Tocando el despertar (primera parte) || Reginald Ray

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A veces, después de pasar años meditando, tenemos la impresión de que estamos avanzando muy poco. Pero resulta que el guía que nos podría ayudar ha estado con nosotros todo el tiempo: nuestro cuerpo. Basándose en prácticas del yoga tibetano, Reggie Ray aborda la crisis moderna de la desconexión con el cuerpo.

Durante mi práctica y mi enseñanza de la meditación de los últimos treinta y cinco años, me han sorprendido muchas cosas, pero ninguna más que caer en la cuenta, de forma creciente y algo angustiosa, de que practicar la meditación sin más no produce necesariamente resultados. A muchos de nosotros, cuando conocimos el budismo, nos pareció extraordinariamente atractiva su invitación a la libertad y la realización a través de la meditación: nos tiramos de cabeza con todo entusiasmo, reorganizamos nuestras prioridades vitales en torno a la meditación y dedicamos mucho tiempo y energía a la práctica.

Algunos, al centrarse así en la meditación, descubren la clase de transformación que se despliega continuamente que buscan. Pero la mayoría de las veces no pasa eso. Es cierto que cuando meditamos a diario, solemos encontrar una clara sensación de alivio y de paz. Incluso durante uno o dos años podemos sentir que las cosas están yendo en una dirección positiva en cuanto a la reducción de nuestra agitación interna y el desarrollo de la apertura. Todo esto tiene su valor.

Pero cuando llevamos practicando veinte o treinta años —o incluso sólo unos cuantos— no es raro que nos encontremos llegando a un lugar muy diferente y mucho más inquietante. Puede que tengamos la impresión de que en algún momento hemos perdido de vista lo que estamos haciendo y de que estamos en cierto modo atascados. Puede que descubramos que seguimos en poder de los mismos patrones habituales de siempre. Siguen apareciendo las mismas emociones que nos desasosiegan, los mismos bloqueos en nuestras relaciones interpersonales y la misma confusión vital básica, el mismo anhelo espiritual insatisfecho y angustioso que nos llevó a la meditación en un principio. ¿Era deficiente nuestra inspiración original? ¿Tienen algún defecto las prácticas o las tradiciones que seguimos? ¿Somos nosotros? ¿Hemos aplicado mal las instrucciones o quizá no estamos a la altura?

En un antiguo texto teravada sobre la meditación, se usa la frase «tocar el despertar con el cuerpo» para describir el logro de la máxima realización espiritual. Es interesante, si bien algo sorprendente, que se nos invite no a ver el despertar, sino a tocarlo; no con el pensamiento o la mente, sino con el cuerpo. ¿Qué puede significar eso? ¿Cómo puede desempeñar el cuerpo un papel tan básico y fundamental en la vida de la meditación? Esta pregunta es aún más interesante y fascinante en nuestro contexto contemporáneo, cuando muchas personas sienten de forma tan intensa y personal su desconexión con el cuerpo y se ven fuertemente atraídas hacia prácticas y terapias físicas de todo tipo.

Yo creo que existe un problema muy real entre los practicantes occidentales del budismo. Tratamos de practicar la meditación y de seguir un camino espiritual en un estado de desconexión con el cuerpo y, por tanto, nuestra práctica está condenada al fracaso. No se pueden experimentar todos los beneficios y resultados de la meditación ni disfrutar de ellos cuando no estamos enraizados en nuestro cuerpo. La frase del antiguo texto, entendida en su totalidad, implica no sólo que podemos tocar el despertar con el cuerpo, sino que debemos hacerlo; que, de hecho, no hay otra forma de tocar el despertar si no es en nuestro cuerpo y a través de él.

Para la mayoría de nosotros, y para la mayor parte de la cultura moderna, el cuerpo es sobre todo el objeto de los planes de nuestro ego, el burro que está al servicio de nuestras ambiciones. El burro va a estar delgado, el burro va a ser fuerte, el burro va a ser un gran practicante de yoga, el burro va a parecer y a sentirse joven, el burro va a trabajar dieciocho horas al día, el burro va a ayudarme a satisfacer mis necesidades, etc. Lo único que hace falta es la técnica adecuada. No existe la sensación de que el cuerpo pueda ser en realidad más inteligente que «yo», mi precioso yo, mi ego consciente.

Para mí, y para muchas personas que conozco, hay una especie de intervención divina que llega a nuestra puerta y nos devuelve al cuerpo. Esto puede adoptar muchas formas: lesiones, enfermedades, cansancio extremo, la proximidad de la vejez; a veces emociones, sensaciones, una ansiedad, una angustia o un terror que no entendemos ni podemos controlar. Pero en un momento determinado empezamos a volver al cuerpo. De una forma u otra, algo entra, a veces con un crujido terrorífico, y nos alerta.

Cuando actuamos desconectados del cuerpo, tendemos a interpretar las experiencias de nuestra vida como aleatorias, relativamente irrelevantes y aburridas. Hacemos lo imposible para encontrar algo interesante o significativo en nuestra vida. Cuanto más aburrido y gris se vuelve todo, más recurrimos al sexo o a la violencia o a sustancias que alteran la mente o a cualquier cosa que pueda darnos algún tipo de impulso, cualquier cosa que rompa el gigantesco aburrimiento y el sinsentido general de nuestra existencia. Pensamos: «La semana que viene voy a ir a este estupendo restaurante donde quizá disfrute de verdad de una buena comida» o «el mes que viene me voy de vacaciones y quizá entonces esté en un sitio que me llame la atención de verdad y signifique algo», etc.

Según las enseñanzas de la escuela yogachara del budismo indio, el problema de nuestra vida no está en las circunstancias individuales o los sucesos de nuestra existencia cotidiana. No es que sean intrínsecamente irrelevantes y aburridas: el problema es que hacemos que sean irrelevantes y aburridas, porque invertimos tanto en mantener nuestra propia sensación del yo que en realidad no nos relacionamos con nada de un modo directo. Al no estar dispuestos a vivir plenamente la vida que está llegando a nuestro cuerpo a cada instante, nos encontramos con que no nos queda ninguna vida real en absoluto. En nuestro estado de insatisfacción y desconexión con el cuerpo pensamos: «Me siento como desconectado. Quizá necesite cambiar de trabajo o cambiar mi relación; quizá, quizá, quizá». Pero el hecho es que la plenitud de nuestra existencia humana ya está ocurriendo todo el tiempo. Basándonos en prácticas de yoga tibetano, que exploran el cuerpo desde dentro, podemos aprender a permitir que la experiencia del cuerpo se comunique con nuestra mente consciente y conocer esa experiencia de un modo directo. A medida que empezamos a abrir nuestra consciencia de este modo, podremos encontrar intensidad, significado, plenitud y satisfacción en los detalles más mundanos de nuestra vida.

EL BUDA DIJO: «sigo el estilo antiguo». En el noreste de la India, vivió en una época de agriculturización y urbanización crecientes, con todas las consecuencias que implicaba. Pero decidió apartarse de los fascinantes cambios sociales que se producían a su alrededor y retirarse a la jungla: en el pensamiento indio, el lugar no humano donde se puede descubrir lo primordial. Cuando el Buda tocó la tierra poniéndola por testigo de su logro, se separó decisivamente de la desconexión con el cuerpo que buscaban cada vez más tantos maestros y tradiciones espirituales de su propia época, incluidos sus anteriores maestros de meditación y el sistema dominante hindú del samkhya yoga. El Buda hizo, creo yo, el viaje de regreso que sugiero aquí, y dejó como legado la conexión plena con el cuerpo que la meditación budista, en su contexto tradicional, representa.

En las tradiciones budistas clásicas, la meditación es profundamente física: está totalmente enraizada en las sensaciones, las experiencias sensoriales, los sentimientos, las emociones, etc. Incluso se refiere a los pensamientos como algo físico, como estallidos de energía que se experimentan en el cuerpo  y no como fenómenos no físicos que nos desconectan de él. En su forma budista más antigua, la meditación es una técnica para abandonar la tendencia a objetivar del pensamiento y entrar en una comunión profunda y plena con nuestra experiencia corporal. Y de allí el «tocar el despertar con el cuerpo».

Aun así, hoy día muchas personas solemos practicar la meditación como una especie de ejercicio conceptual, de gimnasia mental. Muchas veces nos acercamos a ella como una forma de llevar a cabo otro plan o proyecto más: el de intentar ser «espirituales», según nuestra particular idea de lo espiritual. Puede que intentemos usar la meditación para estar más serenos o ser más listos, más «abiertos», más eficaces en la vida; incluso más diestros conceptualmente. El problema de eso es que intentamos ser los directores, suplantar la naturaleza, controlar al «otro». En este caso, el «otro» es nosotros mismos, nuestro cuerpo y nuestra propia experiencia. En última instancia, es nuestra propia experiencia física de la realidad lo que estamos tratando de anular en nuestro intento de cumplir el objetivo de nuestro ego.

Con frecuencia tenemos nuestro ideal de lo que es o debería ser la meditación —lo que nos gusta de ella, alguna experiencia que hemos tenido en cierto momento—  y  terminamos tratando de usar nuestra meditación para recrear ese estado mental concreto. Intentamos recrear el pasado en lugar de avanzar hacia el futuro. Dicho sin rodeos: terminamos usando la meditación como un método para perpetuar y aumentar nuestra desconexión con el cuerpo y con la llamada y los imperativos de nuestra vida real.

Esto es lo que el psicólogo John Welwood llama desvío espiritual. La meditación se convierte en una forma de perpetuar nuestros cohibidos planes y eludir tareas de desarrollo inminentes, quizá dolorosas o temibles —que siempre surgen de la oscuridad de nuestro cuerpo—, y que, sin embargo, son necesarias para cualquier crecimiento espiritual significativo. Chögyam Trungpa Rinpoché llamaba a esto materialismo espiritual: usar la práctica espiritual para reforzar las estrategias existentes, neuróticas, del ego a fin de apartarnos de nuestra vida real y buscar supervivencia, comodidad, continuidad y seguridad. Cuando usamos así la meditación, en realidad no vamos a ninguna parte, sólo perpetuamos los problemas que ya tenemos. No es de extrañar que cuando practicamos así durante décadas, terminemos sintiendo que en realidad no está pasando nada fundamental: porque no está pasando.

No estoy seguro de que nuestros maestros asiáticos, que provienen de situaciones culturales muy diferentes, entiendan siempre todo el alcance de nuestra desconexión con el cuerpo o las enormes limitaciones que eso impone a nuestra capacidad para meditar y seguir el camino. Y los textos budistas clásicos, al menos tal como los entendemos, tampoco ofrecen necesariamente un remedio directo y eficaz a nuestra situación.

Tomemos, por ejemplo, la técnica de meditación que es tan básica en los textos y que se enseña con tanta frecuencia a los meditadores de hoy: prestar atención a la respiración en la punta de la nariz, sea notando la inhalación y la exhalación o atendiendo a la respiración en ese lugar de algún otro modo. Para una persona plenamente conectada con su cuerpo, es una técnica eficaz con la que puede hacer su recorrido. Pero para alguien que está desconectado de su cuerpo y suele vivir casi siempre en la cabeza, usar una técnica que exige poner la atención en la nariz reforzará la tendencia a quedarse totalmente concentrado en la cabeza y a seguir sin ser consciente del resto del cuerpo. Si ya estamos desconectados de nuestro cuerpo, sus sensaciones y su vida, una práctica que implica prestar atención a la respiración en las fosas nasales a menudo perpetúa sin más esa desconexión e incluso la refuerza. Quienes meditamos en ese estado de desconexión con el cuerpo estamos encerrados en un círculo vicioso y auténticamente atrapados en nuestra práctica.

Cuando el cuerpo nos hace volver, empezamos a descubrir que tenemos un compañero en el camino espiritual del que no sabíamos nada: el propio cuerpo. En nuestra meditación y en la vida que nos rodea, el cuerpo se convierte en un maestro, un maestro que no se comunica con palabras, sino que suele hablar desde la sombra. Por otra parte, en lugar de ser capaces de exigir al cuerpo que se adapte a nuestras ideas e intenciones conscientes, descubrimos que tenemos que empezar a aprender el idioma que habla naturalmente el cuerpo. Cuando nos ponemos bajo la tutela del cuerpo, pensamos muchas veces que sabemos lo que está pasando para descubrir, una y otra vez, que no hemos entendido nada. Y entonces, justo cuando nos sentimos totalmente perdidos, nos damos cuenta de que hemos entendido algo mucho más profundo y trascendental que lo que imaginábamos. Es muy desconcertante, pero al meditar con el cuerpo como guía, llegamos a sentir que, quizá por primera vez en nuestra vida, estamos en presencia de un ser —nuestro propio cuerpo— que es sabio, afectuoso, perfectamente fiable y, por extraño que parezca, merecedor de nuestra más profunda devoción.

Al entrar en este proceso de desarrollar la consciencia corporal, no sólo hacemos las paces con nuestra existencia física; lo que hacemos en realidad es entrar en un proceso que está en pleno centro de la propia vida espiritual, algo que el Buda vio hace mucho tiempo: que aunque las estrategias espirituales de la desconexión con el cuerpo puedan dar resultados aparentes a corto plazo, a largo plazo nos llevan directos de vuelta al caos del que veníamos, quizá más profundamente que antes.

Al meditar con el cuerpo, se vuelve a adiestrar la consciencia y se la reeduca. Empezamos a vivir nuestra vida como algo que brota sin cesar desde las profundidades de nuestro cuerpo, de nuestros poros, nuestros tejidos y nuestras células. En lugar de pensar que la mente consciente es o debería ser el director de nuestra vida, empezamos a darnos cuenta de que en realidad es el siervo del cuerpo. Este se convierte en la fuente continua de lo que necesitamos para vivir, el manantial incesante del agua de la vida. Una enseñanza muy interesante de la tradición yogachara dice que es propio de la condición humana tratar de mantener cierta imagen o representación de uno mismo, lo que los budistas llaman hoy «el yo» o ego. El intento de mantener la «integridad» de esta sensación continua y sólida de nosotros mismos nos lleva a ser muy resistentes a —de hecho, a ignorar— la información que no coincida con esa imagen. Y eso significa que tenemos una enorme cantidad de información, a cada instante, que bloquear.

Según la escuela yogachara, mientras vivimos nuestra vida, el cuerpo en sí es un receptor de experiencias totalmente acrítico. En nuestra época se habla mucho de crear límites personales eficaces. Lo interesante es que en realidad no se pueden poner límites alrededor del cuerpo. Los límites están arriba, en la cabeza. El cuerpo es algo abierto, el cuerpo es sensible, el cuerpo es vulnerable, el cuerpo es inteligente y el cuerpo trasciende totalmente cualquier juicio. Desde el punto de vista del cuerpo, el que nos guste o no lo que ocurre en el mundo es irrelevante. Ocurra lo que ocurra en nuestro entorno, el cuerpo lo recibe.

Aunque el cuerpo recibe la experiencia de un modo totalmente abierto y acrítico, debido a nuestra inversión en lo que creemos que somos y a nuestros esfuerzos por mantener ese yo, nos negamos a recibir gran parte de lo que el cuerpo sabe y siente y entiende, y con ese «nos» me refiero a nuestro yo consciente, nuestra mente consciente, nuestro ego. Se produce una experiencia en el nivel somático y decimos: «no» o: «quiero esta parte de lo que ha ocurrido, pero no aquella», pero no aceptamos sin más lo que el cuerpo sabe de forma directa. Esto es lo que el budismo llama ignorancia. La ignorancia no es no ser inteligente, estar mal informado o engañado. En realidad la ignorancia es increíblemente inteligente. Ignorancia significa que bloqueamos toda la sabiduría y los conocimientos que ya residen en nuestro cuerpo que no coinciden con lo que creemos que somos o con lo que nos esforzamos por ser.

Esto lleva a otra pregunta de la máxima importancia: ¿Qué pasa con toda la experiencia negada y rechazada que ya contiene nuestro cuerpo? Dicho de otro modo: todo ese conocimiento y experiencia somáticos está aislado de nuestra consciencia. Está en una tierra de nadie en nuestros tejidos, músculos, ligamentos y tendones, sangre, huesos. El recorrido literalmente orgánico que hace nuestra experiencia somática hacia la consciencia se malogra y se bloquea al verse obligado a volver sobre sí mismo. Y allí se queda, en una especie de estancamiento malsano que, en algunos casos, puede desbloquear un fisioterapeuta años o incluso décadas después como la liberación de un «trauma». Pero igual que ocurre con nuestros «traumas», en casi ningún momento de nuestra vida admitimos todo el abanico de nuestra experiencia, sino que lo rechazamos y lo encerramos donde reside, oculto en el cuerpo.

Este rechazo de la plenitud de nuestra experiencia es lo que en budismo se llama creación de karma. El residuo de experiencia que no se ha vivido es, en términos budistas, el karma del resultado, en el que un karma creado previamente es la causa de las limitaciones de nuestra consciencia actual. En otras palabras, la experiencia que se rechaza y bloquea en el cuerpo no está en absoluto inactiva. Sigue funcionando de tal modo que nuestro punto de vista consciente, para mantenerse, debe esforzarse continuamente en ignorarla.  Es como moverse por una fiesta intentando evitar a una persona concreta; todos nuestros movimientos, aunque aparentemente son libres y coherentes con las necesidades y deseos de nuestros «objetivos para la fiesta», en realidad están condicionados en gran medida por el intento de evitar cualquier encuentro con el invitado no deseado.

Podríamos calificar la experiencia rechazada, el conocimiento somático que aislamos, de nuestra vida no vivida. Es esa parte de nuestra existencia humana, que a menudo es una parte muy grande, que no sentimos, con la que no nos relacionamos, a la que no acogemos ni incorporamos. Es algo que ha llegado a nuestro cuerpo por la razón que sea y que no hemos permitido avanzar. Muchos sentimos que se nos pasa la vida sin darnos cuenta, que nos estamos perdiendo lo que podría ser nuestra vida. No sabemos por qué nos sentimos así o qué hacer al respecto. Desde el punto de vista del cuerpo, sin embargo, esta vida no vivida es precisamente la vida que ya es nuestra, pero que estamos evitando por nuestro deseo de mantener el statu quo de nuestro ego. Por supuesto que anhelamos esta vida, y por supuesto que nuestra sensación de añoranza puede ser insoportable. Meditar con el cuerpo nos ofrece un modo de volver a conectar con nuestra vida no vivida y, poco a poco y con el tiempo, aprender a vivir de un modo más pleno y satisfactorio.

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Reginald «Reggie» Ray ha fundado con su mujer, Lee, la Dharma Ocean Foundation, un centro de estudio del Dharma y de retiro en Crestone (Colorado). Es maestro (acharia) en la tradición de Shambhala, profesor de Estudios Budistas de la Universidad de Naropa y autor de varias obras, entre ellas Verdad indestructible y Secret of the Vajra World.

Texto original en inglés.

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