El aguijón del sufrimiento: el escorpión y la avispa || Heather Sanche

Adelaide en el parque.

Adelaide en el parque.

La primera enseñanza que recibí sobre la visión budista fue la Primera Verdad Noble: la Verdad del Sufrimiento. Durante mis primeros años de estudio del budismo luché con una sensación de pesimismo. ¿No estaba la vida también llena de toda clase de bondad y felicidad, y sorprendentes momentos de alegría? Sentía que las enseñanzas budistas eran un poco aguafiestas, pero aun así seguí con mi práctica y mi estudio, pues sentía que la meditación era sumamente útil, aunque en aquella época no pudiera explicar por qué. Era evidente que no tenía ni idea del verdadero significado de la Primera Verdad Noble.

A los 23 años, dentro del Programa de Estudios en el Extranjero de la Universidad de Naropa, fui a Bali a estudiar batik. Fue una época fascinante de mi vida, llena de novedades sin fin, aprendizaje y crecimiento. Cada mañana, directores y alumnos nos sentábamos en la sala de meditación: un pequeño pabellón al aire libre situado entre una transitada carretera y un arrozal verde brillante. En la madrugada la carretera permanecía en un silencio interrumpido solo de vez en cuando por una motocicleta, y normalmente, aparte de ese, los únicos sonidos eran los de los pájaros e insectos de la mañana; el aire era cálido y estaba perfumado por las flores de franchipán y el olor de la crema de arroz dulce que salía de la cocina junto con alguna canción esporádica del personal de cocina. En mi mente, eso estaba lejos de ser desagradable y más lejos aún del sufrimiento. Meneaba la cabeza para mis adentros: la vida no es sufrimiento, es sorprendente y maravillosa; ¿en qué estaba pensando el Buda?

Cuando acabó el curso, decidí hacer un viaje a las islas del este de Bali. Una mañana, en la remota playa donde acampábamos mi compañero de viaje y yo, me picó un escorpión. La noche anterior había sido mágica, con tortugas que llegaban a la playa para poner sus huevos a la luz de la luna. Desperté en un amanecer precioso, con el reflejo de la luz rojo brillante, naranja y dorada en el océano, tranquilo y liso como un cristal. Era impresionante y, una vez más, mi mente se detuvo un momento en la Primera Verdad Noble y me dije mentalmente: «La vida no es sufrimiento, ¡es asombrosa!»… justo antes de ir a buscar en mi mochila una botella de agua y de que me picara el escorpión. El dolor fue agudo, como una descarga eléctrica. Mi amigo se despertó con mis gritos y se puso en marcha enseguida, diciendo: «Voy a buscar ayuda; siéntate y mantén la calma. Trata de calmar la mente.» Tras eso se fue al pueblo que estaba en el extremo más alejado de la playa. Me desplomé en la arena, con el dolor subiendo del dedo a la mano, al brazo y por todo el cuello. Era intenso, estaba asustada y mi mente estaba todo menos tranquila. Saltaba frenéticamente de un pensamiento a otro, en una mezcla de confusión y miedo. ¡En un solo instante me di cuenta de que mi mente era un desastre! Y pensaba de verdad que podía morirme en esa playa, lejos de casa y de mi familia, y supe que no podía ser nada bueno morir con la mente tan dispersa y llena de miedo y confusión. De pronto, la Primera Verdad Noble me pareció profundamente cierta. Había realmente sufrimiento; era innegable.

Años después, cuando era monja en Birmania, encontré una traducción diferente para la Primera Verdad Noble. Mi instructor de meditación en el monasterio del bosque traducía la palabra que se traduce con más frecuencia como sufrimientoduhkha en sánscrito o dukkha en pali— como estrés, insatisfacción, incomodidad o sensación de malestar. Enseñaba que ese «estrés» se ve en todos los aspectos de la vida: el nacimiento es estresante, el envejecimiento es estresante, no conseguir lo que uno quiere es estresante… El Buda nunca dijo que la vida no tuviera alegría o felicidad. Solo dijo que nuestro apego a la alegría y la felicidad es estresante, y que hay un camino que lleva a liberarse de ese apego y de la consiguiente aversión al estrés.

Han pasado veinte años desde ese momento en la playa en Indonesia y mi relación con la Primera Verdad Noble ha cambiado a lo largo de mis años de meditación y estudio. Y ahora, como madre, me estoy dando cuenta de que tengo un nuevo desafío en mi práctica. En lo más hondo de mi corazón, quiero proteger y resguardar a Adelaide de todo estrés e incomodidad, todo malestar o dolor; y aun así, como practicante y seguidora de las enseñanzas del Buda, sé que eso es intrínsecamente imposible. El estrés y el sufrimiento son parte de la vida; son parte del viaje de ser humano.

Heather y Adelaide en el parque. Foto de Bethany McMullen.

Heather y Adelaide en el parque. Foto de Bethany McMullen.

La víspera del primer cumpleaños de Adelaide la llevé al parque. Era una tarde preciosa y soleada. Paseamos por los jardines mirando los patos del estanque, cautivadas por la quietud de una gran garza azul que pescaba en los altos juncos y maravilladas por el canto de los pavos reales que deambulaban por allí. Era casi una tarde de cuento. Y entonces llegó nuestro recordatorio de no apegarnos a tantas cosas agradables. De pronto Adelaide empezó a llorar y a agitar frenéticamente la manita. Llevaba a la niña envuelta y colgada de mí, como siempre, y le tomé rápidamente el puño, le abrí los dedos regordetes y vi que agarraba con fuerza una avispa. La avispa echó a volar y ante mis ojos, la palma de la mano de Adi pasó del blanco al rosa y luego al rojo, mientras se hinchaba como un globo diminuto. Se me cayó el alma a los pies y mi mente empezó a acelerarse. ¿Y si era alérgica, a dónde debía ir, qué debía hacer, llamo una ambulancia? Mientras el pánico y el miedo se extendían por mis venas, tuve un destello de espacio. Me senté en un banco, respiré hondo varias veces y luego saqué mi botella de agua fría y se la puse en la mano. Después tomé el teléfono y llamé a mi médico.

Mientras iba conduciendo a la consulta del médico, recordé que antes de convertirme en madre había tenido mis problemas con esta misma verdad fundamental sobre la naturaleza insatisfactoria de nuestra existencia transitoria. Ahora me encontraba con otra oportunidad para aceptar la Primera Verdad Noble, pero esta vez, como madre, tenía una cualidad diferente: no estaba practicando por mí, sino por otro. La naturaleza impermanente de la existencia, que tantas veces es la causa del sufrimiento, se ha convertido, mediante la práctica de la meditación, en una aliada. Durante el nacimiento de Adelaide, poder recordarme a mí misma que los dolores del parto eran temporales y momentáneos como todo lo demás que había experimentado me dio mucho valor. Las noches en las que Adi quería mamar mucho tiempo después de una hora razonable para acostarse y me dolían los pechos, saqué fuerzas del conocimiento de que las noches en vela también darían lugar a noches de descanso, pues nada es igual por mucho tiempo. Cuando le empezaron a salir los dientes, podía respirar profundamente y recordarme que aunque sufriera con cada diente durante unos años, no sería un dolor constante y que, como todas las experiencias, el dolor cambiaría.

Y ahora, mientras su manita se hinchaba y ella lloraba en el asiento trasero del coche, tenía de nuevo una opción: podía dejarme llevar por el pánico y reaccionar con miedo y confusión, o podía practicar y aplicar las herramientas que enseñó el Buda hace miles de años, cuando reveló la Primera Verdad Noble y un camino para el cese del sufrimiento: la Cuarta Verdad Noble. Al mirar retrospectivamente mis experiencias, estoy agradecida al malestar, el estrés y la incomodidad que me han ayudado a comprometerme con el camino hacia el cese del sufrimiento y se han convertido en mis aliados de muchas maneras. Y cuando miro a Adelaide cumplir un año, me siento agradecida por tener una práctica y un modo de relacionarme con el estrés de la maternidad y el estrés que descubrirá sin duda Adelaide a lo largo de su propio viaje por la vida, y aspiro a que tenga la capacidad de abrazar la Primera Verdad Noble y abrazar así un camino para trabajar con las causas y las condiciones del sufrimiento, para encontrar la estabilidad interior y la paz mental que se derivan de comprender que todo cambia.

Heather Sanche, The Sting of Suffering: The Scorpion and the Wasp, 11.09.2015 en Buddhistdoor Global. Este es el artículo de septiembre (quinto y más reciente) de la columna que Heather Sanche escribe todos los meses sobre crianza budista para Buddhistdoor. Podéis leer la traducción de los cuatro anteriores aquí: Maternidad, el camino de convertir las palabras en hechos, Creando espacio, Estar presente con la repugnancia: una historia sobre la hora del baño.

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