recalcar que pasan demasiado deprisa. Durante el primer año, aunque los días fueron a veces largos y amplios, las semanas parecían volar, y en estos últimos meses Adelaide ha pasado rápidamente de ser una bebé a ser una niña que camina. En este proceso, ha aprendido nuevas habilidades a la velocidad del rayo, pasando de estar cautelosamente de pie sin ayuda a dar los primeros pasos y andar en cuestión de semanas. Con su recién aprendida capacidad para caminar sola, ha empezado a hacer toda clase de descubrimientos sobre el entorno que la rodea: todo, desde el recipiente del agua del perro hasta el cubo de la basura, pasando por el horno y los diversos estantes que están a su altura por toda la casa con juguetes interesantes y otros objetos para que explore. Estos primeros meses de niña que camina están llenos de sana investigación y son el comienzo de un nuevo capítulo de la forma en que los padres nos relacionamos con los límites y las fronteras, algo que puede ser difícil y gratificante al mismo tiempo.

Impartí durante un tiempo un programa para el profesorado sobre la gestión del aula, dedicado sobre todo a crear límites claros y coherentes en el aula. Antes de empezar el curso, observaba a los maestros para ver las técnicas y enfoques que aplicaban. Una y otra vez, veía que quienes tenían problemas con la gestión del aula ponían límites poco claros, usaban un lenguaje negativo en lugar de uno positivo y solían emplear expresiones generales y abstractas para orientar a sus alumnos hacia una conducta adecuada en el aula. Y ahora, cuando Adelaide ya ha empezado a dejar de ser un bebé, estoy dándome cuenta de la importancia que tienen estas mismas tres áreas en el entorno del hogar.

Personalmente, nunca me han resultado fáciles los límites y la disciplina. Hasta que hice el retiro budista tradicional de tres años no empecé a disfrutar y a apreciar de verdad los beneficios de unos límites claros y de la disciplina que conlleva mantenerlos. El límite más externo eran las fronteras físicas de la amplia finca del retiro, situada en un remoto valle de las montañas, cerca del Parque Nacional de las Cordilleras de la Frontera de Nueva Gales del Sur (Australia). Era un lugar asombrosamente hermoso, con bosques de eucaliptos y extensos campos cuya abundante hierba recorrían libremente los ualabíes salvajes. Antes del retiro también establecimos un acuerdo de límite personal con nosotros mismos, siguiendo el consejo: «no te engañes a ti mismo y no hagas daño a los demás». El límite que cada retirante creaba para seguir ese consejo era una decisión individual, pero una vez que lo habíamos creado teníamos que mantenerlo a lo largo de los tres años. El límite interno era el compromiso con el horario diario de meditación y práctica, exento de compromisos y actividades mundanas, mientras que la práctica más interna era esforzarse por mantener la consciencia constantemente, todos los días y noches del retiro.

Durante el primer año fue muy difícil mantener todos los límites. Hacía falta una gran disciplina interior para no cambiar el horario cuando hacía aparición el aburrimiento; nunca en mi vida había estado tan activa haciendo todo lo posible para mantener una rutina diaria día sí día también, sin ningún cambio, durante tanto tiempo, y parecía muy aburrido y difícil. Pero en algún momento del segundo año hubo un cambio en mi relación con los límites y empecé a relajarme profundamente en el horario. Ya no tenía que pensar en lo que iba a hacer o cuándo iba a hacerlo. La incertidumbre de qué hacer a continuación y la infinidad de decisiones en torno a lo que podía hacer que habían existido en mi vida contenían un grado sutil de ansiedad del que no me había dado cuenta hasta entonces, y rendirse a la monotonía de la vida cotidiana resultó profundamente liberador.

Por mi experiencia como maestra de niños pequeños, creo que a ellos les pasa lo mismo: una vez que conocen los límites de lo que es aceptable y lo que no, se relajan mucho y están alegres, muy satisfechos y felices, pues tienen una sensación clara de cómo comportarse. Poner unos límites claros y coherentes es algo en lo que mi marido y yo trabajamos juntos para Adelaide. En esta etapa, los límites se basan sobre todo en la seguridad. Trato de limitar las cosas a las que tenemos que decir «no» para no entrar en la costumbre de tener que decir constantemente «no», aunque hay algunas cosas que son decididamente una situación de «no», como la estufa de leña y los hornillos de la cocina. Pero intento usar un lenguaje positivo en lugar de un «no»; por ejemplo, cuando señalo los mandos del horno, digo: «Esto es para mamá y papá; puedes jugar con esto» y la redirijo a un cajón con utensilios de cocina y cuencos que puede explorar sin riesgos. Poner este límite sistemáticamente le hace saber que nunca puede jugar con la cocina. Si dijera sin más: «No, es peligroso», dado que probablemente Adelaide no conoce una palabra abstracta como «peligroso», habría necesitado seguir explorando los mandos hasta obtener más pistas sobre lo que quise decir… y así empezaría la batalla. He descubierto que aquí es donde quedan atrapados muchos padres y maestros, y malinterpretan como resistencia la necesidad del niño de explorar para obtener más información sobre lo que el cuidador o padre intenta comunicarle.

Al mismo tiempo, también se puede dar el estímulo de forma más intencionada y concreta. Expresiones abstractas como «eso está bien» pueden ser confusas para los niños de corta edad, y resulta mucho más útil expresar exactamente qué es lo que está «bien», por ejemplo diciendo: «qué bien caminas», «qué tono de voz tan agradable» o «qué manos más cuidadosas». Todo esto transmite al niño mensajes claros sobre lo que es un buen comportamiento y ayudan a llevar la atención a la conducta que queremos fomentar en lugar de centrarnos en lo negativo, como cuando decimos: «no corras», «baja la voz» o «no empujes».

Son cambios sencillos y sutiles que representan una profunda diferencia para el niño, y de un modo muy parecido a lo que ocurre en una situación de retiro, el niño empezará a relajarse y a tener una sensación de alegría a medida que va descubriendo cómo relacionarse adecuadamente con su mundo y con las personas que están en él.

 

Texto original: Heather Sanche, Drawing Boundaries, 4.12.2015, en Buddhistdoor Global. Heather Sanche escribe todos los meses una columna sobre crianza budista para Buddhistdoor. Podéis leer la traducción de los anteriores aquí.

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Una respuesta a Poner límites || Heather Sanche

  1. Patricia dijo:

    Gracias por aportar a mi vida ….gracias

Gracias por comentar

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