Maternidad: el camino de convertir las palabras en hechos || Heather Sanche

Adelaide cuando tenía uno o dos meses.

Adelaide cuando tenía uno o dos meses.

Mientras mi esposo y yo esperábamos el nacimiento de nuestra hija hace nueve meses, pasé mucho tiempo de mi embarazo contemplando cómo iba a incorporar en mi estilo de crianza mis aspiraciones como madre, casi veinte años de experiencia como profesora y mi disciplina continua como practicante budista. Me encontré reflexionando sobre mi época universitaria en el Instituto Naropa, donde estudié Educación Contemplativa de la Primera Infancia. En mi trayectoria como enseñante he trabajado en muchas culturas de todo el mundo donde se empleaban y se necesitaban estilos y enfoques diferentes, pero siempre volví al principio fundamental que aprendí en Naropa: que los niños de corta edad aprenden de lo que somos y hacemos, y no de lo que decimos. Es el ser interior y la mentalidad de los padres, maestros y cuidadores lo que toman como modelo. Creo que fue Carl Jung quien mejor lo expresó: «Los niños son educados por lo que el adulto es y no por sus palabras».

Como aspirante a seguir el camino del Buda, empecé a mirar con más atención mis propias «palabras» y traté de ser muy sincera conmigo misma sobre si se traducían en hechos o eran meras palabras, porque ese parecía el lugar más básico para empezar a integrar mis esperanzas para la maternidad y mi formación como educadora y meditadora. Empecé a hacer listas con mis «credenciales» como practicante para demostrarme a mí misma que estaba convirtiendo realmente mis palabras en hechos. ¿No me había ordenado en Birmania, había hecho solo dos comidas al día y me había sentado haciendo meditación shamatha (morar en la calma) entre ocho y diez horas al día en medio de un calor sofocante? ¿No tenía en las piernas una fina línea de sal del sudor evaporado, como si alguien hubiera trazado su perfil con tiza en mi pequeña estera de vinilo, fina como el papel, al final de cada jornada? ¿No había seguido a mi maestro por todo el mundo escuchando sus enseñanzas sobre el budismo vajrayana mientras hacía todo lo posible para aplicar cada una de sus palabras, llevando sus maletas siempre que surgía la ocasión? ¿No me había retirado en los bosques infestados de garrapatas, arañas y sanguijuelas venenosas de Australia durante tres años para meditar? No hay duda de que todos estos retiros y experiencias significaban automáticamente que había hechos y no sólo palabras, ¿no?

Ahora, debido a la experiencia increíblemente aleccionadora de llevar a otro ser humano creciendo en mi interior, surgía una valentía auténtica y pude examinar de verdad mis experiencias. Con un poco de vergüenza, tuve que reconocerme a mí misma que no, que en realidad todas estas experiencias e intentos de «ser una buena budista» no significaban automáticamente que estaba convirtiendo las palabras en hechos. Y aun así, estoy recorriendo un camino espiritual y eso me ha permitido empezar a cultivar unas herramientas muy concretas que me han ayudado a crecer como maestra de niños pequeños, como esposa y como miembro de la comunidad. Y ahora estoy descubriendo que estas mismas herramientas me son inestimables como nueva madre.

La meditación es una técnica para abrirse al espacio y dentro de ese espacio surgen todo tipo de sensaciones, emociones y pensamientos. Cuando se está meditando, la idea es descansar y relajarse en lo que surge sin agarrar, apegarse ni rechazar nada. El meditador reposa sin más y permite que todo surja y se disuelva al mismo tiempo que mantiene una sensación de consciencia del espacio físico en el que está sentado. Durante el parto me encontré volviendo una y otra vez a esa sensación de estar reposando sin más, dejando que las oleadas de dolor surgieran y cayeran. Ese fue mi primer paso para ser madre y convertir las palabras en hechos. Maria Montessori, en su obra seminal La mente absorbente del niño, escribió sobre su descubrimiento de que la educación es un proceso natural, espontáneo, que no se adquiere escuchando instrucciones sino a través del modo en que el niño actúa sobre su entorno y se relaciona con él. La educación desde una perspectiva contemplativa consiste en permitir al niño la libertad para explorar a su propio ritmo y según sus inclinaciones. Durante el parto, mientras empujaba, tuve mi primera oportunidad de aplicar estas enseñanzas. Casi en los momentos finales, justo antes de que la cabeza de mi hija coronase, mi médica me pidió que pusiera mi atención en su voz. Así lo hice y en un momento determinado, cuando dijo que esperase, pude sentir a Adelaide moviendo por sí misma la cabeza en el canal del parto. Fue impactante; no había esperado sentirla moviéndose así. Allí estaba, serpenteando y moviéndose, relacionándose conmigo y con el entorno, ansiosa de llegar al mundo. Sentí que a través de la práctica de la atención plena había podido detenerme en el momento crucial del parto para darle a Adelaide la oportunidad de explorar a su propio ritmo.

Desde esos primeros momentos de su llegada al mundo, muchos de mis amigos en el Dharma me han pedido que hable de algunas de mis experiencias como nueva madre. Hay tantos pequeños momentos y detalles que se han sucedido desde su llegada ese día de cielo azul y claro de septiembre que es difícil plasmar esos diminutos tesoros en palabras. Pero, en muchos aspectos, son justo esos momentos los que definen en qué consiste ser una madre budista. Es la práctica en sí y el cultivo de la atención plena los que me han dado la oportunidad de darme cuenta de esos momentos que tanto valoro. No son sólo los grandes momentos —la primera sonrisa, el primer arrullo, la primera vez que se sentó sin ayuda o incluso la primera vez que balbuceó «mamá»— los que representan realmente la maternidad en su máxima expresión. Aunque esas grandes primeras veces son muy especiales, como practicante, para mí se trata del despliegue diminuto, casi imperceptible, de la personalidad de mi hija. Lo ideal es que mi mente no esté dividida, pensando en la colada o en fregar los platos cuando la sostengo, le doy de mamar o le cambio los pañales. O, para ser más sincera, cuando mi mente está dividida y mi atención vacila entre pensamientos de lo que tengo que hacer después y dónde estoy en ese momento, puedo aterrizar simplemente dentro del momento y dejar ir los pensamientos ajenos. Es un gran regalo poder darse cuenta de cuándo la mente ha vagabundeado y luego estar presente sin más.

Ahora que soy madre, ya no tengo tiempo para la práctica de la sadhana larga que hacía antes. En cambio, uso las actividades cotidianas de la maternidad como ancla para la atención. Por ejemplo, cuando estoy cambiándole los pañales a Adelaide, conecto con mi respiración y luego me tomo un momento para mirarla de verdad sobre el cambiador, charlar con ella sobre lo que estamos a punto de hacer y hablarle durante toda la experiencia. Adapto mi mente a la tarea de limpiarle el trasero y cambiarle el pañal como si eso fuera mi respiración y estuviera sobre mi cojín. Cuando reduzco la velocidad dentro de estos momentos ordinarios, se hace evidente que son regalos extraordinarios. Mientras está sobre el cambiador, sonreímos y conversamos y empezamos el lento proceso de ir conociéndonos. Si no estuviera dispuesta a estar presente y a trabajar en estar presente me perdería estos pequeños momentos. Esto no quiere decir que pueda estarlo todo el tiempo; cuesta trabajo estar presente mientras cambio pañales o doy de mamar. Es el trabajo más arduo, pero también el más gratificante que he hecho en mi vida.

Ahora, en el noveno mes de nuestra hija, mi práctica formal es muy diferente de cómo era hace diez meses. Descubro que cuando me voy a la cama, dedicar solo dos minutos a sentarme erguida y asentar la mente con la práctica de shamatha-vipashyana antes de dormir es inestimable. No podría usar el cambio de pañales como objeto de meditación si no usara la práctica formal como base. No me deslizo sin esfuerzo por mi vida de nueva madre como si estuviera flotando rodeada de arcoíris, consciente todo el tiempo. Incluso antes de sentarme a escribir justo ahora estaba cambiando a Adelaide y pensando anticipadamente en cuándo podría tener un momento para sentarme a teclear… ¡y me di cuenta de que le estaba poniendo las medias al revés! Es exactamente en momentos como este cuando mi mente vuelve con un chasquido al presente y una vocecita dice: «Ajá, estoy aquí», confirmando que la atención plena es un proceso de despertar constante y que la maternidad proporciona una serie infinita de oportunidades de estar presente en el momento. A medida que se van desarrollando nuestros días juntas, me doy cuenta de que no necesito tener una idea preconcebida del tipo de madre que quiero ser para Adelaide; por el contrario, me doy cuenta de que estando presente, responderé naturalmente a cada momento individual lo mejor que pueda con la herramienta de la consciencia espaciosa. Rara vez es perfecto, pero esas imperfecciones y vagabundeos momentáneos en la falta de atención son un regalo que me recuerdan que esté consciente y presente una y otra vez.

 

Heather Sanche, Walking the Motherhood Walk , 12.06.2015 en Buddhistdoor Global. Este es el primer artículo de la columna que Heather Sanche escribe todos los meses sobre crianza budista para Buddhistdoor.

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4 respuestas a Maternidad: el camino de convertir las palabras en hechos || Heather Sanche

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  4. Elvira dijo:

    Muy interesante. No soy budista, pero pronto hará un año que medito a diario y es la mejor decisión que podía haber tomado. Saludos

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