La renuncia || Rose Taylor Goldfield

rose-taylor El primer principio con el que trabajamos en el yoga budista es la renuncia, idea que puede sonar difícil. Podría parecer que se nos enseña a renunciar a las personas a las que amamos, las actividades de las que disfrutamos, nuestro trabajo… en una palabra, a abandonar la vida tal como la vivimos. Pero no es así. Puesto que el budismo se centra en trabajar con nosotros mismos de dentro afuera y no de fuera adentro, sus enseñanzas no nos conminan a hacer nada. Por el contrario, nos invitan a investigar las cosas por nosotros mismos y a llegar a nuestras propias conclusiones sobre cómo proceder. Esa es la única forma en la que tendremos estabilidad y confiaremos plenamente en nuestros actos.

En el caso de la renuncia, lo que se nos invita a explorar es cómo funcionan la felicidad y el sufrimiento. Nuestra tendencia habitual es buscar la felicidad fuera de nosotros mismos. Creemos que manipulando nuestro entorno y los objetos que hay en él —acumulando las posesiones materiales y recursos que deseamos, recibiendo un trato determinado, perfeccionando nuestro cuerpo físico, etc.— podremos hacer que nuestra experiencia interior sea de satisfacción y felicidad.

Pero cuanto más esfuerzo y rapidez invertimos en perseguir estas mariposas de la felicidad efímera y externa, más nos alejamos de la verdadera fuente estable de felicidad, que está dentro de nuestro corazón y nuestra mente.

Así, a lo que renunciamos o lo que abandonamos es nuestra expectativa errónea de que manipular el mundo nos traerá la felicidad. Sin embargo, no hay duda de que es cierto que nuestras circunstancias y relaciones externas afectan a nuestro bienestar y a nuestra tranquilidad de espíritu, por lo que sí necesitamos prestarles atención. Rechazar el mundo exterior y devaluar nuestra relación con él sería ir demasiado lejos e ir al otro extremo.

Y no hay nada malo en disfrutar de los placeres de la vida como nuestro té matutino, nuestros amigos, la belleza de la naturaleza y nuestro chocolate favorito. Se trata simplemente de que al desarrollar cualidades dentro de nosotros mismos y trabajar con nuestra sensación interna de satisfacción y alegría, aprendemos a estar con nosotros mismos tal como somos, a estar con otras personas tal como son y a estar con el mundo tal como es, sin luchar. Así que si tenemos estas cosas agradables, disfrutamos de ellas de un modo espacioso y relajado; si no las tenemos, nos sentimos menos afectados. Tenemos una sensación mayor de ecuanimidad y paz.

La palabra tibetana para ‘renuncia’, ngayjung (nges ‘byung) tiene la connotación de ‘surgir’. El maestro tibetano Chögyam Trungpa Rinpoché describió el capullo que nos construimos a partir de nuestras creencias erróneas y nuestros patrones habituales. Puede que nuestro capullo sea un poco claustrofóbico, maloliente y oscuro, pero al menos es familiar; tenemos la creencia cobarde de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

La renuncia nos pide ser valientes y surgir desde nuestros capullos a la enorme extensión de la realidad. Al principio puede que nos sintamos vulnerables o temerosos, que tengamos nostalgia de nuestro capullo, pero a largo plazo encontraremos un mundo auténtico y vívido de compromiso profundo y sincero. Despertaremos a la realidad y veremos las cosas sencillamente tal como son. Nos meteremos de lleno, de un modo total, abierto y directo, en la vida. En lugar de vivir nuestra vida de fuera adentro —centrándonos en logros externos en vez de en la plenitud interna, en el aspecto de nuestro cuerpo físico más que en lo que éste siente, en la cantidad de amigos más que en su calidad— aprenderemos a vivir de dentro afuera. Nos centraremos en nuestras sensaciones básicas, en nuestra intuición y en nuestra integridad, y daremos a nuestro corazón un papel más destacado a la hora de guiar nuestros actos en el mundo.

Corregir un error básico

Será más fácil vivir del modo que acabo de describir si corregimos un error básico de nuestra forma de pensar en las cosas: que son existentes, inamovibles, permanentes y sólidas. Lo pensamos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, de nuestros sentimientos, de nuestros amigos, de nuestro trabajo, de todo (incluso de nuestro camino espiritual) y al hacerlo, exageramos la importancia de cada cosa y nuestra relación con ella se vuelve pesada. Por ejemplo, vemos el cuerpo como algo permanente y queremos que esté siempre sano, por lo que cualquier señal de debilidad o enfermedad nos aflige. Vemos a nuestros amigos y a nuestra familia como entidades inamovibles, y queremos que siempre nos quieran y nos traten bien, lo que nos expone a la decepción constante. Sobre todo, pensamos que la mente es una entidad real y queremos que sea feliz y esté libre de toda agitación, preocupación o angustia. Olvidamos la verdad del aforismo del poeta Rainer Maria Rilke: «Ningún sentimiento es definitivo». Cuando experimentamos un sentimiento, especialmente cuando es difícil, nos parece lo más importante del mundo. Eso hace que nos sintamos atascados e incluso desesperanzados. Olvidamos que hemos tenido otros sentimientos antes y que, en el futuro, surgirá toda una variedad de nuevos sentimientos.

Cuando ignoramos la realidad de la transitoriedad, la fluidez y el cambio en todas estas áreas, nos planteamos la vida en la creencia de que deberíamos ser capaces de organizarlo todo para que nos convenga y nos sintamos cómodos. Depositamos esta expectativa nada realista en nosotros mismos y en el mundo, y luego sufrimos por nuestra falta de control sobre las cosas y por cómo cambian de maneras que no nos gustan. Sufrimos por el envejecimiento físico y la enfermedad, por los conflictos en nuestras relaciones, por la incertidumbre y el deterioro de nuestro trabajo y de nuestros medios de vida. Oponemos resistencia a la naturaleza transitoria de las cosas, al modo en que la vida cambia siempre y es impredecible. Luchamos por fijar y solidificar nuestro mundo en lugar de relajarnos y permitirnos fluir con sus transiciones y sus fases cíclicas.

Las enseñanzas budistas nos invitan a mirar a nuestras vidas y preguntarnos: «¿Ha funcionado mi intento de solidificar mi mundo? ¿Me ha dado alguna vez una felicidad duradera la creencia en la existencia real de mi cuerpo, mi mente, mis amigos, mi familia y mi trabajo? ¿O sólo me ha hecho más vulnerable al sufrimiento?» Si con este análisis llegamos a la certeza de que no se puede encontrar la felicidad aferrándose a la existencia real de las cosas, esa es la auténtica renuncia. No significa que no tengamos que hacer caso a nuestro bienestar físico, nuestras posesiones materiales o nuestros amigos o que tengamos que abandonarlos; sólo significa que dejamos de aferrarnos a ellos, sobre todo a la creencia de que son entidades sólidas, porque no lo son. Como cantó el gran maestro indio Tilopa a su discípulo Naropa:

Las apariencias no te atan, te ata tu aferramiento.

Libérate, pues, de tu aferramiento, Naropa, hijo mío.[1]

Cuando nos liberamos de nuestro aferramiento e interactuamos con nuestro cuerpo, con la gente y con otras cosas en nuestra vida, nuestras relaciones con ellos serán más relajadas, nos permitirán sentirnos más a gusto. Sin embargo, esto no significa que dejemos de diferenciar el placer del dolor o que no tengamos emociones, como la profunda tristeza de la pérdida de un ser querido. Significa que dejamos de luchar con nuestras experiencias de sufrimiento. Sabemos que no son sólidas ni inamovibles, que su naturaleza es cambiar. Entonces los sentimientos difíciles que tengamos serán más suaves y manejables; los experimentamos como parte de la rica complejidad de la vida y no como fuerzas sólidas, abrumadoras e impracticables. Al vivir de esta forma, permitiremos que las emociones se mantengan fluidas, lo que liberará su energía pura, subyacente: el combustible de nuestro viaje para unirnos a la naturalidad.

Training the wisdom body

Rose Taylor, “Renunciation”, capítulo 2 de Training the Wisdom Body. Buddhist Yogic Exercise (en proceso de traducción al castellano, véase la barra de progreso de la columna de la derecha).

[1] Texto inédito, traducción del tibetano de Ari Goldfield.

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2 respuestas a La renuncia || Rose Taylor Goldfield

  1. Pingback: Lecturas de abril | aullando

  2. Valeria dijo:

    Gracias! 🙂

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