Tocando el despertar (segunda parte) || Reginald Ray

reggie_ray¿QUÉ CONLLEVA meditar conectados con el cuerpo y habitar el cuerpo en nuestra práctica? Inicialmente estamos hablando de prestar atención de verdad al cuerpo de un modo directo y no conceptual. Esto conlleva un trabajo muy enfocado que exige regularidad y un compromiso a largo plazo. De hecho, yo diría que una vez que comprendemos en qué consiste meditar con el cuerpo, entramos en un camino que se desplegará durante toda la vida. Al mismo tiempo, el impacto experiencial del trabajo se siente de inmediato, por lo que hay una confirmación de que estamos haciendo lo correcto y una confianza natural en el proceso que empieza a desplegarse.

Meditar con el cuerpo conlleva aprender, a través de diversas prácticas, cómo residir plenamente dentro de nuestro cuerpo. Lo que hacemos no es tanto aprender una técnica —y, desde luego, no aprendemos a hacer algo—, como reajustar la distancia focal y el ámbito de nuestra conciencia. De este modo llegamos gradualmente a una consciencia que en realidad está en nuestro cuerpo y no en nuestra cabeza. No es algo que aprendemos a hacer, sino un modo de aprender a ser de otra forma.

En las enseñanzas del yoga tibetano se nos indica que usemos la respiración para avanzar. El yoga tibetano habla de la respiración externa —nuestra respiración normal— y también de la respiración interna —nuestra fuerza vital o prana—. La respiración externa contiene a la interna igual que la vaina contiene el fruto. Cuando llevamos nuestra atención a la respiración externa, accedemos a nuestra respiración interna, a nuestro prana, que irá a la parte del cuerpo a la que dirigimos nuestra atención.

Según las enseñanzas tibetanas, podemos llevar con rapidez y fuerza nuestro prana a cualquier lugar del cuerpo visualizando que llevamos hasta allí el aire al respirar. Podemos hacerlo visualizando que llevamos la respiración al interior del cuerpo desde fuera, a través de la piel, por ejemplo; o visualizando que llevamos el aire directamente a un lugar, como el interior del bajo vientre. Y aquí está la clave: el prana va a donde va nuestra atención, y el prana lleva la consciencia directamente a ese punto. Al dirigir el prana, podemos llevar la consciencia a cualquier lugar del interior de nuestro cuerpo.

Al empezar, por ejemplo, ponemos la atención en el abdomen o en el centro del corazón o en nuestras extremidades, en los pies o en los dedos de las manos o de los pies. Aunque al principio parece que llevamos la atención a esos lugares, con el tiempo empezamos a sentir que lo que ocurre realmente es que esos lugares ya son en sí mismos conscientes y que estamos sintonizando con una consciencia que ya existe, no solo en esos sitios concretos, sino en todo el cuerpo. Empezamos a desarrollar mayor sutileza, y poco a poco vamos siendo conscientes de nuestros tendones y ligamentos, de pequeños músculos en lugares apartados, de nuestros órganos, de nuestros huesos, de nuestro sistema circulatorio, de nuestro corazón, etc. Con esta práctica se produce lentamente una especie de cambio de énfasis, de la forma en que somos conscientes como personas. Normalmente predomina en nosotros una «conciencia diurna», que la mayoría de la gente experimenta en la parte frontal de la cabeza, dirigida hacia lo que queremos o pensamos hacer conscientemente en nuestra vida. Este tipo de conciencia es en realidad una forma de estar muy centrados en lo que pensamos, de traer a la consciencia las cosas que en cierto modo son importantes para el proyecto del «yo».

Pero cuando se nos pide que llevemos la atención al cuerpo, empieza a ocurrir algo diferente. A menudo, cuando empezamos a hacer esta especie de trabajo interno, no sentimos nada en absoluto. Algunos sentimos que ni siquiera tenemos cuerpo. Pero a través de las prácticas empezamos a ver en la oscuridad, por así decir. Empezamos a ser conscientes de que se empieza desplegar un mundo mayor en los límites de la consciencia. Lo único que vemos a la luz del día es lo que queremos ver; cuando apagamos la luz por la noche, vemos lo que quiere ser visto, lo que es totalmente diferente. No es algo que podemos enfocar con nuestra conciencia interesada habitual, y no obstante, esta información empieza a llegarnos de un modo muy sutil. Descubrimos que el cuerpo quiere realmente ser visto en cierto modo. Esto es un descubrimiento sorprendente para muchos de nosotros. Nos cuesta imaginar que el cuerpo sea una fuerza viva, una fuente de inteligencia, de sabiduría; incluso algo que podemos experimentar como poseedor de intención. No podemos concebir el cuerpo como sujeto. Aunque empecemos con una ausencia de sensaciones o insensibilidad, a medida que respiramos, los lugares a los que llevamos el aire empiezan a dar señales de vida y podemos llegar a percibir alguna vaga sensación. Si seguimos llevando la respiración a diversos lugares del cuerpo, es probable que descubramos bloqueos y malestar. La gente suele encontrar dolores vívidos y un malestar de los que sólo eran conscientes subliminalmente o de los que eran totalmente inconscientes. A veces se dan cuenta de que tienen ganas de vomitar todo el tiempo. O sienten que están muy, muy tensos o duros en la parte inferior del vientre o en la garganta o en las articulaciones. Llegan a ver que nada fluye realmente y que hay ciertos lugares totalmente apagados. Sentimos algunos lugares blindados y muy duros, y otros increíblemente vulnerables, desprotegidos, temblorosos y débiles. Notamos un lado más corto o pequeño que el otro. Notamos un lado vivo y el otro, muerto. Todo está descabalado y eso nos llena de angustia. Queremos gritar o correr o saltar fuera del cuerpo. Este paso inicial conlleva conocer un cuerpo que siente un gran malestar, que contiene un montón de claustrofobia y un montón de dolor. A medida que se desarrolla nuestra consciencia, empezamos a darnos cuenta de que nuestra respuesta habitual —si bien subliminal— a nuestro malestar físico es un patrón inconsciente o apenas consciente de congelación: tensamos el cuerpo y nuestro yo a toda costa, temerosos y paranoicos, para no tener que sentir.

En este punto, se dan instrucciones al practicante para que reciba en su consciencia la información de esa tensión incómoda o incluso dolorosa sin comentarios, juicios ni reacciones. Entonces empezamos a notar que hay una zona de la tensión que destaca, como si estuviera presentándose con especial insistencia ante nosotros. Es evidente que quiere que la conozcamos, por encima de todas las demás posibles zonas. Además, viene con una tarjeta de visita muy concreta, un retrato particular de sensaciones y energía. Más que esto, la zona de tensión viene como una invitación: pide que la liberemos. Al principio puede que nos parezca doloroso y frustrante porque no sabemos cómo atender la llamada y hacer algo. Después de todo, la tensión es del cuerpo, ¿no?

Pero la invitación a soltar que se distingue en la propia tensión también trae una información fundamental: en realidad somos nosotros, nuestro propio consciente, la consciencia intencionada, focal, la responsable de la tensión en primer lugar. Lo que está creando esta sensación de congelación es algo que añadimos nosotros mismos. Cuando esto queda claro, empezamos a descubrir que tenemos la capacidad de asumir la responsabilidad de la tensión, de entrar en el cuerpo, de sentir que en realidad somos nosotros los que estamos aferrándonos. En este punto podemos, de hecho, soltar. Tenemos que abandonarnos, sentir que esa tensión desagradable es nuestro propio aferramiento paranoico y abrir, relajarnos, rendirnos y soltar. Esto implica un salto a lo desconocido. A veces, a medida que recorremos este proceso de descubrimiento, nos damos cuenta de que el propio cuerpo tiene un plan que quiere que sigamos. El plan empieza por alguna zona o parte del cuerpo que destaca hasta llegar a nuestra consciencia, presentándose con determinada energía, textura y comportamiento, alertándonos de nuestro aferramiento e invitándonos después al proceso de liberación y relajación. Lo interesante es que estamos tratando con algo que no somos nosotros, no es la mente consciente, no es como: «Vale, tengo un problema en la espalda. Voy a usar este trabajo con el cuerpo para resolverlo.» Eso es imponer nuestro plan al cuerpo. El cuerpo va a decir: «Ni hablar. Vamos a empezar por los arcos del pie. Aquí es donde vamos a empezar.» Y luego, al día siguiente son las pantorrillas, al día siguiente es el cuello y luego, al día siguiente o al mes siguiente, es bajo los omóplatos, bajo las clavículas, dentro del pecho. En otras palabras, el propio cuerpo es el que nos da la rutina. Nos da los protocolos y nos da el trayecto.

En este trabajo se nos pide que abandonemos lo que pensamos que queremos o necesitamos y escuchemos atentamente; se nos invita a entregarnos a las invitaciones que vienen del cuerpo a ser conscientes y a abrir, relajarnos y soltar. A través de ese proceso se produce un cambio gradual: pasamos de sentir que el cuerpo es un objeto o una herramienta de nuestro ego a darnos cuenta de que el cuerpo es la fuente de algo que nos llama constantemente con una voz primordial que reclama nuestra atención y nos implica en un proceso que nos parece extraordinariamente atractivo, aunque no podamos comprender del todo lo que está pasando.

Cuando la gente hace este trabajo con el cuerpo de forma concienzuda y profunda, todos los problemas personales que puedan tener se manifiestan somáticamente. Y lo hacen siguiendo el calendario del cuerpo y no el de la conciencia del ego. Es sorprendente lo literal que es a veces. Hay personas que tienen dificultades para expresarse y que sienten en cierto momento que las están estrangulando porque perciben que la energía se acumula en la garganta y no pueden moverse. Hay otras que no son conscientes de sus emociones y que experimentan una opresión en el corazón. Estas experiencias somáticas extraordinariamente literales pueden ser muy dolorosas y difíciles. Es evidente por qué nos insensibilizamos: ¿quién quiere sentir eso? Pero cuando comprendemos que este tipo de descubrimientos forman parte del proceso de recuperar el equilibrio, la energía; de la curación y de una relación más sana con nosotros mismos, la cosa cambia. Empezamos a confiar en el dolor que nos encontramos, y en los bloqueos, porque disponemos de herramientas en las que de algún modo confiamos en que nos llevarán al otro lado. En cada nueva experiencia llevamos la atención a nuestro cuerpo, sentimos el bloqueo, encontramos la invitación a soltar, renunciamos al aferramiento y experimentamos la relajación, la sensación de no saber y el espacio que se abre en consecuencia.

En este proceso nos familiarizamos nuestro cuerpo en formas siempre nuevas. A veces sentimos como si cada parte concreta del cuerpo se abre como una flor. Encontramos una sensación de vitalidad y de vida y energía en cada parte del cuerpo. Empezamos a darnos cuenta también de que cada parte tiene su propio perfil de consciencia, muy específico y único; su propia personalidad, por así decir: su propia verdad viviente. Tiene su propia razón de ser, su propia relación con el «yo» de nuestra conciencia consciente, y sus propias cosas que comunicar de forma continua. Con cada parte del cuerpo hay un todo un mundo similar que se abre y está allí para ser descubierto cuando empezamos a trabajar con él. Con cada nuevo descubrimiento, lo que somos se hace más profundo, más sutil, más conectado y más abierto y amplio. Y todo esto se despliega a partir de esa primera experiencia de insensibilidad.

CUANDO LE PREGUNTARON: «¿Cómo se agota el karma?», Chögyam Trungpa Rinpoché dijo simplemente: «Cuando las cosas aparecen en tu vida, las sientes por completo y plenamente y no te refrenas. Las vives hasta que se completan.» Esto se aplica a todo lo que surja para nosotros, no sólo a lo que es doloroso, sino también a lo agradable. Cuando sentimos dicha y felicidad, llegamos hasta cierto punto y luego nos retraemos porque nos asusta; quizá sea excesivo y sentimos que perdemos nuestra sensación del yo, o quizá tenemos miedo de que se escape. Esto es porque la verdadera dicha y la verdadera felicidad, quizá aún más que el dolor, son una negación del ego humano.

En las enseñanzas yogachara, dentro de la «conciencia almacén» —lo que nosotros llamamos el inconsciente— están todos los recuerdos, todas las experiencias que no hemos vivido del todo. Esta interpretación casa bien con el pensamiento psicológico moderno. El proceso del camino al despertar, como se puede demostrar desde los primeros textos, consiste en permitir que el contenido inconsciente de nuestra vida llegue a nuestra consciencia y permitir que la consciencia integre lo que descubrimos de nosotros mismos y del mundo. Según el budismo, el inconsciente es el cuerpo. Trabajando con el cuerpo del modo que estoy describiendo, podemos desbloquear y liberar todas estas experiencias y todas las cosas que se han experimentado de forma insuficiente y, por tanto, están retenidas en el cuerpo.

Por eso se dice en las tradiciones del yoga tibetano que el cuerpo contiene de hecho nuestro propio despertar. Hasta que no estemos dispuestos a vivir totalmente parte de la riqueza de información y emociones que se nos han ofrecido y hemos rechazado, nuestra consciencia seguirá atada y restringida. La forma de expresarlo en la tradición es que la experiencia de trabajar con el cuerpo desbloquea recuerdos e imágenes y emociones que se convierten en combustible. Este combustible crea un fuego en nosotros, un fuego de todo el dolor vívido e intenso contenido por estos aspectos rechazados de la experiencia. Ese dolor es un fuego que poco a poco quema la estructura de nuestro ego; es un infierno visceral. Se dice que este infierno purifica la consciencia y hace que su ámbito resplandezca. Cuanto más hacemos el trabajo, más se abre nuestra consciencia. Según la tradición antigua, el despertar en sí se produce cuando el combustible se agota. La consciencia, desatada por fin de nuestras tácticas de evasión, es liberada en toda su amplitud.

A través del trabajo empezamos a descubrir algunos cambios fundamentales en el modo en que somos. Sentimos y experimentamos la rica vida interior del cuerpo que, no obstante, sigue en cierta forma rodeada de misterio. En un momento determinado nos damos cuenta de que no podemos saber si algo es físico o energético, si es emoción o sensación, y nos damos cuenta de que no necesitamos averiguarlo. Empieza a desplegarse. Lo que llamamos «yo», ese tipo de persona relativamente coherente que siempre hemos tratado de ser, pierde importancia, y el meditador, o quien medita sobre el cuerpo, está dispuesto a permitir que el yo, la sensación consciente del yo, muera y renazca, una y otra vez.

Cavar hasta las profundidades

El primer paso para recuperar nuestra conexión con el cuerpo como meditadores es establecer una conexión clara, abierta e íntima con nuestro «cuerpo» macrocósmico, más grande: la propia Tierra. En esta práctica exploraremos cómo sentir el cuerpo como una encarnación de la Tierra. La respiración de la Tierra nos permite profundizar en nuestra conexión con ella y explorar nuestra identidad con ella misma. Esta práctica también nos permite sentir el sostén que nos ofrece la Tierra. Cuanto más nos permitamos sentirnos sostenidos por la Tierra, más podremos identificarnos con ella y más espacio nos daremos para el viaje interior.

Siéntate en la postura de meditación y siente la Tierra debajo de ti. Incluso si estás en un cojín en una habitación del sexto piso, estás sostenido por la Tierra. Puedes empezar con los ojos cerrados. Empieza llevando el aire al perineo, la zona que está entre los genitales y el ano. Lleva el aire al fondo de la pelvis, en el perineo. Siente cualquier tensión que puedas tener allí. Lleva el aire a los ísquiones. Deja que la parte baja de la pelvis se hunda cada vez más en la Tierra. Lleva la respiración a la zona anal y a los genitales. Con cada exhalación, deja que la pelvis se hunda cada vez más profundamente en la Tierra, hasta estar sentado totalmente y sin reservas sobre ella. Lleva la energía de la respiración hasta el hueco de la parte inferior del vientre.

Ahora empieza a respirar llevando el aire a un punto situado unos centímetros debajo del perineo, poniéndote en contacto directo con la Tierra. Ampliamos nuestra atención a lo que hay debajo del cuerpo, en la Tierra. Lleva la energía de la Tierra hasta tu cuerpo. Ahora ve unos centímetros más abajo y luego treinta centímetros más. Estás llegando con tu atención literalmente al interior de la Tierra, inspirando el aire a través de la parte inferior del cuerpo.

Con cada respiración, deja que tu atención caiga un poco más en la Tierra. Inspira la respiración interna, la energía interna de la Tierra. Déjate caer cada vez más en la oscuridad de la Tierra, inspirando la energía. Al inhalar, absorbes toda la energía, y al exhalar, caes un poco más. Mientras inhalas, deja que tu atención se quede en las profundidades de la Tierra.

Sigue así, dejando que tu mente se hunda en la oscuridad de la Tierra con cada exhalación. Permítete llegar justo al borde del sueño, hasta que notas que estás a punto de quedarte dormido, pero permanece presente y adopta la actitud de que estás hundiéndote en un reino misterioso donde esperan todas las respuestas que siempre has buscado. Intenta permanecer despierto, pero rozando el límite del sueño. Con cada exhalación déjate caer un poco más y percibe las imágenes que surjan. Intenta sentir la extraordinaria quietud y la paz de la Tierra.

Después de unos diez minutos, deja que tu atención caiga más deprisa, más dentro de la Tierra: treinta metros, un kilómetro. Mira hasta dónde puedes llegar. Sigue inspirando la energía de la Tierra y llevándola a la parte inferior del vientre, bajando cada vez más. Después deja tu atención se desplome en caída libre. Mientras tu atención desciende, siente poco a poco que la energía llena el cuerpo: el vientre, la parte media del torso, la parte superior del torso y la cabeza. Continúa bajando, cada vez más profundo. Sigue bajando, al mismo tiempo que sigues dejando que la energía suba por tu cuerpo. Ahora recibimos la energía despierta de la Tierra en todo el cuerpo.

Para concluir esta sesión de práctica, deja todas las técnicas para crear una transición. Siéntate sin más en el cuerpo, sintiendo el cuerpo como una montaña, quieto e inamovible, y nota la cualidad despierta y presente de la mente.

Si quieres escuchar el audio de una meditación guiada de la respiración de la Tierra dirigida por Reggie Ray, visita DharmaOcean.org y pulsa el icono «earth breathing».

Reginald «Reggie» Ray ha fundado con su mujer, Lee, la Dharma Ocean Foundation (www.dharmaocean.org), un centro de estudio del Dharma y de retiro en Crestone (Colorado). Es maestro (acharia) en la tradición de Shambhala, profesor de Estudios Budistas de la Universidad de Naropa y autor de varias obras, entre ellas Verdad indestructible y Secret of the Vajra World.

Texto original en inglés.

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Una respuesta a Tocando el despertar (segunda parte) || Reginald Ray

  1. egalliera dijo:

    Reblogueó esto en Psicología humanista & Atención plenay comentado:
    El despertar aquí, en el propio cuerpo.

Gracias por comentar

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