Dar espacio y encontrar la alegría || Heather Sanche

Adelaide metiendo velas en un contenedor.

Adelaide metiendo velas en un contenedor.

La meditación shamata es la práctica de asentar la mente en un estado estable y calmo de la consciencia del momento presente. Una vez que la mente está en ese estado, con el tiempo, la visión interior o vipassana surge de forma natural, a medida que la mente empieza a experimentar una consciencia despierta de sensaciones y experiencias sin etiquetas de juicio. En algunas tradiciones budistas, la meditación shamata está ligada a la vipassana desde el principio, mientras que en otras, se enseña primero shamata y no se dan instrucciones de vipassana hasta que la mente se estabiliza.

En mi experiencia como monja en un monasterio del bosque en Birmania, se enseñaba primero shamata y nos decían a las novicias que pusiéramos la atención en la sensación del aire que entra y sale de la nariz. Nos sentábamos entre ocho y diez horas al día en un calor abrasador. Los primeros días me dolían muchísimo los huesos y las articulaciones, ponerme de pie y moverme después de estar horas sentada sobre una fina alfombrilla de vinilo era horroroso. Por la noche estaba deseando tumbarme para dormir, pero después de apenas unos minutos de descanso las caderas empezaban a quemarme, pues la dura tarima de madera que llamaba «cama» no se parecía ni de lejos a la blanda cama que había imaginado mientras meditaba. Desde luego, no estaba experimentando ningún estado de no juicio surgido naturalmente; antes bien, luchaba con toda clase de juicios sobre todo tipo de cosas, desde no comer después de mediodía hasta levantarse cada mañana a las 3 para recitar y empezar la meditación del día. Y aun así, después de los primeros meses, sí empecé a experimentar de vez en cuando un estado mental interesante: salía de la práctica de la meditación con una sensación de ligereza y alegría. Una vez pregunté al instructor de meditación sobre este cambio en mi práctica, y él sonrió amablemente y dijo: «sigue así».

Tanto en el método pedagógico Waldorf como en el Montessori, se hace hincapié en dar espacio a los niños: espacio para hacer sus tareas o jugar sin demasiada intervención o comentarios de los adultos. Como maestra, la disciplina de observar y saber cuándo intervenir y cuándo dar espacio lleva tiempo y práctica. Cuando un niño está trabajando en una actividad o sumergido profundamente en el juego, es demasiado fácil hacer observaciones como: «buen trabajo», «qué bonito» o «bien hecho». Estos comentarios aparentemente benévolos rompen la concentración del niño y en realidad le impiden experimentar una mente en calma y estable. Por otra parte, cuando a un niño pequeño se le dan espacio y tiempo para dedicarse profundamente a una actividad, el niño puede salir de su estado contemplativo por sí mismo, lo que da lugar de forma natural a una sensación de alegría y satisfacción.

Los métodos Montessori y Waldorf de formación del profesorado dan gran importancia a este aspecto del trabajo con los niños. Es tarea del profesor saber cuándo prestar ayuda y cuándo retirarse y dejar a los niños asentarse en su «trabajo». Muchos de los materiales de Montessori tienen un «control de errores» incorporado con el que los niños, al hacer una actividad, se darán cuenta a través de los propios materiales de si la han completado correctamente o no. No es labor del maestro señalar a un niño pequeño lo que ha hecho correctamente y lo que no; la responsabilidad del maestro es retirarse y permitir que los niños continúen y descubran si han completado la tarea correctamente o no. A lo largo de los años me ha asombrado observar cómo los niños a los que se les da la libertad de concentrarse durante periodos largos de tiempo salen de la experiencia con una alegría y una satisfacción inherentes. También he observado, en aulas en las que no se daba a los niños este espacio, lo inquietos e irascibles que estaban los niños. Este hábito aparentemente inocuo de los adultos de comentar y hacer excesivos elogios también puede alejar al niño de la posibilidad de experimentar un trabajo bien hecho en sí y fomentar en cambio la necesidad de recibir alabanzas externas para tener la sensación de logro.

Reflexionando sobre mi propia experiencia de cómo surgía esa profunda sensación de alegría y satisfacción después de un periodo largo e ininterrumpido de concentración meditativa, he aprendido a confiar en la necesidad de ser atentos o sensibles a la concentración del niño, e incluso de protegerla en cierto modo.

Había hecho un contenedor con un pequeño agujero en la parte de arriba, suficiente para que pasara a través de él una velita de cumpleaños, para uno de los amigos de Adelaide que es casi un año mayor que ella, y lo dejé en el estante donde están los juguetes y actividades de Adelaide a su disposición para cuando decida trabajar o jugar con ellos. Una tarde lluviosa, vi que Adelaide lo tomaba del estante. Mi primer impulso fue quitárselo, temiendo que se comiera las velas o que fuera demasiado difícil y frustrante para ella intentar meterlas por el agujero. Afortunadamente me detuve un momento antes de intervenir para redirigirla hacia otra actividad y me sorprendió cuando su primer intento de meter una vela en el contenedor tuvo éxito. Había unas diez velas en total, y Adelaide, sentada muy recta, metió todas en el contenedor poco a poco, una a una. Yo estaba pasmada, pues creía que no tenía aún las habilidades motrices finas necesarias para completar esa tarea. Si hubiera sido demasiado rápida en intervenir, podría haberme perdido esta oportunidad de ver la capacidad de Adelaide y haber interrumpido su concentración, que fue extraordinario observar. Una vez que todas las velas estuvieron dentro, sacudió alegremente el contenedor y se balanceó con una sensación de logro. Luego puso el contenedor en el bol de madera vacío donde habían estado las velas y se volvió hacia mí. Yo sonreí y me volví a la cocina a fregar los platos, y ella gateó de nuevo hacia el estante para buscar otra actividad que hacer.

Recordé a mi instructor del monasterio del boque y toda la sabiduría de su sonrisa sencilla y la instrucción de «sigue así» el día que le pregunté por primera vez por los efectos de la mente cuando se asienta en sí misma. Si se hubiera emocionado y exclamado: «¡Maravilloso!» y luego me hubiera soltado una larga explicación sobre lo que podría estar pasando en mi práctica, me habría distraído por completo y me habría desviado en busca de resultados en las siguientes sesiones. Su sabiduría al animar mi meditación con tan solo una espaciosa sonrisa me ha servido desde entonces de inspiración y guía, al mostrarme lo eficaz que puede ser una simple sonrisa para alentar las crecientes habilidades de Adelaide para centrarse y concentrarse, y espero, para apoyarla a la hora de descubrir por sí misma una mente en calma y alegre.

Heather Sanche, Giving Space and Finding Joy, 9.10.2015 en Buddhistdoor Global. Este es el artículo de octubre (quinto y más reciente) de la columna que Heather Sanche escribe todos los meses sobre crianza budista para Buddhistdoor. Podéis leer la traducción de los cinco anteriores aquí: Maternidad, el camino de convertir las palabras en hechos, Creando espacio, Estar presente con la repugnancia: una historia sobre la hora del baño, El aguijón del sufrimiento: el escorpión y la avispa.

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