¿De verdad o de mentira? Una historia personal || Patricia Anderson

Ganesh

Ganesh dorado, Hedy Klineman, serigrafía, hoja metálica y pintura acrílica sobre lienzo con marco tallado antiguo tibetano, 1994. Cortesía de Joanne Todaro para Tricycle.

Al poco de empezar, en la película Kundun, de Martin Scorsese, hay una escena en la que el niño rey está asustado. Solo en su cama en los recovecos interiores del Potala, el joven Dalai Lama oye ruidos. Una gran rata se escabulle entre las sombras. El niño llama a gritos a su madre. Entra su tutor y se sienta a su lado. El niño dice: «No me gusta estar aquí» y el lama asiente: «Sí, es un sitio viejo y oscuro». Luego le dice al niño que mire a las deidades cuando tenga miedo y el niño señala una tangka en la pared del fondo, preguntando:

—¿Quién es esa?

—Palden Lhamo, una deidad especial para protegerte a ti y al gobierno del Tíbet.

El niño levanta la mirada hacia el lama y pregunta:

—¿Es de verdad o de mentira?

—Es de verdad —la respuesta llega sin vacilación—. Es de verdad.

La primera vez que vi la película, este momento hizo que se me formase un nudo en la garganta porque estaba luchando con la misma pregunta. ¿Qué son las deidades? No, o sea, en serio. Cuando me invade el miedo en mitad de la noche, ¿puede una deidad protectora dar consuelo? ¿Es una emanación del cuerpo de arcoiris algo que existe realmente? ¿Es mi creencia lo que lo hace real? ¿No se parece mucho a Santa Claus?

Cuando apartaba lo que se suponía que tenía que pensar y simplemente decía lo que sentía, tenía exactamente la misma pregunta que cualquier niño de seis años.

Tara. Las dakinis. Vajrapani. Los tres protectores de la orden gelugpa: Mahakala, Yamantaka y Palden Lhamo. ¿De verdad o de mentira?

El budismo me atrajo originalmente por su pragmatismo. Me enamoré de esta tradición cuando me di cuenta de que su postulado básico empezaba diciendo esencialmente: «La vida es una mierda y luego te mueres, así que ¿de qué va todo esto?» Eso era la religión para mí. Este era un marco que podía usar para examinar mi experiencia real. Lejos de la promesa de una quimera en el más allá, se trataba de lidiar con el miedo que sientes cuando te das cuenta de que nada te va a salvar el pellejo. Cuando empecé a estudiar con Chogyam Trungpa Rinpoché en la Cola del Tigre (actualmente Karme Choling), se hacía hincapié en afrontar la realidad de tu vida y tu situación. La enseñanza, y la vieja granja de Vermont donde se impartía, carecía en general de las manifestaciones de la cultura tibetana. Trungpa Rinpoché usaba ejemplos e ilustraciones occidentales, respondía a las preguntas de forma muy práctica y hablaba de los peligros del «materialismo espiritual», como la trampa de confundir experiencias «alucinantes» con la realización. Todo esto tenía sentido para mí. Yo no buscaba visiones, sino una respuesta real a la ansiedad y la incertidumbre de mi vida.

Y allí estoy yo, sentada en Vermont escuchando a este tibetano vestido con un jersey de cuello alto, que dice que la comprensión espiritual está arraigada en los aspectos más básicos de tu vida, en fundamentos como cagar y mear y no en las ridiculeces infundadas del New Age y la seducción de las experiencias místicas. Por desgracia, tengo problemas para concentrarme en lo que está diciendo porque la luz que le rodea me ciega, unas bandas de cristal de color llenan el espacio que hay entre nosotros y la cualidad auditiva de las palabras ha cambiado. En un momento dado de esa quincena vi todo el panteón tántrico desplegarse por una ladera nevada de Vermont en una calidez dorada y brillante, acompañada de una especie de sonido vibratorio. Y estaba totalmente limpia. Nada de drogas, de alcohol, de ayuno, de aislamiento, nada que indujera un estado alterado, sólo yo, pelando patatas, intentando caminar con atención y teniendo una visión increíble detrás de otra.

Me acuerdo en especial de una mañana temprano, estaba en un pasillo del piso de arriba del edificio principal cuando Rinpoché abrió la puerta del despacho y salió al pasillo. Me miró y yo me puse de pronto nerviosa y solté automáticamente con voz chillona un «hola» y él me respondió: «hola» y una luz resplandeciente y blanca que salía de él llenó mi campo visual mientras la palabra cambiaba de forma como si pudiera verla. Rinpoché empezó a alejarse y la luz se extinguió y el sonido se desvaneció, y entonces se dio la vuelta y me miró mientras yo permanecía allí de pie, anonadada. Ahora podía verle la cara con claridad y sonrió y guiñó los ojos con auténtico placer, el tipo de placer que sientes cuando ves a un niño atónito que contiene la respiración ante un truco de magia especialmente bueno, atónito ante una nueva visión de las cosas y maravillado por las posibilidades que de pronto se abrían ante él. Me sentí llena de felicidad. Ahora sabía que había mucho más que mi propio y pequeño sentido de las cosas. Vi la consciencia en juego en el espacio.

¿Y qué se hace con esas experiencias? ¿Son desequilibrios químicos del cerebro o flashbacks de ácido? ¿Un síntoma de psicosis? ¿O quizá un fenómeno de la física, como la aurora boreal, pero dentro del campo electromagnético que existe entre los seres humanos?

Sea lo que fuere, me quedé con una nueva visión de lo que era posible, una visión más amplia y viva de mí misma y del mundo. Fue, a falta de una palabra menos desacreditada, inspirador, y el resultado iba a impulsarme a estudiar y practicar.

Y eso fue todo. Me fui a casa y me sumergí en las dificultades ordinarias de encontrar la disciplina para sentarme con regularidad y la habilidad de incorporar lo que estaba aprendiendo a mi vida cotidiana. A medida que profundizaba en mis estudios, aprendí más sobre las deidades, toda la serie de dioses, consortes, lamas, yoguinis, dakinis, emanaciones de esto y emanaciones de aquello. Entrar en un linaje tibetano se parece a veces a entrar en una jerarquía bizantina sobre psicodelia o a un juego de ordenador realmente bueno con valores de producción muy altos.

Empecé a darme cuenta de que los tibetanos le rezan a las estatuas de Tara como los católicos le rezan a las estatuas de la Virgen María. Eso se me hacía incómodo, retrógrado, como algo de lo que intentaba alejarme. Decidí que era algo cultural, «budismo popular», derivado de las tradiciones anteriores al budismo y de las convenciones sociales.

Yo me sentía más cómoda con la idea de que estas deidades representaban aspectos de la experiencia humana o de la mente despierta, no seres reales. O quizá habían sido una vez seres humanos históricos reales que habían sido muy buenos practicantes y ahora, después de todos estos años, los adoraban y se habían convertido en dioses o santos, como lo que la gente suele hacer con sus héroes. Buscando un salvador o algo así. Para mi mente, la trikaya —el término que hace referencia a los tres cuerpos que posee un buda que se manifiesta en el mundo— era una metáfora de los principios del budismo, una personificación de las enseñanzas, de nuevo, para los más sencillos. La gente necesita algo con lo que identificarse, a lo que recurrir, a quien rezar. Creía que mi experiencia en la Cola del Tigre estaba en esa línea. Entonces era más ingenua. Ahora era una practicante madura. Pensé que entendía el rigor del «no hay escapatoria».

Entonces, hace varios años, empezó a pasarme. Empecé a ver a Ganesh. No me refiero a representaciones de Ganesh, me refiero a Ganesh, el Hijo de Shiva de muchos brazos y cabeza de elefante, el dios de la sabiduría que elimina todos los obstáculos. Es imposible describir una experiencia así y no voy a intentarlo; por su propia naturaleza trasciende el lenguaje. Pero permítanme decir que lo que sucedió era algo más que mi propia proyección. Era una especie de combinación de mi percepción y su existencia.

Al mismo tiempo que tenía esta experiencia hubo un cambio en mi comprensión. Tuve un atisbo de algo que para era mí nuevo, una delicadeza, un ablandamiento. Estaba vislumbrando la posibilidad de que tal vez había entendido mal algo, de que había confundido cierta dureza con la disciplina, la abnegación con el rigor, una implacable autocrítica con la claridad.

Pero es difícil deshacerse de los viejos hábitos. Aunque entendía el concepto de delicadeza, no sabía cómo hacerlo. Yo quería el control sobre mi miedo. Quería conquistarlo. Quería el control de la persona que yo pensaba que era. No confiaba en lo de ablandarse.

Ganesh siguió apareciendo. Empecé a preguntarme por el síndrome del amigo invisible, por un trastorno de la personalidad. ¿Empezó así el Hijo de Sam? Imaginé los titulares: «Un elefante le dijo que llevara un M-16 al edificio del Congreso».

La visualización como foco de atención para la meditación era una cosa, esto era distinto. Por otra parte, si iba a tener conversaciones reales con un representante etéreo de las enseñanzas, debería ser alguna fantástica yoguini tibetana. Pero este era un mahadeva hindú y no se iba.

Acudí a mis maestros, Khenchen Palden Sherab Rinpoché y Khenpo Tsewang Dongyal Rinpoché. Fui compungida. Dije: «Bueno, estoy teniendo esta experiencia, pero intento no prestarle atención». Ellos se rieron. De mí, no conmigo.

Me explicaron la diferencia entre que el hecho de que no hubiera escapatoria y que no hubiera respiro. Hablaron de la necesidad de la delicadeza hacia uno mismo así como hacia los demás. Explicaron que Ganesh, aunque en Occidente es conocido como una deidad hindú, también tiene un lugar en el panteón tibetano. En el Tíbet es Tsog Dag, un dharmapala («herramienta del Dharma»). Con mucha bondad y tacto, los lamas dijeron lo que dicho sin rodeos sería algo así como: «A caballo regalado no le mires los dientes» y «tienes suerte de pensar como una niña».

Cuando le dije a Khenchen Palden Sherab que tenía miedo de que mis visiones de Ganesh significaran que era incapaz de comprender los niveles sutiles de las enseñanzas, el lama me respondió:

—No te preocupes tanto. No puedes ser otra persona; sólo puedes ser esta persona que ha visto a Tsog Dag. Comprender esto es muy importante. Aceptarte, aceptar lo que la vida te ofrece es muy importante. Todo lo demás es aspiración y deseo, que crea sufrimiento. Si crees que deberías ser otra persona, alguien que no necesita nada, sufrirás por ello. Acepta el hecho de que vives en este mundo y tienes necesidades. Medita y estudia y usa la ayuda que surge para ti.

Yo había confundido realidad con dureza. Al haberme educado en una tradición puritana, con los años había convertido la enseñanza de la «vacuidad» en una tiranía disfrazada de disciplina. Me había esforzado mucho en tratar de «hacerlo bien», convirtiendo mi práctica en otro requisito más que no podía cumplir adecuadamente, en otra razón para la autocrítica. Y había perdido mi respeto por la naturaleza inexplicable de la experiencia, por lo que trasciende «lo racional». Había perdido de vista todas esas posibilidades que había atisbado más de veinticinco años atrás.

Cuando dejé de tratar de ahuyentarle, Ganesh me mostró que asumir la responsabilidad de mí misma exige de hecho delicadeza. Me mostró la diferencia entre abandonarse y abandonar. Me mostró lo que significa realmente aceptación.

Se suele llamar a Ganesh «el que elimina los obstáculos» y este es sin duda uno de sus atributos históricos. Pero las tradiciones hindúes del shaivismo y del shaktismo, y el maestro tibetano Longchenpa enseñan que podría entenderse mejor como el que da poder al despliegue, como el karma que se manifiesta; y este despliegue no está necesariamente dentro de las limitaciones de lo que percibimos como «bueno» y «malo». No está restringido por nuestro deseo. En otras palabras, no es una deidad que concede nuestros deseos, es una deidad que concede, punto. Ganesh representa el universo que se despliega por completo: el Holocausto y también tu Idaho privado.

Esta distinción no es simplemente un detalle de interpretación. Creo que comprender esto, comprenderlo de verdad, es la clave para evitar el engaño. Uno no se acerca a la deidad con una petición o una exigencia. Se acerca con vulnerabilidad, como se acercaría a un amante o a un verdadero amigo. Esa apertura es el mayor regalo de intimidad y confianza, es tu ofrenda, la clave. No se trata de rezar por lo que quieres, se trata de entregarse a lo que es, entregarse al hecho de que no hay realmente escapatoria de la vulnerabilidad.

Caminamos en medio de mundos y fuerzas invisibles. Ondas acústicas, ondas electromagnéticas, el universo subatómico, el aura humana, la famosa sopa cuántica. Todo esto son ejemplos de cosas reales que no vemos. No sólo sí existen, sino que repercuten en nuestra vida continuamente, nos influyen, nos afectan todo el tiempo.

La compasión también es real, es algo físico y sólido, tan poderoso como la gravedad, y afecta al resultado, convierte una cosa en otra. La compasión, y la falta de compasión, nos afecta todo el tiempo. Si rastreamos el miedo que sentimos en mitad de la noche llegaremos a la ausencia de esta «fuerza».

Cuando no se genera suficiente compasión (hacia nosotros mismos como personas o en el mundo en general), nos desequilibramos; sufrimos por ello como sufriríamos por la falta de aire fresco y agua limpia. No es un elemento secundario, sino obligatorio. No sobreviviremos sin ella.

Del modo más maravillosamente irónico, la compasión se genera desde la vulnerabilidad. En la oscuridad de la noche, cuando surge el miedo, si acudo a la deidad con entrega total, hay un ablandamiento y una aceptación de las que surge la compasión y aparece el consuelo. En otras palabras, se trata de abandonarse y soltar. Es el mismo acto, la misma entrega. Se acabó, ya está, has terminado. En ese momento sabes que no hay escapatoria, no había escapatoria en el pasado, ni la hay ahora ni la habrá en el futuro, no hay escapatoria en la mente. Sólo hay lo que es.

Lo que he aprendido de Ganesh ha cambiado mi conciencia. Esto, a su vez, ha cambiado mi realidad. ¿Hasta qué punto es eso real? Es tan real como yo. Tan real como los pepinos y los quarks y los agujeros negros y la mantequilla y tú y yo y el mundo que nos hemos creado.

El Buda enseñó que la verdadera naturaleza de la realidad está intrínsecamente vacía, que vivimos en una telaraña de proyecciones, una enorme red de «mentiras» dentro de la cual luchamos y sufrimos. Cada uno de nosotros encuentra su propio camino a la consciencia a través de esta jungla de proyecciones. Para mí, Ganesh ha considerado apropiado aparecer delante de mí, concediendo consuelo en mitad del enredo.

Quizá algún día la física cuántica descubra una «prueba» que explique las deidades. Mientras tanto, voy a aceptar la herramienta del Dharma que me ha dado mi vida: Ganesh, Tsog Dag, Ganapati, Señor del universo que se despliega con todo su dolor y su placer, y solaz para mi corazón dolorido. De verdad de la buena.

Patricia Anderson, escritora, vive en el norte del estado de Nueva York. Su último libro es All of Us, Americans Talk About the Meaning of Death (Dell Publishing). En la actualidad trabaja en un libro sobre el dinero.

Texto original en inglés.

Imagen: Ganesh dorado, Hedy Klineman, serigrafía, hoja metálica y pintura acrílica sobre lienzo con marco tallado antiguo tibetano, 1994. Cortesía de Joanne Todaro para Tricycle.

Esta entrada fue publicada en Testimonios y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Gracias por comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s