Creando espacio || Heather Sanche

ikebanaCuando mi esposo Jason y yo nos preparábamos para recibir a Adelaide en nuestras vidas hace casi diez meses, pensé en el tipo de hogar que queríamos crear para ella. No quería preparar una habitación para el bebé en el sentido habitual, comprando una cuna y muebles. Por el contrario, reflexioné sobre el principio de que los bebés y los niños de corta edad confían totalmente en el mundo y absorben su entorno con una gran apertura. En sus primeros años, la apertura incondicional del niño es incapaz de diferenciar, y el entorno y sus impresiones atmosféricas sientan los cimientos básicos de la salud física, emocional, intelectual y espiritual del niño.

Mientras reflexionaba sobre el principio de la educación de la primera infancia, mi mente volvía una y otra vez al ikebana, el arte japonés del arreglo floral, y a algunos de sus principios fundamentales. El título de Educación Contemplativa de la Primera Infancia de Naropa exige que los alumnos estudien un arte tradicional japonés, y yo elegí el ikebana. Al principio la clase me parecía un poco como un relleno; una menudencia, por así decir. Era precioso aprender cómo colocar las flores, pero no apreciaba del todo la conexión entre el arreglo floral y la educación de niños de corta edad. Esa conexión se me escapó durante años. Entonces, a medida que se acercaba la fecha de nacimiento de Adelaide y dedicaba tiempo a crear nuestro entorno hogareño, me di cuenta de que fue a través de la práctica del ikebana como me habían introducido en una consciencia más refinada del espacio; y esa era la clave para el hogar que quería crear para Adelaide.

El ikebana, como forma de meditación, permite que el practicante despierte a cierta sensibilidad artística; una que puede cultivar cualquiera. Esta sensibilidad no trata de desarrollar una habilidad artística, como dibujar, sino más bien de cultivar el arte de ser plenamente humano y desarrollar una capacidad más refinada para sentir la viveza y la bondad innatas del mundo natural. El ikebana es una práctica de relacionarse con las cosas tal como son, directamente, simplemente, y con una gran sensación de valentía, pues una vez que se ha cortado una rama, no hay vuelta atrás. A partir del día que trajimos a Adelaide a casa desde el hospital, estos principios están siendo muy beneficiosos.

Cuando se hace un arreglo de ikebana, la primera rama simboliza el Principio Celestial, que representa el espacio y el inmenso potencial del cielo abierto. Al igual que cuando se coloca la primera rama en el kenzan (la base de hierro que se usa en el ikebana para sujetar las ramas), primero tuve que reconocer el potencial inmenso, abierto, en el espacio que quería crear para Adelaide. Igual que en el ikebana, empecé cortando los tallos y hojas que se amontonaban y confundían la forma más fuerte de la rama principal y eliminando lo que no funcionaba en el entorno. Primero descarté una cuna: no quería una cuna para Adelaide. Quería que tuviera una cama en el suelo para darle acceso a ese potencial inmenso y abierto, y la libertad de mirar libremente por toda su habitación, sin las limitaciones de los barrotes que distorsionarían la visión. Más tarde tendría la libertad de explorar el espacio cuando estuviera preparada para hacerlo. Parte del desarrollo de una confianza temprana está en dar oportunidades al niño para que se sienta capaz y seguro para explorar el entorno. Sentí que la cama en el suelo daba a Adelaide la máxima libertad dentro de su espacio.

La segunda rama que se coloca en el kenzan cuando se practica el ikebana representa el Principio Terrestre. Es la base que se relaciona con el potencial inmenso del Principio Celestial. Representa la voluntad de estar presentes en nuestras experiencias de la vida real. En este sentido, el segundo paso en el diseño de la habitación de Adelaide fue crear un espacio con unos pocos materiales cuidadosamente elegidos para que explorase y con los que «jugase» cuando empezara a moverse. Colgamos una pequeña clavija de madera sobre la cama a la que até un móvil para que pudiera explorarlo visualmente. Cuando creció, volvimos a atar el móvil a una anilla de madera con dos campanillas que golpeaba y hacía un sonido agradable cuando empezó a balancear los brazos. También hicimos una estantería baja y robusta, y seleccionamos cuidadosamente unos pocos juguetes para que descubriera y explorara: sonajeros, una pelota grande de fieltro, un cuenco de madera y dos discos de madera entrelazados. Mi práctica consiste en estar atenta y observar si estos primeros juguetes le ofrecen retos suficientes, pero no demasiados, lo que podría causar frustración y hacer que al final se rindiera. Aquí es donde entra la cualidad de la audacia de la práctica del ikebana. Hace falta mucha valentía en el mundo de hoy, lleno de saltadores, andadores con actividades y toda una colección interminable de juguetes de plástico, para abrazar la simplicidad de unos pocos objetos seleccionados muy cuidadosamente y confiar en que menos es realmente más.

Adelaide en su habitación.

Adelaide en su habitación.

Cuando Adelaide alargó la mano por primera vez y agarró intencionadamente la anilla que colgaba sobre la cama, me dio una gran seguridad saber que, en realidad, estaba expresando el tercer y último principio del ikebana. Cuando se coloca la última rama, se están uniendo el Principio Celestial y el Terrestre con el Principio Humano, que crea la gran armonía del ikebana. Y cuando Adelaide alargó la mano por primera vez y actuó sobre su entorno con intención, literalmente «cambió el mundo» e introdujo el Principio Humano en el espacio que habíamos creado para ella.

Algunas personas me han preguntado si me preocupa que cuando se haga mayor tendrá la libertad de moverse por su habitación cuando estemos dormidos. Nunca me ha dado miedo eso. Igual que en el ikebana, cuando el alumno ha dominado la forma tradicional se le anima a que haga arreglos de estilo libre porque ya ha cultivado un aprecio y una sensibilidad profundos hacia la práctica de mirar y ver. La forma en el ikebana invita al practicante a detenerse y explorar intencionadamente el momento de experimentar con las ramas y las flores con una consciencia profunda del orden natural y el inmenso potencial del Principio Celestial, la base del Principio Terrestre y nuestro papel al interactuar con ambos como Principio Humano. El cultivo de la atención plena produce una sensación de libertad, y elegimos naturalmente un enfoque saludable porque entonces estamos en contacto con nuestra confianza en nosotros mismos, que se abre naturalmente a las oportunidades para estar en contacto con nuestro corazón. Así que cuando me preguntan si tengo miedo de que Adelaide sea libre para jugar sola en su habitación, digo: «No, en absoluto.» Por el contrario, me alegro con confianza, sabiendo que le he dado el espacio para que encuentre su propio sentido de la plenitud mientras crece hacia la independencia en un entorno adecuado para su desarrollo.

Heather Sanche, Creating Space , 10.07.2015 en Buddhistdoor Global. Este es el segundo artículo de la columna que Heather Sanche escribe todos los meses sobre crianza budista para Buddhistdoor. Podéis leer la traducción del anterior y del siguiente aquí: Maternidad, el camino de convertir las palabras en hechosEstar presente con la repugnancia: una historia sobre la hora del baño

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2 respuestas a Creando espacio || Heather Sanche

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