El buen pastor || Yongey Mingyur Rinpoché

Mingyur RinpocheQuiero hablar de la meditación. Por una parte, la meditación proporciona la herramienta esencial para todas nuestras prácticas, incluidas las prácticas de ngondro [las prácticas básicas del budismo tibetano], y por otra, hoy día meditación significa cosas diferentes para diferentes personas. Para establecer una comprensión común quiero contar una de mis primeras introducciones a la meditación.

Mi padre comparaba los efectos de la meditación con la conducta de un buen pastor. Desde el ventanal de su pequeña habitación en la ermita de Nagi Gompa veíamos una amplia extensión de cielo y, debajo, la ciudad de Katmandú. A veces nos sentábamos juntos y mirábamos a los niños que apacentaban sus rebaños.

—Los buenos pastores se sientan en la colina a vigilar su rebaño, alertas y conscientes —explicó mi padre—. Si un animal se pierde, bajan enseguida a guiarlo. No llevan corriendo su rebaño de aquí para allá, con lo que los pobres animales no pueden comer lo suficiente y terminan agotados, y el pastor también.

—¿Meditan los buenos pastores? —pregunté.

—No trabajan con su mente de una forma directa —dijo—. Así que no meditan, pero están relajados y sin distraerse. Miran hacia afuera, a su rebaño, al mismo tiempo que mantienen una estabilidad interior. No persiguen a las ovejas. Cuando meditamos, no perseguimos los pensamientos. El mal pastor es estrecho de miras. Persigue una oveja que se extravía a la izquierda, pero pierde a la que se mueve a la derecha, por lo que termina corriendo en círculos como un perro que persigue su rabo. Cuando meditamos, no intentamos controlar todos nuestros pensamientos y sensaciones. Simplemente descansamos de forma natural, como el buen pastor, vigilante y atento.

Una vez mi padre señaló a un niño que estaba sentado al sol con la espalda apoyada en una piedra plana, vigilando su rebaño, abajo. El niño desenvolvió el almuerzo y comió despacio, alzando los ojos para controlar a sus cabras. Cuando terminó de comer, sacó una flauta de madera y mi padre abrió la ventana para escuchar. Todos parecían felices: el niño, mi padre y las cabras.

—¿Está meditando el niño? —pregunté a mi padre. Éste negó con la cabeza—. ¿Y aun así es tan feliz? —pregunté.

—El buen pastor puede decidir libremente su conducta —explicó mi padre—. Tiene la mente en calma, lo que mantiene en calma al rebaño. Como no pone nerviosos a los animales, éstos no se escapan. Eso le da tiempo para sentarse, almorzar y tocar la flauta.

—Pero no confundas una conducta relajada con la mente. Hoy brilla el sol. No hace demasiado frío, no hay demasiado viento. Las circunstancias para este pastor no podrían ser mejores. ¿Qué pasaría si cambiasen? ¿Qué le pasaría a la mente si el dueño vendiera esas cabras? Para conocer la auténtica libertad de la mente debemos meditar a fin de reconocer la naturaleza de la propia mente. Entonces no nos arrastrarán los pensamientos, las emociones y las circunstancias. Tanto si hay tormenta como si luce el sol, la mente permanece estable.

Para cultivar una mente estable con independencia de las circunstancias debemos trabajar con la propia mente. Trabajar directamente con la mente revela la cualidad inherente de la consciencia meditativa […]

Yongey Mingyur Rinpoché, Turning Insight into Clarity: A Guide to the Foundation Practices of Tibetan Buddhism.

Texto original en inglés.

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