Las seis clases de soledad (1/2) || Pema Chödrön

Foto de Liza Matthews

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En el camino intermedio no hay ningún punto de referencia. La mente que carece de puntos de referencia no se resuelve, no se fija ni se agarra. ¿Cómo podemos no tener puntos de referencia? Sería cambiar una respuesta habitual al mundo profundamente arraigada: desear hacer que funcione de un modo o de otro. ¡Si no puedo ir ni a la izquierda ni a la derecha me moriré! Cuando no vamos a la izquierda ni a la derecha nos sentimos como si estuviéramos en un centro de desintoxicación. Estamos solos, sufriendo el síndrome de abstinencia y toda la crispación que hemos tratado de evitar yendo a la izquierda o a la derecha. Esa crispación puede ser muy fuerte.

Sin embargo, los años y años de ir a la izquierda o a la derecha, al sí o al no, a lo correcto o a lo incorrecto nunca han cambiado nada realmente. Abrirse paso con esfuerzo en busca de la seguridad nunca ha traído más que una alegría momentánea. Es como cambiar la postura de las piernas en la meditación. Nos duelen de estar sentados con las piernas cruzadas, así que las movemos. Y sentimos un gran alivio, pero dos minutos y medio después queremos volver a moverlas. Seguimos moviéndonos en busca de placer, de comodidad, y la satisfacción que obtenemos es muy efímera.

Oímos un montón de cosas sobre el dolor del samsara y también sobre la liberación. Pero no oímos tantas cosas sobre lo doloroso que es pasar de estar totalmente atascados a estar desatascados. El proceso de desatascarse requiere una enorme valentía, porque básicamente estamos cambiando totalmente nuestra forma de percibir la realidad; es como cambiar nuestro ADN. Estamos deshaciendo un patrón que no es solo nuestro patrón, sino el patrón humano: proyectamos en el mundo un trillón de posibilidades de lograr una resolución. Podemos tener unos dientes más blancos, un césped sin malas hierbas, una vida fácil, un mundo sin dificultades. Podemos vivir felices para siempre. Este patrón nos mantiene insatisfechos y nos causa un montón de sufrimiento.

Como seres humanos, no solo buscamos una resolución, sino que también sentimos que la merecemos. Sin embargo, no solo no merecemos una resolución, sino que sufrimos por su causa. No merecemos una resolución: nos merecemos algo mejor. Merecemos nuestro patrimonio, que es el camino intermedio, un estado mental abierto que puede relajarse con la paradoja y la ambigüedad. En la medida en que hemos estado evitando la incertidumbre, es natural que tengamos síntomas de abstinencia: la abstinencia de pensar siempre que hay un problema y que alguien, en algún lugar, tiene que arreglarlo.

El camino intermedio está abierto de par en par, pero es difícil de recorrer porque va en contra de un antiguo patrón neurótico que tenemos todos. Cuando nos sentimos solos, cuando nos sentimos desesperanzados, lo que queremos es movernos a la derecha o a la izquierda. No queremos sentarnos y sentir lo que sentimos. No queremos pasar por la desintoxicación. Pero el camino intermedio nos anima a hacer precisamente eso. Nos anima a despertar la valentía que existe en todos sin excepción, incluidos tú y yo.

La meditación nos da una vía para adiestrarnos en el camino intermedio, en quedarnos justo donde estamos. Se nos anima a no juzgar lo que aparezca en nuestra mente, sea lo que sea. De hecho, se nos anima a no agarrar nada de lo que aparezca en nuestra mente. Lo que normalmente llamamos bueno o malo lo reconocemos sin más como un pensamiento, sin todo el drama que suele acompañar lo correcto y lo incorrecto. Se nos dan instrucciones para que dejemos que los pensamientos vayan y vengan como si tocáramos una burbuja con una pluma. Esta sencilla disciplina nos prepara para dejar de luchar y descubrir un estado fresco e imparcial.

Puede que la experiencia de ciertos sentimientos parezca estar especialmente impregnada del deseo de resolución: la soledad, el aburrimiento, la ansiedad. A menos que podamos relajarnos con estas sensaciones, es muy difícil quedarse en el medio cuando las experimentamos. Queremos victoria o derrota, elogio o culpa. Por ejemplo, si alguien nos abandona, no queremos estar con la crudeza de esa molestia. Lo que hacemos ese evocar una identidad familiar de nosotros mismos, la de víctima desventurada. O quizá evitamos la crudeza convirtiéndola en actos y diciéndole a esa persona, con aires de superioridad moral, lo hecha polvo que está. Queremos automáticamente tapar el dolor de un modo u otro, identificándonos con la victoria o como víctimas.

Normalmente consideramos la soledad un enemigo. No elegimos invitar a entrar a la pena. Está llena de inquietud e impregnada y ardiente del deseo de huir y encontrar algo o a alguien que nos haga compañía. Cuando podemos descansar en el medio, empezamos a tener una relación no amenazadora con la soledad, una soledad relajante y refrescante que vuelve totalmente del revés nuestros patrones de temor habituales.

Hay seis modos de describir esta clase de soledad fresca: menos deseo, satisfacción, evitar la actividad innecesaria, disciplina completa, no vagar en el mundo del deseo y no buscar la seguridad en los pensamientos discursivos.

«Menos deseo» es la disposición a sentirse solo sin resolución cuando todo en nosotros anhela algo que nos anime y cambie nuestro estado de ánimo. Practicar esta clase de soledad es una forma de sembrar semillas para que disminuya la agitación fundamental. En la meditación, por ejemplo, cada vez que etiquetamos «pensamiento» en lugar de corretear sin fin detrás de nuestros pensamientos nos adiestramos en estar simplemente aquí sin disociación. No podemos hacerlo ya en la medida en que no estábamos dispuestos a hacerlo ayer o antesdeayer o la semana pasada o el año pasado. Después de practicar «menos deseo» de forma incondicional y sistemática, algo cambia. Sentimos menos deseo en el sentido de que nuestras Historias Muy Importantes nos seducen con menos fuerza. Así, incluso si la soledad ardiente está allí, y nos sentamos con esa agitación durante 1,6 segundos cuando ayer no pudimos sentarnos ni siquiera uno, ese es el viaje del guerrero. Ese es el camino de la valentía. Cuanto menos nos escindamos y perdamos la cabeza, más saborearemos la satisfacción de la soledad fresca. Como solía decir el maestro zen Katagiri Roshi: «Podemos sentirnos solos y no naufragar por ello.»

La segunda clase de soledad es la satisfacción. Cuando no tenemos nada, no tenemos nada que perder. No tenemos nada que perder, pero estamos programados para sentir en nuestras entrañas que tenemos mucho que perder. Nuestra sensación de que tenemos mucho que perder está enraizada en el miedo: a la soledad, al cambio, a cualquier cosa que no se pueda resolver, a la no existencia. La esperanza de evitar esta sensación y el miedo a no poder evitarla se convierten en nuestros puntos de referencia.

Cuando trazamos una línea en el centro de una página, sabemos quiénes somos si estamos en el lado derecho y quiénes somos si estamos en el lado izquierdo. Pero no sabemos quiénes somos cuando no nos situamos en ninguno de los dos lados: simplemente no sabemos qué hacer. No lo sabemos. No tenemos un punto de referencia, una mano a la que asirnos. En ese momento podemos asustarnos o asentarnos. Satisfacción es un sinónimo de soledad, de soledad fresca, de calmarse con la soledad fresca. Renunciamos a creer que huir de nuestra soledad va a darnos una felicidad o alegría o una sensación de bienestar o valentía o una fuerza duraderas. Normalmente tenemos que renunciar a esta creencia como un billón de veces, haciéndonos amigos una y otra vez de nuestra irritabilidad y nuestro temor, repitiendo con consciencia lo mismo un billón de veces. Entonces, sin darnos cuenta siquiera, algo empieza a cambiar. Podemos estar simplemente solos, sin alternativas, satisfechos de estar precisamente aquí, con el estado de ánimo y la textura de lo que está pasando.

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