Porque yo también me refugio || Anja Hartmann

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No soy una refugiada. Nací en una ciudad rica del noroeste, en un país próspero dotado de un sistema político estable. Crecí en una familia que me apoyó, nutrió mis intereses y me ayudó a crecer. Recibí una buena educación, he tenido y tengo trabajos que me entusiasman y me llenan, y con los que pago de sobra mis facturas. Tengo cierta reputación de hacer trabajos útiles para otros, tengo amigos que toleran mis debilidades, tengo abundantes oportunidades para dar tiempo y energía a causas más grandes. En resumen, vivo una vida cómoda.

Y aun así, yo también me refugio todo el tiempo. Me refugio en las gafas de sol cuando la luz es brillante; me refugio en paraguas, botas de goma y gabardinas cuando se rompe el cielo y llueve a cántaros y a cubos. Me refugio en el pago de los impuestos, los plazos del seguro de vida y planes de pensiones o las cuotas de suscripción para ver películas online. Me refugio en verme como miembro de un grupo de iguales o de una red, como antigua alumna de universidades y empresas, como ciudadana de entidades políticas, como seguidora de ciertas creencias, valores o convicciones. Y en alguna rara ocasión, cuando la luz del sol es suave y la lluvia está a punto de parar, me refugio en ser una mota de humanidad, no inhibida por identidades adoptadas, frágil, contundente y temblorosa como un arcoiris.

Y luego, naturalmente, en lo relativo a la práctica formal, siempre está ese párrafo hacia el principio de todos los textos de práctica que dice que yo, junto con todos los seres, hasta el despertar, me refugio con devoción inquebrantable en el Buda, el Dharma y la sanga. Hay días en los que paso de prisa y superficialmente por este párrafo, ansiosa por llegar a lo que considero el núcleo «real» de la práctica. Hay días en los que me quedo atascada allí, porque eso solo es tan inmenso, tan profundo y tan ambiciosamente inalcanzable que hace que mi mente se detenga en ese momento y allí mismo. Y hay días en los que su belleza me derrite el corazón.

Así que yo también me refugio todo el tiempo.

Estos días, miles y miles de seres humanos se refugian en Europa y por todo el mundo. Han dejado casas y trabajos, familias y amigos, esperanzas, sueños y planes de futuro satisfactorios para ellos y para sus hijos. Han atravesado con dificultad tierras y aguas, arriesgando la vida con cada paso que daban. Ahora han llegado a algún lugar donde al menos las amenazas físicas inmediatas son pocas; y aun así, no tienen posesiones ni situación jurídica ni perspectivas fiables de qué les depararán el mañana y los días que vengan detrás.

Para mí no puede haber ninguna duda: con independencia de su historia personal, sus creencias religiosas o ideológicas y sus actitudes políticas, quienes pueden ayudar tienen que ayudar a quienes sufren. Como mínimo, quienes tienen tiempo, dinero o cosas útiles de las que pueden prescindir pueden dárselos a los necesitados; la contribución más pequeña sirve, y nadie debería verse obligado nunca a pasar frío en una tienda improvisada en medio de lo que a veces nos gusta etiquetar de países «desarrollados». Ahora mismo, aquí mismo, en Hamburgo (igual que en muchas otras ciudades y regiones de Alemania y Europa), hay ejemplos sorprendentes de iniciativas populares que recogen y reparten lo que hace falta entre quienes lo necesitan.

Más allá de la ayuda práctica inmediata, naturalmente, lo que está pasando aquí tiene dimensiones políticas y económicas mucho más amplias. Así, quienes pueden influir en organizaciones e instituciones políticas y económicas tienen que usar su influencia con paciencia, inventiva y sabiduría: la intervención más pequeña puede representar una gran diferencia, y nadie que busque refugio debería estar expuesto a más riesgos e incertidumbres que aquellos de los que acaban de escapar. Esto va a llevar tiempo, lo que se prueba y ensaya fallará a veces y (como con todas las cosas de la vida) no hay ningún truco de magia que cree realidades seguras para todos los implicados. Aun así, como dijo Samuel Beckett, debemos intentarlo otra vez, fracasar otra vez, fracasar mejor; y no culpar a quienes lo intentan.

En un nivel muy personal, al mismo tiempo que aporto mi granito de arena de ayuda práctica y aspiro a ser de alguna utilidad en entornos institucionales, me encuentro enfrentándome a la ambigüedad de la esencia del refugio como, al mismo tiempo, impulso humano primitivo (de correr, lejos de lo que tememos o hacia lo que queremos) y manifestación de las capacidades más nobles de la humanidad (para conectar con valores que trascienden las limitaciones de las situaciones de nuestra vida). ¿Y eso? Esto es lo que me da vueltas en la cabeza, el corazón y las tripas:

Quienes se refugian abandonaron lo que tenían en cuanto a posesiones materiales, redes sociales y planes personales y profesionales para un buen futuro. Naturalmente, hay miedo (de la guerra y el terror y todas sus nefastas consecuencias para ganarse la vida de forma digna, por no decir deseable o agradable) y hay esperanza (de poder reconstruir una casa, un círculo de amigos, un lugar de trabajo adecuado, un mañana atractivo). Al mismo tiempo, hay también un valor enorme para dejar una vida que fue una vez una morada cómoda y emprender un viaje lleno de peligros, riesgos e incertidumbres. En la medida de lo posible, empatizo con los miedos y las esperanzas (reconociendo que no puedo imaginar ni remotamente cómo es vivirlos realmente). Pero lo que me produce un escalofrío es ver el valor: me inclino ante quienes dejan atrás lo que tenían y lo que eran. No puedo sino sentir solidaridad con los seres humanos que dejan lo que ya no pueden seguir soportando; porque yo también me refugio de vez en cuando.

Quienes se refugian se dirigen hacia lugares y tiempos en los que esperan encontrar vidas que valga la pena vivir; espacios para crecer, construir y crear; otros que apoyen sus deseos y esfuerzos. Sí, hay deseo, el deseo de encontrar el entorno protegido donde ser la promesa del ser humano cuyos sueños rompieron la agitación y la turbulencia de su patria; y hay celos (de otros que podrían tener mejores conexiones, ideas superiores o simplemente más golpes de suerte para estar en el lugar adecuado en el momento oportuno con las personas adecuadas), y también hay ira, orgullo y todo lo demás. Al mismo tiempo, hay la confianza profundamente arraigada de poder determinar nuestro destino como seres humanos, sean cuales sean las circunstancias, y de tener el poder de superar dificultades y peligros inmediatos, la enfermedad, la debilidad y la muerte de los sueños. En la medida de lo posible, intento comprender y respetar el deseo, los celos, la ira y el orgullo (con la gran ayuda de las historias que contaba mi madre sobre cómo se sintió una refugiada al llegar a Alemania Occidental en la década de 1940). Pero lo que me parte el alma es ver la confianza: me inclino ante quienes siguen su confianza en un mundo que trasciende todo el sufrimiento que han vivido y siguen viviendo. No puedo sino sentirme en armonía con los seres humanos que persiguen sus aspiraciones; porque yo también me refugio de vez en cuando.

A quienes se refugian no les queda nada más que su dignidad, su fragilidad y su sentido común como seres humanos. Naturalmente, hay conocimientos especializados y experiencia (como su formación y sus conocimientos profesionales, sus historias personales y colectivas; su capacidad para conectar con los demás, para ser conciudadanos, amigos o socios en los negocios o en el amor, su ingenio, su humor y su sarcasmo), y hay necesidades y penurias (como las necesidades y anhelos monetarios y materiales, preferencias y manías personales, hábitos, normas y tics de grupo). Al mismo tiempo, hay también una simplicidad fundamental de ser, el reconocimiento de que en última instancia todo lo que creíamos que nos definiría en nuestras identidades es transitorio, temporal y poco fiable. En la medida de lo posible, intento conectar con la experiencia, los conocimientos especializados, las necesidades y las penurias (siendo dolorosamente consciente y admirativamente respetuosa del enorme desafío que supone hacerlo, a nivel personal y también para nuestras sociedades). Pero lo que hace que mi mente dé un vuelco es ver la simplicidad: me inclino ante quienes aceptan la esencia del ser tal como es. No puedo sino sentir afinidad con unos seres humanos que afrontan su propia naturaleza, porque yo también me refugio de vez en cuando.

Para quienes sienten inclinación por los textos budistas, Patrul Rinpoché cita este texto del Sutra inmaculado: «Si todo el mérito de refugiarse adoptara una forma física, no bastaría el espacio entero, totalmente lleno, para contenerlo» y Dilgo Khyentse Rinpoché escribe: «El refugio es la base y el punto de partida. Cuando se comprende su significado de forma más profunda, es también la meta última, la realización del Buda interior.» Para quienes tienen predilección por los versículos de la Biblia, David dice: «Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte, mi refugio, que me salvas de los violentos.»[1] Para quienes disfrutan del lenguaje del Corán, así se describe el día de la resurrección: «[…] cuando la vista se nuble por el miedo, y la luna se oscurezca, y el sol y la luna sean unidos, ese Día exclamará el hombre: “¿Adónde huir?” ¡Pero no: no habrá refugio! ¡Junto a tu Sustentador estará ese Día el destino final.»[2] O, si ninguno de estos textos le resuenan, recuerde simplemente lo que el filósofo del siglo XVI Michel de Montaigne hizo inscribir en su refugio personal, su torre en la Dordoña: «À sa liberté, à sa tranquillité et à son loisir».[3]

Que todos encuentren refugio.

 

Sobre la autora: Anja nació en Hamburgo, se educó en el mundo académico, se preparó en consultoría de alta dirección en McKinsey & Company, y actualmente asesora a ejecutivos del ámbito empresarial, ONG y la esfera pública. Estudia desde hace tiempo yoga y meditación, es la orgullosa madre de un niño de cinco años y autora del blog Bucketrides sobre liderazgo, sostenibilidad y todo lo humano. Otros artículos de la misma autora en Levekunst.

 

Anja Hartmann, Because I Too Take Refuge, publicado el 15 de septiembre de 2015 en Levekunst art of life

[1] Samuel 2, 22, 2-3 (traducción de la Nueva Biblia Española).

[2] Sura 75, 7-12 (traducción al español tomada de esta fuente).

[3] «A su libertad, su tranquilidad y su ocio.»

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