Estar presente con la repugnancia: Una historia sobre la hora del baño || Heather Sanche

Adi a los dos meses

Adi a los dos meses

Hace años, en la remota costa norte de Bali, rodeada de ranas que llenaban el aire de una ensordecedora cacofonía de canciones, recibí las seis enseñanzas de la dakini de la renombrada yoguini tibetana Machig Labdrön (1055-1149), de quien también se cree que es la reencarnación de la gran Madre de la Sabiduría, Yeshe Tsogyal (Yeshe Tsogyal fue una de las consortes de Padmasambhava, que introdujo el budismo en el Tíbet en el siglo VIII). Estas seis enseñanzas o consejos son desde hace años una fuente de inspiración para mí, pero hasta ayer por la mañana no pude aplicarlas realmente a la maternidad.

El primero de los seis consejos que el siddha indio Padampa Sangye (m. 1117) dio a Machig Labdrön es: «Acércate a lo que te parece repugnante». Durante años pensé que era una valiente por ir a propósito hacia cosas y experiencias repugnantes: había comido un plato de abejorros recién fritos cuando me lo ofrecieron en una aldea aborigen de la Taiwán rural; me había sentado en cafés al aire libre en Indonesia donde las cloacas pasaban justo bajo mis pies, sonriendo y fingiendo disfrutar de mi batido de mango. Había buscado experiencias para demostrarme a mí misma que estaba yendo hacia cosas que mi mente calificaba de repugnantes. Pero ahora me he dado cuenta de que hay una gran diferencia entre elegir ir hacia lo que considero repugnante y encontrarme cara a cara con la repugnancia interior y no poder escapar. Si el olor de las cloacas se hubiera hecho excesivo, siempre habría podido levantarme y marcharme. Pero afrontar una repugnancia profunda sin una vía de escape es algo totalmente diferente.

Adelaide en la bañera

Adelaide en la bañera

Hay días en los que parece imposible sentarse unos minutos a escribir. Esos días, ducharme y lavarme los dientes se convierten en un logro considerable. Y ayer fue precisamente uno de ellos. A Adelaide le están empezando a salir los dientes y no podía tranquilizarse para dormir su siesta matutina, que es cuando suelo tener unos minutos para mí para darme una ducha. Mi plan alternativo es meterla en la bañera mientras me ducho. Normalmente, si está inquieta, un rato de juego en el agua le devuelve su animación y su alegría habituales. Pero ayer, cuando me estaba duchando, Adi dejó de jugar y me miró con una de sus caras serias. Segundos después, salieron unas burbujas del agua. En mi ingenuidad pensé: «Ah, gases, por eso estaría tan inquieta», y seguí con mi ducha. A continuación, allí estaba lo evidente: Adi había hecho una caca enorme en la bañera y estaba agarrando la porquería verdosa con las dos manos, ansiosa de ofrecerla en el espíritu del segundo de los seis consejos: «Regala todo aquello a lo que tengas apego».

Muchos amigos se ríen de sus «historias de cacas» y dicen que para cuando tu hijo vaya al parvulario seguro que tienes algunas geniales. Pero mientras salía apresuradamente de la ducha con la espuma del champú cayéndome en los ojos, empapada, helada y desnuda, no tenía ningunas ganas de reírme ni de pensar en lo divertida que era toda la situación. De hecho, lo que quería era llorar. Teniendo en cuenta el tercer consejo, «revela tus faltas ocultas», he de confesar que me encantan mis duchas, sobre todo las calientes, y cuanto más largas y prolongadas mejor. No me siento realmente capaz de salir a enfrentarme al mundo si no me he duchado por la mañana. Incluso cuando era monja en Birmania me duchaba todas las mañanas, aunque fuera con un cubo de agua en un barreño de plástico, pero parecía una ducha y hacía mis días más soportables.

Y ahora, allí estaba ella, mi preciosa bebé, sentada en un baño tibio de su propia caca, y yo quería llorar y echar a correr y tener unos minutos para mí para terminar mi ducha, ¡MI ducha! Mientras me inclinaba y empezaba a vaciar la porquería, pensé: ¿Qué pasaría si toda esta caca obstruye las tuberías? ¿Y si se le mete en los ojos? ¿Y si ha comido algo mientras yo no miraba? ¿Y si se pone enferma? ¿Y si, y si, y si…? Y entonces resplandeció lo inevitable en mi mente: tenía que tocar a la niña y tocar la caca y limpiar toda la porquería. Ella me miró con ojos de asombro y total inocencia mientras yo me esforzaba en aceptar los consejos cuatro y cinco: «Ayuda a quienes crees que no puedes ayudar» y «Ve a los lugares que te asustan», y me di cuenta de que no había salida, ningún plan de huida. Pero sí podía tomar una decisión: podía dejar que mi mente derrapara con todo tipo de pensamientos sobre lo asqueroso que era todo aquello o decidir permanecer presente, soltar la idea de una ducha tranquila y, en su lugar, ser una madre y lavar amorosamente la maloliente porquería de Adelaide y del cuarto de baño.

El último consejo, y el más directo, es: «Si no te aferras a tu mente, encontrarás un estado de ánimo fresco». Bueno, después de limpiar el baño de caca de Adelaide no me sentía muy fresca que digamos, y pasé el día tratando de olvidar la imagen de las preciosas manitas de Adi agarrando ávidamente su caca y ofreciéndola con una sonrisa que no era ni de delicia ni de repugnancia —sólo una simple sonrisa— en su cara radiante. Me había aferrado a una de mis mayores debilidades, una ducha caliente, y aquí tenía de nuevo una ocasión para volver del apego y el aferramiento al yo y descubrir una nueva oportunidad de estar presente. ¿Qué más podía pedir como aspirante a seguir los pasos de las grandes yoguinis del pasado? Ellas vivían en los osarios de su época, ¿y quién va a negar que una bañera llena de caca es una especie de osario de esta época? Puede que deje de salir en busca de situaciones que evoquen la sensación de repugnancia, pero estoy segura de que mi situación doméstica cotidiana ofrecerá muchas oportunidades para aplicar los seis consejos.

Heather Sanche, Being Present with Revulsion: A Bath-time Story…, en Buddhistdoor Global. Este es el tercer artículo de la columna que Heather Sanche escribe todos los meses sobre crianza budista para Buddhistdoor. En las próximas semanas publicaremos aquí la traducción de los dos anteriores.

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3 respuestas a Estar presente con la repugnancia: Una historia sobre la hora del baño || Heather Sanche

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